Desde su habitación la lluvia se oía con más fuerza. Los truenos llegaban de forma intermitente: primero parecían lejanos, pero enseguida estaban golpeando su ventana. No le quedaba más remedio que reconocer que le gustaban las tempestades. Tanto las de su vida amorosa como las de las noches de verano. Las tormentas de invierno eran predecibles; a ella le fascinaban las estivales, esas que sorprendían sin avisar. Le encantaba sentarse en los escalones de la entrada de casa y sentir cómo se acercaban poco a poco. De pequeña le enseñaron a calcular la distancia de una tormenta. Primero aparecía el relámpago; después contaba los segundos hasta escuchar el trueno. Cuanto menor era la cuenta, más cerca estaba. Una regla sencilla que siempre le pareció casi mágica. En el pueblo las tormentas eran de cinco estrellas. Quizá por la altura, pensaba. Cuanto más cerca del epicentro, mayor era el espectáculo. A veces un trueno la sorprendía y todo su cu...
Relatos personales sobre esos días , los soleados y los llenos de tormentas. Y como sobrevivir a todo eso que es la Vi D A