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Mostrando entradas de mayo, 2020

TEMPESTAD

Desde su habitación la lluvia se oía con más fuerza. Los truenos llegaban de forma intermitente: primero parecían lejanos, pero enseguida estaban golpeando su ventana. No le quedaba más remedio que reconocer que le gustaban las tempestades.  Tanto las de su vida amorosa como las de las noches de verano. Las tormentas de invierno eran predecibles; a ella le fascinaban las estivales, esas que sorprendían sin avisar.  Le encantaba sentarse en los escalones de la entrada de casa y sentir cómo se acercaban poco a poco. De pequeña le enseñaron a calcular la distancia de una tormenta.  Primero aparecía el relámpago; después contaba los segundos hasta escuchar el trueno. Cuanto menor era la cuenta, más cerca estaba. Una regla sencilla que siempre le pareció casi mágica. En el pueblo las tormentas eran de cinco estrellas.  Quizá por la altura, pensaba.  Cuanto más cerca del epicentro, mayor era el espectáculo. A veces un trueno la sorprendía y todo su cu...

LA MUJER DEL ESPEJO

Miraba mi reflejo en un espejo de dos por dos.  Un cuerpo entero.  Una mujer que me devolvía la mirada mientras examinaba la mía con un escrutinio implacable. Tenía el pelo color chocolate, apenas salpicado por reflejos dorados.  En las sienes, sin embargo, asomaban las canas nuevas de aquel mes, obstinadas en arrebatarles el protagonismo.  Eran muchas menos, pero las muy hijas de puta siempre conseguían salirse con la suya. La profundidad de sus ojos color caramelo me arrastraba. Parecían invitarme a un precipicio del que no sabía si sería capaz de regresar, así que desvié la vista hacia otro rincón de su rostro redondo. Las patas de gallo estaban allí, rotundas, enmarcando unos ojos heredados, caídos en los extremos. A primera vista parecían tristes; a la segunda, confirmabas que lo eran. Las cejas, despobladas solo en apariencia, escondían aún el dibujo de siempre. Si te fijabas bien descubrías que no habían desaparecido: el sol simplemente les hab...

LA ARENA QUE SOY

Sus pechos se fundían con la cintura sin necesidad de transición alguna, dibujando, inevitable, un reloj de arena.  Pero el suyo no era un reloj cualquiera.  Estaba colmado de arena desde la punta de la nariz hasta el umbral de los dedos meñiques. Arena de todos los colores. Predominaba el amarillo,  color preferido. El mismo amarillo de los rayos del sol que la bronceaban cada verano.  También había un azul casi negro, el de esos días que amanecen doblando sus fuerzas y, aun así, no siempre consiguen derribarla.  O quizá sí. Había verde, el de una infancia entre montes, en un pequeño pueblo soriano, de noches en vela contando estrellas y aprendiendo a reconocer el silencio. Y rojo.  El rojo de la sangre que ha acompañado su pasado, sostiene su presente y, sin remedio, seguirá latiendo en su futuro. Todo un arcoíris contenido en un único cuerpo.  Un mosaico de contradicciones que la revelaba tal como era: testaruda y vulnerable, rotund...

GRANADA PARTE III

Las granadas pesan y si las llevas en el bolsillo también. No recuerdo cuándo empecé a almacenarlas, pero rondaría los 12 años. Al principio lo hacía por diversión, no tenía muy claro su finalidad, pero acabé haciéndolo por necesidad. Ellas no son el enemigo, son mi salvación. Durante el paseo Sira se cruza a cada paso que doy, y eso me obliga a cambiar la correa de mano constantemente. Me centro en sus saltitos y me doy cuenta de lo bonita que es. Mis músculos agradecen el esfuerzo y mi corazón también.  Y porfin mi mente olvida que llevo una granada en el bolsillo derecho. Estoy llegando a casa y hoy consigo que escampe. Guardo la granada, en el mismo hueco que dejó cuándo la cogí. El agua caliente me ha ayudado. Hoy me ha ayudado SIRA Hoy me he ayudado yo Hoy me ha ayudado la música Mañana Dios dirá

EL ESPEJO TAMBIÉN LO SABÍA

El reflejo que  devolvía el espejo era, a primera vista, grotesco.  Me incomodaba. Veía sus pechos caídos, una cintura empeñada en resistir bajo el peso de una barriga prominente. Pero cuando sus ojos se encontraban con los míos, todo cambiaba.  Su reflejo me sonreía.  Parecía satisfecha, serena... y también confusa. En definitiva, viva. No quería que yo se lo recordara. Ella ya lo sabía. Lo sabía los domingos, cuando madrugar no era una opción y sentir dolía demasiado. Lo sabía los miércoles, mientras echaban su serie favorita. Lo sabía los viernes, cuando no comprendía por qué aquel sufrimiento seguía aferrado a ella. Lo sabía los sábados, cuando se llamaba desagradecida por no ser capaz de sentirse feliz con todo lo que tenía. Lo sabía cuando su reloj de arena se teñía, sin previo aviso, de amarillo, azul casi negro, rojo y verde. Cuando su cuerpo estallaba y amaba a quien ayer odiaba, cuando dejaba de desear aquello que el día anterior envidia...

Sexo, menopausia. Cuando la piel despierta.

Parecía un día cualquiera. De esos de ni fu ni fa. Desde luego, nada hacía presagiar que terminaría con la respiración entrecortada. Cuando salió de trabajar decidió ir a caminar, siempre que la espalda le concediera una tregua. Le encantaba calzarse los cascos , subir el volumen hasta aislar el mundo y dejar que la lista de reproducción saltara del vallenato al merengue, pasando por Rod Stewart y Manuel Carrasco.  Bastante tenía con mantener el ritmo de la carrera como para no acabar marcándose un pasito pa'lante y otro pa'trás. No sabía si era la música, el frío que se colaba por las canillas que dejaban al descubierto las mallas o esa mezcla de ambas cosas, pero antes de cumplir veinte minutos ya tenía ganas de volver a casa. Cada canción se convertía en la banda sonora de la película que dirigía en su cabeza. Escenas vividas se mezclaban con otras imaginadas, y cada una subía un grado la temperatura de la anterior.  Recordó aquella escena de Love que tant...

La vida es sueño

DOMINGO 0  NUBARRONES 1 Hay días que comienzan siendo noches y me engañan con sus sombras y sus luces. Hay días que duermo profundamente, esperando a que llegue la noche, Pero cuándo la noche llega, sólo espero el alba. Y entre sueños que vivo y días que duermo, sólo recuerdo los gritos al alba, que salen de mi garganta buscando mi Alma.

GEOGRAFÍA DE UN VIAJE

Hacía tiempo que no hacía un viaje largo en coche. Acomodada —o incómoda— en el asiento del copiloto, dejaba que el paisaje pasara mientras ella permanecía quieta. Primero Castilla-La Mancha. Después, por fin, Castilla y León. Con la mirada clavada en el horizonte no podía evitar preguntarse por las vidas de quienes viajaban en los coches que se cruzaban con el suyo. Se fijaba en el equipaje, si era mucho o poco.  Imaginaba de dónde venían y hacia dónde iban.  Si eran familia. Si discutían. Si se querían. Si serían felices. Incluso si habrían follado antes de salir de viaje.  Pensar en la vida de los demás tenía un efecto extraño: la calmaba. O, simplemente, la alejaba un rato de la suya. Después llegaban los pueblos. Los de las dos Castillas. Los pueblos negros, como los llamaba su hijo cuando era pequeño. —A mí me gustan los pueblos negros, como Covaleda. No quiero ir a los pueblos blancos. Sonreía cada vez que lo recordaba. Intentaba asomarse a las v...