Nunca fue tan sencillo Siempre habrá días en los que las lágrimas regresen, obedientes a una llamada antigua, para recorrer, una vez más, el sendero que conocen de memoria hasta la comisura de mis labios. Y será en esos días cuando más me abrace. Porque el amor hacia uno mismo no siempre viste el mismo traje; cambia de forma, de voz y de refugio según la herida que reclame ser mirada. Llorar sin un motivo aparente también es un lenguaje del alma. El cuerpo guarda una memoria silenciosa, una biblioteca de cicatrices invisibles. Y a veces, el dolor de hoy no es más que el susurro de un ayer que nunca encontró descanso. Entonces comienza el viaje. Las lágrimas dejan de ser agua para convertirse en brújula. Me conducen hacia lugares donde las respuestas existían mucho antes de que supiera formular las preguntas. Cierro los ojos. Y en esa oscuridad serena, el miedo pierde el nombre y la calma empieza, despacio, a pronunciar el mío. Aprender duele. Sanar también. Pero ...
La libido es muy hija de puta. Conmigo juega al escondite: ahora me ves, ahora no me ves. Imaginad un sábado cualquiera. Una está relajadísima, paseando por el monte. El sendero serpentea entre pinos altos que perfuman el aire con su resina. El sol se cuela a jirones entre las ramas, el canto de algún pájaro rompe el silencio y una ligera brisa alivia el calor. Es de esos días en los que el mundo parece haberse olvidado de las prisas. A mi vera, mi contrario (el Leo), con pantalones cortos, exhibiendo en todo su esplendor esas piernas de eterno futbolista. El sol aprieta, el sudor resbala entre mis senos... Bueno, dicho finamente. Traducido al castellano de andar por casa: me sudan las tetas. Mientras caminamos, nuestras manos se buscan casi sin querer. Los dedos se rozan, las risas se contagian y, de vez en cuando, una mirada se queda un segundo más de la cuenta. La brisa levanta un poco mi camiseta, dejando al descubierto la tripa tersa y el pec...