Cuando la vida hace y deshace, sin pedir autorización , a veces no s abandona a la deriva. En mi caso la vida fue una verdadera hija de puta con balcones a la calle, lo mires como lo mires. O eso gritaba mi cuerpo aquel Lluvioso martes de 2019, lo cierto es que gritaba hacía 9 años antes pero no lo escuche hasta encontrarme a la deriva. Como un barco sin capitán, con las velas rasgadas por un viento huracanado que no entiende de treguas, ni de noches tranquilas, ni de puertos seguros. Un barco sin ancla zarandeado por una tormenta que parece eterna, mientras el mar golpea con esa crueldad paciente que tienen algunas desgracias. Recostada en mi precioso chester , del que me enamoré irremediablemente como se enamoran las mujeres agotadas: imaginando que la belleza de las cosas puede llegar a salvarte un poco, buscando con ansias alguna versión de mi que todavía supiera hacia donde iba. Era un ...
Su nueva canción favorita sonaba por los altavoces mientras sus caderas obedecían, casi por instinto, la suave voz de Ruby Amanfu. Cuando una melodía le rozaba el alma, sus caderas eran siempre las primeras en sentirlo. Su balanceo era acompasado, rítmico, intensamente sensual, como si la música hubiese aprendido el camino exacto para recorrerla por dentro. El movimiento subía con precisión hacia sus hombros, que alentaban al resto de su cuerpo —o su templo, como le gustaba llamarlo— a entregarse sin reservas. Todo su peso se inclinaba inevitablemente primero hacia el lado izquierdo, a pesar de ser diestra, para después invadir el derecho como un tsunami lento y delicioso. Sus pies se adelantaban, giraban sobre sí mismos, cambiaban de dirección en décimas de segundo, provocando que su pecho se arqueara hacia atrás exactamente igual que cuando una caricia inesperada le rozaba el cuello. Sobre la encimera, la escena parecía un bodegón moderno: la fruta abierta,...