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LA MUJER QUE SEGUÍA VIVA

Cuando la vida hace y deshace, sin pedir autorización ,  a veces no s abandona a la deriva.  En mi caso la vida fue una verdadera hija de puta con balcones a la calle, lo mires como lo mires. O eso gritaba mi cuerpo aquel Lluvioso martes de  2019, lo cierto es que gritaba hacía 9 años antes pero no lo escuche hasta encontrarme a la deriva.  Como un barco sin capitán,  con las velas rasgadas por un viento huracanado que no entiende de treguas, ni de noches tranquilas, ni de puertos seguros.   Un barco sin ancla  zarandeado por una tormenta que parece eterna,  mientras el mar golpea con esa crueldad paciente que tienen algunas desgracias.    Recostada en mi precioso chester , del que me enamoré irremediablemente como se enamoran  las mujeres agotadas: imaginando que la belleza de las cosas puede llegar a salvarte un poco,  buscando con ansias alguna versión de mi que todavía supiera hacia donde iba.  Era un ...
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LOS LUNES TAMBIÉN ARDEN

Su nueva canción favorita sonaba por los altavoces mientras sus caderas obedecían, casi por instinto, la suave voz de Ruby  Amanfu.  Cuando una melodía le rozaba el alma, sus caderas eran siempre las primeras en sentirlo. Su balanceo era acompasado, rítmico, intensamente sensual, como si la música hubiese aprendido el camino exacto para recorrerla por dentro. El movimiento subía con precisión hacia sus hombros, que alentaban al resto de su cuerpo —o su templo, como le gustaba llamarlo— a entregarse sin reservas. Todo su peso se inclinaba inevitablemente primero hacia el lado izquierdo, a pesar de ser diestra, para después invadir el derecho como un tsunami lento y delicioso. Sus pies se adelantaban, giraban sobre sí mismos, cambiaban de dirección en décimas de segundo, provocando que su pecho se arqueara hacia atrás exactamente igual que cuando una caricia inesperada le rozaba el cuello. Sobre la encimera, la escena parecía un bodegón moderno: la fruta abierta,...

LA TRISTEZA TAMBIÉN DESAYUNA

Los primeros rayos de sol se colaban por la ventana e iluminaban de soslayo el cabecero de la cama.  Según la orientación de la casa, el sol describía un arco casi religioso: por la mañana bendecía las habitaciones y, a partir de las doce, se aposentaba en el jardín como un gato viejo.  Allí pasaba la tarde entera, jugando al escondite detrás de las copas de los árboles hasta desaparecer del todo, igual que las ganas de contestar mensajes. Su cuerpo despertó entumecido, como era tradición.  No una tradición familiar bonita, tipo receta heredada o joyas antiguas.  No.  Una tradición de carne cansada y huesos que parecían haber dormido dentro de una lavadora. Estiró los brazos y luego las piernas. Sus famosas piernas. Las “patorras” de Miss Sunshine. Su madre había presumido de ellas toda la vida con el entusiasmo de quien enseña un caballo de competición.  Mira qué piernas tiene la niña. Mira qué muslos. Mira qué hermosura. Como si el destino ...

Querida vida: TU Y YO TENEMOS PENDIENTE UNA HOSTIA DIALÉCTICA

QUERIDA VIDA: No sé si alguien te lo habrá dicho alguna vez, pero a ratos eres bastante tocahuevos. Y te lo digo desde el cariño, ¿eh? Bueno… desde un cariño raro. De ese cariño que siente una cuando mira el extracto del banco después de haber pedido “solo una cosita” por internet. Porque mira, querida vida, yo contigo tengo sentimientos encontrados. Muy encontrados. Como mis ganas de madrugar y mi necesidad de pagar facturas. Y hoy especialmente has decidido ponerte creativa. Porque una cosa es ponerme pruebas y otra muy distinta es organizarme una ginkana emocional diaria como si fueras la directora de los Juegos del Hambre versión menopausia. Te digo una cosa, así en petite comité, ahora que no nos escucha nadie: — Que tú lleves una talla 38 me parece fenomenal. Te felicito muchísimo. Ahora bien, explícame cómo funciona este reparto, porque si tú eres mi vida, no entiendo por qué tú vas por ahí con cuerpo de actriz francesa y yo tengo el metabolismo de una croqueta sindi...

LOS DIAS EN QUE MAMÁ VUELVE

Cuando padeces deterioro cognitivo, pasas a protagonizar una especie de cortometraje extraño donde los personajes son nuevos para ti… y tú misma también. A veces eres interpretada por una actriz que tiene tu voz, tus gestos y hasta tus manías, pero otro rostro.  Uno que no reconoces. Te miras al espejo y piensas: “esa señora no soy yo”. Y, desde luego, no es la protagonista que recordabas. Lo vivo con mi madre. Cada día. A veces, cada hora. Los cambios asustan por la velocidad con la que se encadenan. Su pelo rubio ceniza se ha quedado solo en ceniza.  También desaparecieron sus rizos, sustituidos por un liso rebelde y encrespado que parece vivir enfadado con el mundo. Mi madre fue peluquera toda su vida. Ella me hizo mi primera permanente y también cortó, sin temblarle el pulso, mi larguísima melena después de mi Primera Comunión, cuando decidí que quería el look de Ana, la de Enrique y Ana. Las que no nacisteis en los 80 quizá necesitéis contexto: Ana llevab...

MI MADRE Y EL CONTROL OFICIAL DEL FELPUDO.

Hay días en los que los guionistas que han alquilado el cerebro de mi madre —como si aquello fuera un Airbnb neuronal— deciden darle unas pinceladas de humor a su día. Y, de paso, destrozar el mío. ¿Y por qué digo esto? Os lo explico. El martes pasado —aunque perfectamente podría haber sido jueves, porque con estas cosas el tiempo pierde todo el sentido— se le escapó el pipí. A pesar de las súper-bragas absorbentes que le he comprado. O sea: pañal premium con marketing bonito. Tocó cambiar sábanas, empapadores, pijama y llevarla a la ducha. Y esta fue la escena. —Mamá, te tienes que duchar. —No, no me ducho. —Mamá, se te ha escapado el pipí, hay que ducharse porque luego huele mal. —Que no, que no huelo mal —dice mientras se vuelve a meter en la cama como una croqueta humana. Yo, intentando mantener la dignidad familiar: —Mamá, tú nunca has sido sucia y no vamos a empezar hoy. —Bueno, pues empezamos hoy. Fantástico. La escena transcurre en el baño. Puerta cerrada. ...

CRÓNICA DE UN SATISFAyER ANUNCIADO

No fue una decisión fácil, le dimos muchas vueltas, sobre todo mi contrario, también conocido como el maromo. Ya éramos muchos en la familia, entre los niños y las perras, eso es verdad, pero esto era diferente, muy diferente.  Desde luego no iba a necesitar que le dieran de comer ni que le sacaran de paseo… aunque después de leer las instrucciones tampoco descartaba tener que contratarle un adiestrador. El maromo estaba inquieto, yo diría que hasta preocupado.  Él, como buen Leo, quería ser el jefe de la manada y no conseguía convencerle de que eso no cambiaría.  Nadie iba a ocupar su lugar… y menos el nuevo miembro, que además venía sin carnet de conducir, sin opinión política y con un sospechoso silencio permanente. —No sé… es que es una decisión importante, puede cambiar nuestras vidas… (Sobre todo la mía, pensé yo.) —Lo sé, maromo, pero nuestras vidas van a cambiar a mejor. Hay que aceptar los cambios como algo bueno.  Es un paso hacia delante, u...