Leyendo a Milena Busquets, recuerdo que así, Milena llamó durante muchos años mi tía Zule a mi hija, cuyo verdadero nombre es Malena. También recuerdo cómo su marido, el tío Poli, en su bautizo, me hizo una pregunta inquietante, cuanto menos. - Pero, sobrina, ¿Cómo has podido llamar a la niña Magalena? . Está claro que él quería decir Magdalena. - Pero tío es que la niña se llama Malena - repliqué . Hubo algo de confusión, ya que durante el bautizo el cura, de esa vieja escuela en la que los nombres tenían que venir avalados por un santoral, puso los ojos en blanco cuando a la pregunta de : -¿Qué nombre habéis elegido para la criatura?- Y su padre y yo contestamos al unísono: Malena. Y yo estuve rápida, rápida, rapidísima, y rectifiqué : -Magdalena. El cura ahora sí repitió, Magdalena. Mi suegro, el padrino, atónito, me preguntó por lo bajini, ¿Magdalena? - No te preocupes, Goyo, que en el registro civil está...
Fue algo completamente inesperado, nuestro primer encuentro en Londres. Cada vez que escucho a Enya regreso, sin remedio, a aquel paseo tranquilo entre casas victorianas de grandes ventanales hexagonales. Fue precisamente delante de una de ellas donde me contaste que Enya había vivido allí. De todo lo maravilloso que ocurrió en ese viaje —incluido tú—, es ese instante el que siempre vuelve a buscarme. Mi corteza prefrontal tiene un sentido de la asociación, como poco, extravagante. Londres me envolvió desde el primer minuto en una atmósfera de niebla y novelas de Jane Austen que ya no me abandonó durante toda la estancia. Cada calle que recorría, cada letrero, incluso los perros, me parecían distintos. Desde el aeropuerto tomas el Heathrow Express, un tren casi supersónico que conecta con la estación de Paddington en apenas veinte minutos. Fue allí donde te vi por primera vez. Rubio, ojos verdes, jersey de cuello alto color verde musgo y una chaqueta de tweed de ...