Hay días en los que los guionistas que han alquilado el cerebro de mi madre —como si aquello fuera un Airbnb neuronal— deciden darle unas pinceladas de humor a su día. Y, de paso, destrozar el mío. ¿Y por qué digo esto? Os lo explico. El martes pasado —aunque perfectamente podría haber sido jueves, porque con estas cosas el tiempo pierde todo el sentido— se le escapó el pipí. A pesar de las súper-bragas absorbentes que le he comprado. O sea: pañal premium con marketing bonito. Tocó cambiar sábanas, empapadores, pijama y llevarla a la ducha. Y esta fue la escena. —Mamá, te tienes que duchar. —No, no me ducho. —Mamá, se te ha escapado el pipí, hay que ducharse porque luego huele mal. —Que no, que no huelo mal —dice mientras se vuelve a meter en la cama como una croqueta humana. Yo, intentando mantener la dignidad familiar: —Mamá, tú nunca has sido sucia y no vamos a empezar hoy. —Bueno, pues empezamos hoy. Fantástico. La escena transcurre en el baño. Puerta cerra...
No fue una decisión fácil, le dimos muchas vueltas, sobre todo mi contrario, también conocido como el maromo. Ya éramos muchos en la familia, entre los niños y las perras, eso es verdad, pero esto era diferente, muy diferente. Desde luego no iba a necesitar que le dieran de comer ni que le sacaran de paseo… aunque después de leer las instrucciones tampoco descartaba tener que contratarle un adiestrador. El maromo estaba inquieto, yo diría que hasta preocupado. Él, como buen Leo, quería ser el jefe de la manada y no conseguía convencerle de que eso no cambiaría. Nadie iba a ocupar su lugar… y menos el nuevo miembro, que además venía sin carnet de conducir, sin opinión política y con un sospechoso silencio permanente. —No sé… es que es una decisión importante, puede cambiar nuestras vidas… (Sobre todo la mía, pensé yo.) —Lo sé, maromo, pero nuestras vidas van a cambiar a mejor. Hay que aceptar los cambios como algo bueno. Es un paso hacia delante, ...