El silencio de las doce. Sin pedir permiso, sin pedir perdón, las doce se han convertido en mi hora bruja. Es la hora en la que la casa por fin calla y mi soledad, esa que durante el día tanto añoro, me arropa. Un piano interpreta lo que yo no sé nombrar; la escritura ordena el caos y la meditación me recuerda que también merezco descansar. Hubo un tiempo en el que mi energía apenas rozaba el suelo. Mi cuerpo, exhausto, repetía una única frase: «Tienes que parar.» Y paré. Entonces comprendí que la vida había estado ensayando esta escena desde hacía mucho tiempo. La tristeza dejó de ser un enemigo para convertirse en una maestra. Fue ella quien me acompañó a aceptar el cambio de papel; ese instante en el que, sin darte cuenta, tú te conviertes en madre y tu madre vuelve a ser hija. Ahora cambio pañales cada cinco horas. Me convierto en el bastón que sostiene sus pasos vacilantes. Bañó un cuerpo pequeño y frágil que un día fue fuerte, elegante, lleno de vida. Hidra...
El día parecía que iba menos jodido de lo habitual... Hasta que esta pregunta llegó a mis oídos, pronunciada además con ese tono melifluo que utilizan los hijos cuando están convencidos de que naciste durante la Prehistoria. — M: Mamá, ¿Cuando tú eras pequeña (hace dos días, vamos), qué tutoriales veías? Para decir algo en su favor, M es MILENIAL. Nació en el año 2000. Según salió, tiraron un poco del cordón umbilical y apareció un móvil. Tiraron otro poco y salió Instagram. Luego vino Facebook, que se resistía a salir, y detrás YouTube. Aquello fue un espectáculo en el paritorio. El padre de la criatura y yo no dábamos crédito. Esperábamos que viniera con un pan debajo del brazo y apareció con tarifa de datos ilimitada. Pero bueno, que me lío. Ahí va mi respuesta. — Yo: Pues mira, hija de mi vida, mis tutoriales favoritos eran los de Doña Amparo, la profesora de matemáticas, y los de Don Armando. Eran tan, tan realistas que los tirones de oreja los...