Comencé a ver una serie, Las luminarias . Voy a dejar de verla. Me afecta emocionalmente; tengo el estómago revuelto. He decidido eliminarla de mi lista de favoritos. Es el único modo. La actriz es buena, pero la serie solo me produce tristeza y angustia. El sábado murió mi tía. Tenía demencia, como tiene mi madre y tuvo su otra hermana. Estos días estoy pasando el duelo y, por eso, esta serie, que me provoca todavía más angustia, no puede continuar. Murió en El Puerto de Santa María. Quise ir a despedirme, sola. Tenía que ir sola. Y volvió a surgir el miedo. Hay muchas cosas que hago a pesar del miedo, pero esta no es una de ellas. Miedo a la muerte, miedo a la demencia familiar, miedo a viajar sola. La decisión fue no ir. Pensar en lo que podía sostener y en lo que no. La mochila está muy cargada. La decisión la tomé yo. No la tomó la ansiedad. Trabajé la culpa, que siempre quiere ser la protagonista. Hoy, marte...
Cuando la demencia llega, siempre es para quedarse. Se instala de a poquito, como con mi madre. Y después, o se sostiene o se convierte en un tsunami que arrasa con todo. Te arrebatan a la persona dos veces: cuando llega la enfermedad y cuando, por fin, descansa. Y en ninguna de las dos ocasiones puedes despedirte. Ya no habitas en su universo. Ni siquiera ella tiene ya un universo propio. Yo sigo hablando con mi madre, pero siempre obtengo la misma respuesta: —Ah, pues no me acuerdo. Después de aquella gran catarsis que puso patas arriba mi vida, mis creencias, mi imaginario, mis límites, mi amor hacia mí misma y mi perfeccionismo cruel, me quedaron muchas interrogantes sin respuesta. Y emprendí un largo camino por el que llevo transitando ya trece años, y los que vendrán. Un camino en el que aprendí a vislumbrar a mi madre como mujer, no solo como madre o esposa. Vi a la esposa, a la hija, a la hermana, a la peluquera. Y fui consciente de que nun...