QUERIDA VIDA: No sé si alguien te lo habrá dicho alguna vez, pero a ratos eres bastante tocahuevos. Y te lo digo desde el cariño, ¿eh? Bueno… desde un cariño raro. De ese cariño que siente una cuando mira el extracto del banco después de haber pedido “solo una cosita” por internet. Porque mira, querida vida, yo contigo tengo sentimientos encontrados. Muy encontrados. Como mis ganas de madrugar y mi necesidad de pagar facturas. Y hoy especialmente has decidido ponerte creativa. Porque una cosa es ponerme pruebas y otra muy distinta es organizarme una gymkana emocional diaria como si fueras la directora de los Juegos del Hambre versión menopausia. Te digo una cosa, así en petit comité, ahora que no nos escucha nadie: — Que tú lleves una talla 38 me parece fenomenal. Te felicito muchísimo. Ahora bien, explícame cómo funciona este reparto, porque si tú eres mi vida, no entiendo por qué tú vas por ahí con cuerpo de actriz francesa y yo tengo el metabolismo de una croqueta sindic...
Cuando padeces deterioro cognitivo, pasas a protagonizar una especie de cortometraje extraño donde los personajes son nuevos para ti… y tú misma también. A veces eres interpretada por una actriz que tiene tu voz, tus gestos y hasta tus manías, pero otro rostro. Uno que no reconoces. Te miras al espejo y piensas: “esa señora no soy yo”. Y, desde luego, no es la protagonista que recordabas. Lo vivo con mi madre. Cada día. A veces, cada hora. Los cambios asustan por la velocidad con la que se encadenan. Su pelo rubio ceniza se ha quedado solo en ceniza. También desaparecieron sus rizos, sustituidos por un liso rebelde y encrespado que parece vivir enfadado con el mundo. Mi madre fue peluquera toda su vida. Ella me hizo mi primera permanente y también cortó, sin temblarle el pulso, mi larguísima melena después de mi Primera Comunión, cuando decidí que quería el look de Ana, la de Enrique y Ana. Las que no nacisteis en los 80 quizá necesitéis contexto: Ana llevaba el pelo ...