Fue algo completamente inesperado, nuestro primer encuentro en Londres. Cada vez que escucho a Enya regreso, sin remedio, a aquel paseo tranquilo entre casas victorianas de grandes ventanales hexagonales. Fue precisamente delante de una de ellas donde me contaste que Enya había vivido allí. De todo lo maravilloso que ocurrió en ese viaje —incluido tú—, es ese instante el que siempre vuelve a buscarme. Mi corteza prefrontal tiene un sentido de la asociación, como poco, extravagante. Londres me envolvió desde el primer minuto en una atmósfera de niebla y novelas de Jane Austen que ya no me abandonó durante toda la estancia. Cada calle que recorría, cada letrero, incluso los perros, me parecían distintos. Desde el aeropuerto tomas el Heathrow Express, un tren casi supersónico que conecta con la estación de Paddington en apenas veinte minutos. Fue allí donde te vi por primera vez. Rubio, ojos verdes, jersey de cuello alto color verde musgo y una chaqueta de tweed de ...
El silencio de las doce. Sin pedir permiso, sin pedir perdón, las doce se han convertido en mi hora bruja. Es la hora en la que la casa por fin calla y mi soledad, esa que durante el día tanto añoro, me arropa. Un piano interpreta lo que yo no sé nombrar; la escritura ordena el caos y la meditación me recuerda que también merezco descansar. Hubo un tiempo en el que mi energía apenas rozaba el suelo. Mi cuerpo, exhausto, repetía una única frase: «Tienes que parar.» Y paré. Entonces comprendí que la vida había estado ensayando esta escena desde hacía mucho tiempo. La tristeza dejó de ser un enemigo para convertirse en una maestra. Fue ella quien me acompañó a aceptar el cambio de papel; ese instante en el que, sin darte cuenta, tú te conviertes en madre y tu madre vuelve a ser hija. Ahora cambio pañales cada cinco horas. Me convierto en el bastón que sostiene sus pasos vacilantes. Bañó un cuerpo pequeño y frágil que un día fue fuerte, elegante, lleno de vida. Hidra...