El movimiento del vagón era erráticamente rítmico. Su cuerpo bailaba al son de los raíles: de derecha a izquierda, y vuelta a empezar. Un balanceo constante que, por alguna razón, aquel día no le molestaba. Al contrario. Era casi como si el propio metro la acompañara en su hazaña. Ese trayecto había comenzado un lunes de septiembre, exactamente a las 18:45. No hubo violines tocando al compás, ni cabellos revueltos a cámara lenta, ni ninguna banda sonora anunciando que aquel momento estaba a punto de convertirse en algo importante. Por el contrario, hubo felicidad absoluta, orgullo desbordado y una sonrisa de oreja a oreja. Aparentemente, era la única pasajera que sonreía. Sentada en el asiento junto a la puerta, observaba su reflejo en el cristal que tenía justo enfrente. Allí estaba ella. Y, aunque pudiera parecer un viaje cualquiera, sabía que no lo era. Sin duda, también era la única pasajera que no miraba el móvil. Se dejó seducir por los sonidos d...
Relatos personales sobre esos días , los soleados y los llenos de tormentas. Y como sobrevivir a todo eso que es la Vi D A