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HOGAR

  La luz entraba tímidamente a través de los balcones, que miraban con quietud los primeros rayos de sol que iluminaban la calle Jorge Juan. Los techos altos, las molduras post modernas, el suelo de madera de sabina, todo entremezclado convertía su hogar en un sueño recurrente. Todas las habitaciones disponían de luz natural, fue lo primero que la enamoró, cuando hizo la visita con el agente inmobiliario. Cada una de ellas se convirtió en hogar, en el lugar seguro al que poder volver siempre que lo necesitara. "Existe un proverbio Indio que dice que todos somos una casa de cuatro habitaciones. La física, la mental, emocional y espiritual. La mayoría de nosotros solemos vivir en una sola habitación, casi todo el tiempo, pero no debería ser así, y hasta que no visitemos las cuatro habitaciones no seremos una persona completa." -  Rumer Godden -  Huelga decir que hacía tiempo que ella era una persona completa. Durante muchos años tuvo habitaciones cerradas a cal y canto, has...

No quiero ser princesa. Soy un dragón

Cuenta la historia que un 19 de enero, lunes de luna nueva, nació una niña bajo el signo de Capricornio. Su cabecita pelona no podía imaginar la larga y lacia cabellera rubia que la acompañaría durante toda su infancia. Recogida de lunes a viernes en una espesa cola de caballo y suelta, indómita y caprichosa, los sábados y domingos. Los rayos del sol fueron cubriéndola de hermosos reflejos que siempre conseguían arrancarle una sonrisa cuando se miraba en el espejo. Sin sospechar siquiera todo lo que palpitaba en su interior y que, por supuesto, no podía verse en él. Sus grandes ojos, del color del chocolate caliente, daban buena cuenta de su herencia materna. Sus cejas rectas —que en alguna ocasión llegaron a ser una sola— hablaban de la herencia paterna. Pero no penséis ni por un minuto que su herencia terminaba ahí. Lo mejor estaba por llegar. Estaba escondido entre inmensos pinos albares de un monte infinito, coronados por un pico nevado; y en los billones de grano...

LOS CAJONES DE LA MEMORIA

  Los cajones de la memoria Hacía tiempo que su memoria se había vuelto caprichosamente selectiva, y aquello la aturdía un día sí y otro también. Sobre todo en esas jornadas en las que sus pensamientos se volvían contra ella, bombardeándola con críticas feroces y juicios despiadados. Era incapaz de recordar lo bueno: si había hecho algo útil, si había sido amable, si había amado, si había sentido compasión.  Como si su mente hubiese decidido archivar únicamente aquello que dolía. Entonces tomó una decisión: escribir. Escribir un diario que le recordara a su corazón, siempre dolorido y olvidadizo, todo aquello de lo que era capaz. Había días en los que escribía hasta tres veces.  Anotaba cómo se sentía, qué había comido, qué había aprendido. También comenzó un diario de gratitud, porque necesitaba obligar a sus ojos a detenerse en la belleza antes de que el miedo la borrara. Cuando llegó diciembre, los cuatro primeros cajones del armario estaban repletos de libretas. ...

TAN SOLO 5 PARADAS

El movimiento del vagón era erráticamente rítmico. Su cuerpo bailaba al son de los raíles: de derecha a izquierda, y vuelta a empezar.  Un balanceo constante que, por alguna razón, aquel día no le molestaba. Al contrario. Era casi como si el propio metro la acompañara en su hazaña. Ese trayecto había comenzado un lunes de septiembre, exactamente a las 18:45.  No hubo violines tocando al compás, ni cabellos revueltos a cámara lenta, ni ninguna banda sonora anunciando que aquel momento estaba a punto de convertirse en algo importante. Por el contrario, hubo felicidad absoluta, orgullo desbordado y una sonrisa de oreja a oreja. Aparentemente, era la única pasajera que sonreía.  Sentada en el asiento junto a la puerta, observaba su reflejo en el cristal que tenía justo enfrente. Allí estaba ella. Y, aunque pudiera parecer un viaje cualquiera, sabía que no lo era. Sin duda, también era la única pasajera que no miraba el móvil. Se dejó seducir por los sonidos d...

Cuando su cuerpo comenzó a temblar (PÁNICO)

Su cuerpo llevaba temblando 1.825 días, con todo lo que ello supone. Durante 1.825 días, su amígdala cerebral había recibido, una y otra vez, la misma señal: peligro. Veinticuatro horas al día. Ella no sabía exactamente qué le estaba sucediendo. Durante mucho tiempo llegó incluso a temer por su propia cordura. Hasta que, finalmente, un diagnóstico puso nombre a aquello que llevaba años sintiendo y, de alguna manera, trajo un poco de luz a su vida. —Trastorno de angustia. —Trastorno de pánico. —Agorafobia. Pero para llegar hasta allí había que volver al principio. Todo comenzó cuando murió Él. Le costaba muchísimo decirlo. Murió. Durante mucho tiempo utilizó eufemismos para nombrar lo innombrable: «se fue», «nos dejó»… Qué ironía. Parecía que la decisión de morir la hubiese tomado Él por voluntad propia, cuando nada más lejos de la realidad. Precisamente aquella muerte fue el detonante. El miedo inundó primero su corazón y, más tarde, su cerebro. Y entonces suc...

Ojala una vida INEXACTA AL 90%

No le gustaba que se le subiera el vino a la cabeza. Ese mareo que la invitaba a salir de su propio cuerpo. Los recuerdos se agolpaban en su dañada memoria y, desde que había leído que los recuerdos son inexactos en un noventa por ciento, los miraba con escepticismo. Y su piel le susurraba: —A lo mejor el día que él se golpeó la frente con el pico de la mesa, después de tropezar con la alfombra, fue inexacto. —O el día que estrelló su coche contra el semáforo de la calle Capitán Blanco Argibay también fue inexacto. Ojalá sus recuerdos fueran inexactos al cien por cien. Desde luego, tendría en su cuenta bancaria una cifra múltiplo de cinco. Pero eso también era inexacto. La cifra era la de su terapeuta. Intentar llegar a los lavabos aquella noche estaba resultando harto difícil. Huelga decir que los tacones de aguja no ayudaban. Su menudo cuerpo no conseguía mantener el equilibrio. Pero eso solo lo sabía ella. Había tanta gente en el local que, sin proponérselo, ...

NUNCA FUE TAN SENCILLO

Nunca fue tan sencillo Siempre habrá días en los que las lágrimas vuelvan a agolparse, dispuestas a recorrer, una vez más, el camino tantas veces transitado hasta la comisura de mis labios. Y será precisamente en esos días cuando más me quiera. Porque el modo de amarme cambia según la necesidad. Llorar sin un porqué también sana.  Quizá no lo sepas, pero el cuerpo tiene memoria, y muchas veces lo que hoy duele es el eco de un dolor que un día quedó sin nombre. Entonces comienza un viaje voraz.  Un recorrido que acompaña a cada lágrima hasta encontrar respuestas para preguntas que nunca supiste formular. Una serena introspección que, apenas cierras los ojos, va silenciando el miedo. Aprender nunca es sencillo.  Sanar, en cambio, es demoledor. Abraza la incertidumbre. Abraza la tristeza. Y, cuando aparezca, también el hastío. Cubre tus recuerdos con un amor indómito y permítete reconciliarte con ellos. Giro, como en una escena de Otero, y, a vista de pájaro, todo ...