Su cuerpo llevaba temblando 1.825 días, con todo lo que ello supone. Durante 1.825 días, su amígdala cerebral había recibido, una y otra vez, la misma señal: peligro. Veinticuatro horas al día. Ella no sabía exactamente qué le estaba sucediendo. Durante mucho tiempo llegó incluso a temer por su propia cordura. Hasta que, finalmente, un diagnóstico puso nombre a aquello que llevaba años sintiendo y, de alguna manera, trajo un poco de luz a su vida. —Trastorno de angustia. —Trastorno de pánico. —Agorafobia. Pero para llegar hasta allí había que volver al principio. Todo comenzó cuando murió Él. Le costaba muchísimo decirlo. Murió. Durante mucho tiempo utilizó eufemismos para nombrar lo innombrable: «se fue», «nos dejó»… Qué ironía. Parecía que la decisión de morir la hubiese tomado Él por voluntad propia, cuando nada más lejos de la realidad. Precisamente aquella muerte fue el detonante. El miedo inundó primero su corazón y, más tarde, su cerebro. Y entonces suc...
Relatos personales sobre esos días , los soleados y los llenos de tormentas. Y como sobrevivir a todo eso que es la Vi D A