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EL PASEO DE MIS ESTRELLAS

EL PASEO DE MIS  ESTRELLAS Yo tengo mi propio paseo de Mis estrellas, no está en Hollywood , si no un poquito más cerca.  Me sobran los aviones privados, que ya sabeis no me gustan mucho, no tiene nada que ver con el paseo de la fama, no necesitas ser famoso para estar en el , solo haber encontrado tu estrella. Solo tendría que cruzar este puente, y en ocasiones lo hago, aunque son mas las ocasiones en que lo cruzais vosotros. Cuando una estrella cruza y viene a visitarme no hablamos con palabras.  Sé que ha llegado cuándo mi piel se eriza y una sonrisa asoma a la comisura de mis labios. En mi nuca se forma un pequeño tornado que revuelve mi pelo y se asoma a mi corazón, hasta entonces partido. Cuando una estrella cruza y viene a visitarme trae su propia tirita, algunas son amarillas, como el sol del amanecer, otras son verdes, como los besos en el cuello , otras celestes, como el mar que veiamos en verano y otras en blanco y negro, como las buenas fotos. Y solo puedo agr...

PIÉRDETE

PIÈRDETE No es tán difícil, a mi me pasa constantemente, a veces me pierdo varias veces en el mismo día y no creas que resulta fácil volver a encontrarme. Suelo buscar en todos los sitios en los que creo poder encontrarme, al principio suelo recurrir a lo más lógico. Me adentro en la canción que escuche por primera vez con el azul oscuro de mi alma y revuelvo en el estribillo, que suele ser la parte que primero me aprendo, pero digo con letra y todo, no solo tatareando. A veces tengo que mirar en esa estrofa que sin duda estaba escrita para mi, esa estrofa que me ponía los pelos de punta, esa estrofa que lleno mi corazón de sentimientos desbordandose a borbotones por todos los poros de mi piel. Cuando no estoy en  esa canción ó en ninguna otra debo pensar un poco más, puede que haya abierto la puerta de mis recuerdos ,de todos ,de los pasados y de los futuros. Si me siento agusto puedo pasarme perdida en mis recuerdos durante horas, saltando de verano en verano. Veranos sentada en ...

TEMPESTAD

Desde su habitación la lluvia se oía con más fuerza. Los truenos llegaban de forma intermitente: primero parecían lejanos, pero enseguida estaban golpeando su ventana. No le quedaba más remedio que reconocer que le gustaban las tempestades.  Tanto las de su vida amorosa como las de las noches de verano. Las tormentas de invierno eran predecibles; a ella le fascinaban las estivales, esas que sorprendían sin avisar.  Le encantaba sentarse en los escalones de la entrada de casa y sentir cómo se acercaban poco a poco. De pequeña le enseñaron a calcular la distancia de una tormenta.  Primero aparecía el relámpago; después contaba los segundos hasta escuchar el trueno. Cuanto menor era la cuenta, más cerca estaba. Una regla sencilla que siempre le pareció casi mágica. En el pueblo las tormentas eran de cinco estrellas.  Quizá por la altura, pensaba.  Cuanto más cerca del epicentro, mayor era el espectáculo. A veces un trueno la sorprendía y todo su cu...

LA MUJER DEL ESPEJO

Miraba mi reflejo en un espejo de dos por dos.  Un cuerpo entero.  Una mujer que me devolvía la mirada mientras examinaba la mía con un escrutinio implacable. Tenía el pelo color chocolate, apenas salpicado por reflejos dorados.  En las sienes, sin embargo, asomaban las canas nuevas de aquel mes, obstinadas en arrebatarles el protagonismo.  Eran muchas menos, pero las muy hijas de puta siempre conseguían salirse con la suya. La profundidad de sus ojos color caramelo me arrastraba. Parecían invitarme a un precipicio del que no sabía si sería capaz de regresar, así que desvié la vista hacia otro rincón de su rostro redondo. Las patas de gallo estaban allí, rotundas, enmarcando unos ojos heredados, caídos en los extremos. A primera vista parecían tristes; a la segunda, confirmabas que lo eran. Las cejas, despobladas solo en apariencia, escondían aún el dibujo de siempre. Si te fijabas bien descubrías que no habían desaparecido: el sol simplemente les hab...

LA ARENA QUE SOY

Sus pechos se fundían con la cintura sin necesidad de transición alguna, dibujando, inevitable, un reloj de arena.  Pero el suyo no era un reloj cualquiera.  Estaba colmado de arena desde la punta de la nariz hasta el umbral de los dedos meñiques. Arena de todos los colores. Predominaba el amarillo,  color preferido. El mismo amarillo de los rayos del sol que la bronceaban cada verano.  También había un azul casi negro, el de esos días que amanecen doblando sus fuerzas y, aun así, no siempre consiguen derribarla.  O quizá sí. Había verde, el de una infancia entre montes, en un pequeño pueblo soriano, de noches en vela contando estrellas y aprendiendo a reconocer el silencio. Y rojo.  El rojo de la sangre que ha acompañado su pasado, sostiene su presente y, sin remedio, seguirá latiendo en su futuro. Todo un arcoíris contenido en un único cuerpo.  Un mosaico de contradicciones que la revelaba tal como era: testaruda y vulnerable, rotund...

GRANADA PARTE III

Las granadas pesan y si las llevas en el bolsillo también. No recuerdo cuándo empecé a almacenarlas, pero rondaría los 12 años. Al principio lo hacía por diversión, no tenía muy claro su finalidad, pero acabé haciéndolo por necesidad. Ellas no son el enemigo, son mi salvación. Durante el paseo Sira se cruza a cada paso que doy, y eso me obliga a cambiar la correa de mano constantemente. Me centro en sus saltitos y me doy cuenta de lo bonita que es. Mis músculos agradecen el esfuerzo y mi corazón también.  Y porfin mi mente olvida que llevo una granada en el bolsillo derecho. Estoy llegando a casa y hoy consigo que escampe. Guardo la granada, en el mismo hueco que dejó cuándo la cogí. El agua caliente me ha ayudado. Hoy me ha ayudado SIRA Hoy me he ayudado yo Hoy me ha ayudado la música Mañana Dios dirá

EL ESPEJO TAMBIÉN LO SABÍA

El reflejo que  devolvía el espejo era, a primera vista, grotesco.  Me incomodaba. Veía sus pechos caídos, una cintura empeñada en resistir bajo el peso de una barriga prominente. Pero cuando sus ojos se encontraban con los míos, todo cambiaba.  Su reflejo me sonreía.  Parecía satisfecha, serena... y también confusa. En definitiva, viva. No quería que yo se lo recordara. Ella ya lo sabía. Lo sabía los domingos, cuando madrugar no era una opción y sentir dolía demasiado. Lo sabía los miércoles, mientras echaban su serie favorita. Lo sabía los viernes, cuando no comprendía por qué aquel sufrimiento seguía aferrado a ella. Lo sabía los sábados, cuando se llamaba desagradecida por no ser capaz de sentirse feliz con todo lo que tenía. Lo sabía cuando su reloj de arena se teñía, sin previo aviso, de amarillo, azul casi negro, rojo y verde. Cuando su cuerpo estallaba y amaba a quien ayer odiaba, cuando dejaba de desear aquello que el día anterior envidia...