Lo primero que piensa cuando pronuncia su nombre, ALICIA, es que no habría podido llamarse de otra manera.
Le gusta por muchas razones.
Porque suena melifluo, casi como una melodía que se desliza despacio. Porque sus letras suman un número par, el seis. Porque empieza y termina con la misma letra, la A. La primera vocal. La primera letra del abecedario. Como si su nombre fuese un círculo perfecto que siempre regresa al origen.
Durante años guardó algunas partes de sí misma bajo llave. Permanecían ocultas en un rincón al que nunca se atrevía a entrar.
Después de meses de terapia, aquella puerta terminó por abrirse. Al otro lado no encontró respuestas definitivas, sino un territorio desconocido que también le pertenecía.
La llave, grande y de hierro forjado, se la entregó el psicólogo el día que pronunció una frase que ella creía imposible.
—Alicia, eres una persona excepcional.
No imaginó que aquella llave pesara tanto al sostenerla entre las manos.
—¿Pesa un poco, verdad? —le preguntó él.
—Sí... Más de lo que esperaba.
—Es normal.
A medida que descubras el resto de tus secretos y aprendas a aceptar también tus defectos, su peso irá disminuyendo. Todavía te queda mucho por recorrer. El viaje hacia uno mismo siempre tiene más estaciones de las que imaginamos.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Llevas demasiado tiempo juzgándote. Has construido falsas creencias sobre tu pasado y también sobre tu futuro. Sin embargo, apenas has dedicado un pensamiento a tu presente.
Al único lugar donde realmente sucede la vida.
Nos empeñamos en buscar culpables para explicar nuestras heridas. Escarbamos en el pasado esperando encontrar el origen de todo.
Pero... ¿y si no hubiera ningún culpable?
Quizá solo hicimos lo que supimos hacer. Actuamos con las herramientas que entonces teníamos. No vimos otro camino porque, sencillamente, no éramos capaces de verlo.
Aceptar eso es uno de los primeros pasos.
Trascender el rencor, el remordimiento y la exigencia para abrazar nuestras decisiones pasadas nunca resulta sencillo.
Para ALICIA tampoco lo fue.
Existe un día —para ella fue el 18 de julio de 2019— en el que comprendes que ya no puedes seguir detenida.
Que permanecer inmóvil duele más que avanzar.
Las emociones continúan ahí. Regresan una y otra vez, cada día con más fuerza. No vienen a castigarte. Vienen a ser escuchadas.
—¿Las emociones tienen un trabajo?
Sí.
Y si hoy no las dejas hablar, volverán mañana. Y pasado mañana. Cada vez más alto. Tal vez no tengas ganas de escucharlas, pero ellas seguirán llamando a la puerta hasta que les permitas hacer aquello para lo que existen.
Porque Alicia es mucho más que sus emociones.
Es una mujer extraordinariamente observadora. Lleva años meditando durante sus paseos sin haberle puesto nunca ese nombre.
Caminar mirando las nubes. Escuchar a los pájaros. Intuir el rumor lejano de un avión que se dispone a aterrizar. Cerrar los ojos cuando la brisa acaricia el rostro. Sonreír incluso al descubrir las inmensas heces de vaca y caballos en mitad del camino.
Eso también es meditar.
Meditar mientras la vida sucede.
Eres genial, una persona con un gran mundo interior y tienes mucho que aportar al mundo!
ResponderEliminarEs un cumplido viniendo de ti
EliminarPreciosos artículos. Rebosan paz interior, calma y esperanza. Alicia debe de estar contenta por llamarse así
ResponderEliminarSaludos
Muchísimas Gracias por tu bonito comentario
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