Cuando la demencia llega, siempre es para quedarse.
Se instala de a poquito, como con mi madre.
Y después, o se sostiene o se convierte en un tsunami que arrasa con todo.
Te arrebatan a la persona dos veces: cuando llega la enfermedad y cuando, por fin, descansa.
Y en ninguna de las dos ocasiones puedes despedirte.
Ya no habitas en su universo. Ni siquiera ella tiene ya un universo propio.
Yo sigo hablando con mi madre, pero siempre obtengo la misma respuesta:
—Ah, pues no me acuerdo.
Después de aquella gran catarsis que puso patas arriba mi vida, mis creencias, mi imaginario, mis límites, mi amor hacia mí misma y mi perfeccionismo cruel, me quedaron muchas interrogantes sin respuesta.
Y emprendí un largo camino por el que llevo transitando ya trece años, y los que vendrán.
Un camino en el que aprendí a vislumbrar a mi madre como mujer, no solo como madre o esposa.
Vi a la esposa, a la hija, a la hermana, a la peluquera.
Y fui consciente de que nunca me había detenido a pensar en ella de esa manera.
Nunca me pregunté cosas como:
¿Vendría cansada del trabajo?
¿Le afectarían las discusiones con mi padre?
¿Cómo vivió que su padre formara otra familia estando todavía casado?
¿Qué sueños dejó por el camino?
¿Le gustaba leer?
¿Le gustaba bailar?
¿Se sintió amada?
¿Se sintió vista?
Y ahora no tengo respuestas.
Ella ya no puede dármelas. No las recuerda.
O tal vez nunca se hizo esas preguntas.
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