Comencé a ver una serie, Las luminarias.
Voy a dejar de verla.
Me afecta emocionalmente; tengo el estómago revuelto. He decidido eliminarla de mi lista de favoritos.
Es el único modo.
La actriz es buena, pero la serie solo me produce tristeza y angustia.
El sábado murió mi tía.
Tenía demencia, como tiene mi madre y tuvo su otra hermana.
Estos días estoy pasando el duelo y, por eso, esta serie, que me provoca todavía más angustia, no puede continuar.
Murió en El Puerto de Santa María.
Quise ir a despedirme, sola. Tenía que ir sola.
Y volvió a surgir el miedo.
Hay muchas cosas que hago a pesar del miedo, pero esta no es una de ellas.
Miedo a la muerte, miedo a la demencia familiar, miedo a viajar sola.
La decisión fue no ir.
Pensar en lo que podía sostener y en lo que no. La mochila está muy cargada.
La decisión la tomé yo. No la tomó la ansiedad.
Trabajé la culpa, que siempre quiere ser la protagonista.
Hoy, martes, es el día más complejo.
Me permito estar triste.
La tristeza es adaptativa, es una emoción que tiene una función.
Llevará unos días, o no. No hay una fecha límite.
Me salí al jardín a escribir.
Me ayuda.
Me encanta mi jardín, su capacidad para reconfortarme.
Tengo varios lugares en la casa que consiguen transportarme a ese lugar de paz y serenidad que necesito a veces.
Y, por supuesto, está Sira. Mi perra. Quince años. El calor que desprende su cuerpo.
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