Nunca fue tan sencillo
Siempre habrá días en los que las lágrimas regresen, obedientes a una llamada antigua, para recorrer, una vez más, el sendero que conocen de memoria hasta la comisura de mis labios.
Y será en esos días cuando más me abrace.
Porque el amor hacia uno mismo no siempre viste el mismo traje; cambia de forma, de voz y de refugio según la herida que reclame ser mirada.
Llorar sin un motivo aparente también es un lenguaje del alma.
El cuerpo guarda una memoria silenciosa, una biblioteca de cicatrices invisibles. Y a veces, el dolor de hoy no es más que el susurro de un ayer que nunca encontró descanso.
Entonces comienza el viaje.
Las lágrimas dejan de ser agua para convertirse en brújula. Me conducen hacia lugares donde las respuestas existían mucho antes de que supiera formular las preguntas.
Cierro los ojos.
Y en esa oscuridad serena, el miedo pierde el nombre y la calma empieza, despacio, a pronunciar el mío.
Aprender duele.
Sanar también.
Pero hay una belleza feroz en contemplar cómo todo aquello que parecía romperte comienza, sin hacer ruido, a devolverte a ti.
Abraza la incertidumbre.
Abraza la tristeza.
Abraza incluso el hastío cuando decida sentarse a tu lado.
Ninguno de ellos ha venido para quedarse; todos traen consigo una parte del camino.
Cubre tus recuerdos con un amor indómito, de ese que no juzga ni exige, de ese que simplemente permanece. Déjalo abrazar cada rincón donde un día faltó la luz.
Entonces giro.
Como si Otero me prestara sus ojos, observo mi vida desde la altura.
Y todo aquello que parecía inmenso se encoge hasta volverse apenas un punto perdido en el paisaje.
Lo acepto.
Lo amo.
Lo dejo ir.
Porque solo cuando el dolor deja de ser la casa donde habitas y se convierte en un paisaje que contemplas, nace la verdadera perspectiva. Entonces dejas de ser la herida para convertirte en quien la sostiene con infinita compasión.
Y allí, esperándome desde siempre, aparece ella.
La niña que aún vive en mi interior.
La de las manos pequeñas, los silencios largos y los sueños intactos.
La miro como quien contempla el lugar del que nunca debió marcharse.
La abrazo.
La protejo.
La amo con la ternura que un día necesitó.
Y comprendo, mientras el alma descansa por fin en su propia orilla, que nunca fue tan sencillo.

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