[Música inquietante. Una playa de Cádiz. Niños jugando. Gaviotas. El mar en calma.]
NARRADOR:
Todo parecía normal.
Era agosto.
El sol brillaba.
La temperatura era perfecta.
Y ella solo quería cinco días de playa.
Lo que no sabía…
es que sus ovarios llevaban meses preparando el crimen perfecto.
Porque cuando mis ovarios escuchan la palabra vacaciones…
comienza la matanza.
No se equivocan.
No se adelantan.
No se retrasan.
Calculan, como si hubieran estudiado en Harvard.
Analizan el calendario.
Estudian mis planes.
Esperan.
Y, después de una precisión casi sobrenatural, eligen exactamente los cinco días que estaré en la playa.
Día 1.
Sol. Arena. Bikini.
Todo parece normal.
Nada.
Empiezo a relajarme.
Quizá este mes…
quizá esta vez…
Día 2.
Una ligera molestia abdominal.
Ignoro las señales.
Como haría cualquier persona racional que está de vacaciones.
Me despierto con una certeza inexplicable.
Algo ha ocurrido.
Me levanto lentamente.
Camino hasta el baño.
Bajo la ropa interior.
Y ahí está.
Una pequeña mancha roja.
[Silencio.]
La primera gota.
El comienzo del fin.
LA MENSTRUACIÓN HA LLEGADO.
.......................
EL PRIMER INCIDENTE
Al principio intento mantener la calma.
«No pasa nada», me digo.
«Solo tengo que cambiarme.»
Error.
Gravísimo error.
Porque todavía no sabía que aquel baño de playa iba a convertirse en una de las escenas más sangrientas jamás registradas en unas vacaciones familiares.
Entro.
Cierro la puerta.
Abro el bolso. Saco el tampón.
Y entonces…comienza la escena.
Porque cada vez que lo hago en la playa parece que estoy protagonizando una versión de bajo presupuesto de psicosis.
[Suena música de suspense]
Sangre en las manos.
Miro mis manos.
Miro el suelo.
Miro el papel.
Miro alrededor.
Por un instante, parece que alguien ha cometido un crimen.
Y entonces llega de secon problem:
¿Cómo demonios limpio esto sin que parezca que estoy ocultando un cadáver?
El suelo tiene sangre.
Mis manos tienen sangre.
El baño tiene sangre.
Yo tengo sangre.
Y fuera…
la gente sigue tranquilamente tomando el sol.
Una mujer se ríe.
Un niño come un helado.
Y desde el otro lado de la puerta.
- ¿ Está ocupado?
- Si, está ocupado desde hace 3 siglos.
Mientras tanto, dentro de aquel cubículo…
yo lucho por mi vida.
Y yo completamente desnuda de cintura para abajo, intentando resolver la situación con tres trozos de papel higiénico que parecen fabricados con servilletas de cafetería.
A partir de entonces, cada baño público se convierte en una misión de supervivencia.
Camino por la arena pensando:
«¿Estaré sangrando?»
Me meto en el agua pensando:
«¿Estaré sangrando?»
Salgo del agua pensando:
«¿Me habré puestobien el tampón?»
Me siento sobre la toalla.
Me levanto.
Miro la toalla.
La vuelvo a mirar.
Nada.
Por ahora.
Pero sé que ellos están ahí.
Esperando.
Mis ovarios no descansan.
EL FINAL
Al quinto día, agotada, miro el calendario.
Ya solo queda una noche.
Quizá mañana termine.
Quizá pueda disfrutar de la playa.
Quizá…
[Risa malévola.]
No.
Porque al parecer mis ovarios también saben leer calendarios.
La última mañana, justo cuando estoy haciendo las maletas, llega el último ataque.
La última hemorragia.
La última visita al baño.
El último episodio de Psicosis: Edición Playa.
Y entonces comprendo la verdad.
No importa cuánto planifique mis vacaciones.
No importa cuántos días esté fuera.
No importa si compro tampones, compresas y llevo un botiquín digno de una expedición al Everest.
Mis ovarios siempre tendrán la última palabra.
[Imágenes de la playa al atardecer.]
El mar sigue tranquilo.
Las gaviotas vuelan.
El sol se pone.
Y, en algún lugar de mi abdomen…
dos ovarios descansan satisfechos.
Han hecho su trabajo.
Han esperado todo el año.
Han elegido el momento perfecto.
Vacaciones.
Playa.
Bikini.
Cinco días.
Y sangre.
Mucha sangre.
NARRADOR:
Hasta la fecha, nadie ha conseguido explicar por qué la menstruación siempre llega cuando una mujer se va de vacaciones.
Pero los investigadores tienen una teoría:
los ovarios simplemente son unos cabrones.
FIN.
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