La libido es muy hija de puta.
Conmigo juega al escondite: ahora me ves, ahora no me ves.
Imaginad un sábado cualquiera. Una está relajadísima, paseando por el monte. El sendero serpentea entre pinos altos que perfuman el aire con su resina. El sol se cuela a jirones entre las ramas, el canto de algún pájaro rompe el silencio y una ligera brisa alivia el calor.
Es de esos días en los que el mundo parece haberse olvidado de las prisas.
A mi vera, mi contrario (el Leo), con pantalones cortos, exhibiendo en todo su esplendor esas piernas de eterno futbolista.
El sol aprieta, el sudor resbala entre mis senos... Bueno, dicho finamente. Traducido al castellano de andar por casa: me sudan las tetas.
Mientras caminamos, nuestras manos se buscan casi sin querer. Los dedos se rozan, las risas se contagian y, de vez en cuando, una mirada se queda un segundo más de la cuenta.
La brisa levanta un poco mi camiseta, dejando al descubierto la tripa tersa y el pecho firme... Ja. Ja. Ja. Esto no me lo creo ni yo. Mi pecho dejó de ser firme el mismo día que "D" decidió convertirlo en bufé libre.
Hay días en los que el deseo llega haciendo ruido.
Ese no.
Ese día apareció despacio, como el sol calentando la piel.
Sin avisar.
Primero un roce, luego una sonrisa, después una mirada... y, cuando quise darme cuenta, mi piel ya estaba pidiendo guerra. La rápida erección del Leo confirmó que no era la única.
Allí, rodeados de pinos, riscos y piedras, buscamos un rincón que nos librara de miradas ajenas. El bosque olía a tierra caliente y a verano. El deseo apretaba... sobre todo dentro del pantalón del Leo.
Intento sacar a pasear a su pene, pero la tela se resiste. Tiro del pantalón con más empeño del recomendable y, de pronto, la erección se libera como un muelle comprimido: potente, rotunda... casi merecía aplausos.
Sus besos siempre consiguen lo mismo: secuestran mi juicio. Primero son sus manos, luego su boca. Me conoce, me reconoce y encuentra el camino en cada gemido.
El problema llega cuando intentamos encontrar una postura digna entre pinos, piedras y desniveles.
La naturaleza es preciosa... pero muy poco ergonómica.
Entrar el uno en el otro resulta mucho más fácil en teoría que sobre un suelo lleno de pinchos. Nos detenemos, miramos alrededor, volvemos a intentarlo, otra vez a vigilar por si aparece un senderista amante de la naturaleza... y de los espectáculos gratuitos.
Al final, el clímax llega. Primero yo. Después el Leo. Y entonces son mis manos y mi boca las que consiguen que él también se pierda en mí.
Fue un gran día. Para mi libido, para la suya... y, si hubo algún mirón escondido entre los pinos, espero que al menos supiera valorar el esfuerzo logístico que supone mantener viva la pasión en pleno monte.
Muy bien escrito y muy divertido ;)
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