Cuando te crecen las uñas y llevas semipermanentes siempre llega un día en el que te debates entre esperar a ir a la manicura o ir tirando poco a poco con la punta de la uña y levantar el esmalte. Sabes que si lo haces parecerás una psicópata. Dudas.
Lo piensas.
Aguantas.
Y al final empiezas por la que está en peor estado, y te la quitas.
Con una facilidad sospechosa.
" Esto está chupado"- piensas.
Y en ese justo instante atrapada en la adrenalina continuas con la siguiente. Y las uñas quedan con pinta n de psicópata y una toxicómana de los 80.
Ahora sí tendrás que ir a la manicura.
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Me he dado cuenta de que ya no conozco el estilo de mi hija. Hubo un tiempo en el que yo le compraba toda la ropa que tenía. Otra en la que íbamos juntas de compras. Y cuando yo le decía : ! mira Malena! - ella respondía con una sonrisa y un pequeño balanceo de la cabeza, que claramente mostraba aprobación. Ahora, pocas veces vamos de compras. Nos mandamos mensajes.
Con fotos, y sus respuestas suelen ser :
-no me convence.
- Uf ¿acaso tengo 60 años?
- No, ¿qué soy una monja? - - - Mamá, tengo 25.
- Ese color me ahoga la mirada.
-No va conmigo.
Sé que la he perdido por completo.
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Me encanta comer sandía. Su estética, verde y roja. En lo que llevo de mes, me he comido dos sandías. Acabo de empezar la tercera, pero tengo un pánico desmedido a cortarla.
La primera imagen que me viene a la cabeza es la mia, con un dedo cortado o dos, y sangrando sin parar.
Llevo veinte años sin cortar una sandía.
La corta mi marido. Si no está cortada, yo no como sandía.
Me gusta comerla en triángulos, no en gajos. Triángulos no muy gordos. Nunca le he dicho esto a mi marido, bastante tiene con cortarme la sandía todos los días. Me la sirve en un taper de cristal para guardar el el sobrante en la nevera. Observo los trozos y voy descartando. Primero me como los que tienen la forma exacta y dejo para el final los otros, los raros.
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Mi hijo no tiende la ropa.
Él la acuesta sobre el tendedero.
También la arropa, como si temiera que cogiera frío.
Lo suele hacer con un calzoncillo - lo de arropar digo.
Mi hijo no tiene diez años. Ya es adulto.
Cuando entrenaba en un equipo de fútbol en su adolescencia, comenzó a poner la lavadora para su equipación. Le costó un tiempo comprender que la ropa hay que tenderla una vez termina el ciclo de la lavadora. Si no lo haces, lo que tiendes desprende un olor a muerte y podredumbre.
Claro, era adolescente. La muerte y la putrefacción conviven con él.
Luego tuvo que aprender que el tendedero no es un armario. Para él era más sencillo coger lo que necesitaba directamente del tendedero.
Si lo piensas bien, era un genio. Vago, sí, pero genio.
Así que en su adolescencia tuve que comprar otro tendedero, ya que en esta casa se ponen muchas lavadoras, demasiadas, diría yo.
Ahora, de adulto, ha cambiado ligeramente. Pone sus lavadoras a menudo, las tiende, si no lo he hecho yo antes, y cuando se da cuenta de que le he tendido la ropa, le embarga una alegría que ni el día de Navidad. Ya sé lo que le regalaré este año:" cheques para tender lavadoras".
Sin embargo, recoger la ropa cuando se ha secado ya es otro cantar.
Su récord está en diez días. En la actualidad, he comprado otro tendedero. Se sabe mucho de una persona por cómo tiende y recoge una lavadora.
Y sí hay un verbo que lo define :"Procrastinar ".
En los 90 hubo una expresión que se hizo muy famosa: "la noche me confunde". No recuerdo quien la elevó al estrellato.
A mi hijo, la lavadora le confunde.
Nuestra lavadora se rompió. La nueva es diabólicamente psicópata.
Cuando termina el programa de lavado, suena una canción.
No, no, una melodía, porque no tiene letra.
Es interminable, diría yo. Tiene varios silencios en los que tú piensas que ya puedes abrir la puerta, pero no, continúa un poco más. Este juego del gato y el ratón,dura diría yo más que los bises de muchos conciertos. Mi hijo ha debido pensar que ya estaba bien de jueguecitos, y en más de una ocasión se ha ido a su habitación enfurruñado.
Imagino que aquí está la respuesta a todas vuestras dudas. En su defensa diré que tengo la sensación de que le sucede a mucha más gente.
La primera vez que llamé procrastinador a mi marido, me miró con una ira desproporcionada.
- ¿Eso qué es? respondió, como si lo hubiera llamado hijo de puta.
- A mí no me insultes.
Mi respuesta inmediata fue reírme sin parar.
Además de cortarme la sandía, me sigue haciendo reír mucho, después de treinta años.
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