Leyendo a Milena Busquets, recuerdo que así, Milena llamó durante muchos años mi tía Zule a mi hija, cuyo verdadero nombre es Malena. También recuerdo cómo su marido, el tío Poli, en su bautizo, me hizo una pregunta inquietante, cuanto menos.
- Pero, sobrina, ¿Cómo has podido llamar a la niña Magalena? .
Está claro que él quería decir Magdalena.
- Pero tío es que la niña se llama Malena - repliqué .
Hubo algo de confusión, ya que durante el bautizo el cura, de esa vieja escuela en la que los nombres tenían que venir avalados por un santoral, puso los ojos en blanco cuando a la pregunta de :
-¿Qué nombre habéis elegido para la criatura?-
Y su padre y yo contestamos al unísono: Malena.
Y yo estuve rápida, rápida, rapidísima, y rectifiqué :
-Magdalena.
El cura ahora sí repitió, Magdalena.
Mi suegro, el padrino, atónito, me preguntó por lo bajini, ¿Magdalena?
- No te preocupes, Goyo, que en el registro civil está inscrita como Malena.
Y claro, de ahí la pregunta de mi tío Poli.
Supongo que por eso me obsesionan tanto las palabras. Un nombre mal dicho puede cambiar una conversación. Una palabra olvidada puede hacer desaparecer una idea.
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A veces escribo en la piscina, mientras desayuno, en ocasiones salgo corriendo de la ducha porque una idea me ha iluminado, y por supuesto, tengo que anotarla.
La menopausia ha declarado la guerra a mi memoria . Si espero a terminar de ducharme, hay un 99,9 % de probabilidades de que no recuerde ni el artículo determinado.
Escribir ha sido siempre mi manera de ponerle chinchetas a mis pensamientos antes de que salgan corriendo.
Escribo desde adolescente. Con 14 solía reescribir todo lo que soñaba, según despertaba, aunque no tuviera mucho sentido.
En plan:
estoy en la calle, llueve, oigo una rana croar, mi habitación cambia de tamaño, me río a carcajadas, cojo el autobús y resulta que voy desnuda.
La inspiración tiene muy mal sentido de la oportunidad. También cuando tengo relaciones sexuales. Es peliagudo anotarlo en ese momento, en esa postura.
Lo he intentado.
Hackear a mi mente durante las relaciones sexuales, escasas, por cierto, con ideas para un texto de mi blog, es una pésima estrategia.
Mis pensamientos deben ser en plan, "ooh, cómo me gusta, soy la puta ama, o esta postura sí".
Todo lo que se salga de esto, manda la excitación a tomar por culo. Todo el esfuerzo y la concentración en activar mi débil deseo sexual, al garete.
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Estoy en la piscina, a la sombra, dejando que la brisa me erice la piel mientras intento convencer a mi cerebro de que estamos en octubre.
Un mes que no me exige ser feliz, que disfruto cada día, cada tormenta. ¿Y por qué octubre, os preguntaréis? Pues julio me produce ansiedad, mucha ansiedad, y agosto la duplica.
Igual que un día convertí a Malena en Magdalena durante 30 segundos ahora convierto Julio en Octubre para ver si mi cerebro se relaja.
Todo mi cansancio del año entero, mi tristeza, mis responsabilidades... Quiero que todo pare en agosto, disfrutar de mis vacaciones.
No lo consigo.
Agosto me dice que no puede con tantas expectativas, es demasiada responsabilidad para él.
Así que se me ocurrió que si fuera octubre sería mejor. Y me envío mensajes desde que despierto:
- Qué día tan maravilloso y fresquito, como debe ser en octubre.
-Qué suerte tener la piscina abierta en octubre.
- Estas mini dosis en forma de siesta de octubre me dan la vida.
Prácticamente lo tengo ya hackeado.
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Hoy es un día en el que no me he juzgado todavía, y son las dos de la tarde.
No he desayunado la perfección envuelta en proteínas. ¿eran 30 gramos diarios o 60?
He recordado tomarme el escitalopram.
He decidido comenzar el libro de Milena Busquets de entre los otros cinco que tengo en el cabecero de mi cama, esperando el día perfecto.
He salido a la piscina, a leer, a descansar, a escribir, solo si me apetece.
Hoy no quiero ser productiva, no quiero limpiar el baño. Solo descansar. También de mi exigencia.
Tengo pelos en las piernas, en las dos.
No me voy a depilar, no me quiero depilar.
Me tumbo en la toalla.
Hacia arriba, sostengo el libro, se me duermen los brazos, hormiguean. Hacia abajo, postura de la esfinge. Me duele la lumbar. De lado, intento leer. Me duele el hombro.
No me llaméis cooper, llamadme cuerpo escombro.
Y ahí está!!. Ha llegado
el primer juicio del día.
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Ayer limpié el baño de mi dormitorio. El portarrollos de papel higiénico está oxidado. Compraré otro.
Mañana.
Organizar me produce un placer casi obsceno. Separé mascarillas y le di a Ángela algunas.
Tiré los botes de crema solar del año pasado. No me gusta tirarlos porque están prácticamente llenos pero tampoco me gusta echármelas. Por si no funcionan.
Ayer me armé de valor.
Mi hija Malena dice que no tengo apego, que lo tiro todo.
Yo creo que no es un defecto.
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Sira, mi Yorkshire, tiene la tos de ganso. Tiene quince años, colapso traqueal y artrosis. Los episodios de tos son cada día más constantes y continuos. También por las noches.
Ella no descansa, nosotros tampoco. La baño día sí, día no, para apaciguar las temperaturas de la última ola de calor.
Ahora duerme con esa paz que lleva semanas negándonos a todos.
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Hoy he dormido bastante mal. No sé yo si las micro siestas serán una buena idea. En general, no sé si cualquier cosa micro será buena idea.
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Es domingo, por lo que comeré arroz con pollo.
Mi querido chef lo ha convertido en una tradición que desde hace años me regala media hora de felicidad asegurada.
Al final resulta que la felicidad casi nunca viene disfrazada de gran acontecimiento. Suele aparecer con ropa de estar por casa.
Siempre termino encontrando refugio en lo mismo: un libro, un baño, una perra dormida y un arroz con pollo.
Te quiero, chef.
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