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LA DISTANCIA ENTRE DOS DEDOS



Estábamos todos listos para ir a la playa menos Roma.

—¡Romi, vamos!

—¡Ya estoy! ¡Dos minutos!

Macarena había reservado mesa en un chiringuito, así que el plan era sencillo: pasar el día entero junto al mar.

Fuimos caminando entre conversaciones que se abrían y se cerraban como las olas. A veces el grupo avanzaba unido; otras, se fragmentaba en pequeños universos de confidencias. Hasta que Nora terminó caminando a mi lado.

—Te veo pensativo, Jon.

—¿Yo? Bueno... no más de lo habitual.

(Ojalá encontrara el valor para decirte todo lo que llevo días callando).

Sus ojos color chocolate parecían transformarse bajo la luz del sol. Llevaba el pelo recogido en un moño descuidado que dejaba su cuello completamente al descubierto.

(Ay, ese cuello...)

—¿Te gusta mi vestido?

La pregunta quedó suspendida mientras ella improvisaba uno de sus pequeños bailes absurdos que siempre conseguían hacerme sonreír.

Claro que me gustaba. El vestido verde resaltaba sobre su piel bronceada y dibujaba su figura con una naturalidad que me dejaba sin palabras.

—Jon, ¿te gusta?

—Sí, claro. Perdona. Te queda increíble.

Su sonrisa fue suficiente recompensa.


Llegamos a la playa y extendimos las toallas cerca del agua. Albert lanzó un grito:

—¡El último en llegar al mar paga el vermut!

Todos echamos a correr. Yo, demasiado pendiente de Nora para concentrarme en otra cosa, llegué el último.

Las burlas me acompañaron hasta el agua.

La mañana transcurrió entre chapuzones, carreras, risas y arena pegada a la piel. Cuando el cansancio terminó imponiéndose, Nora colocó su toalla junto a la mía.

Nos tumbamos boca arriba.

Durante unos segundos sólo se escuchó nuestra respiración recuperando el ritmo.

Se cepilló el cabello, buscó sus auriculares y me ofreció uno.

Sonó Orozco.

Y allí nos quedamos, compartiendo música y silencio.

El sol evaporaba lentamente las gotas de agua salada sobre nuestra piel. Sentía su presencia a apenas unos centímetros. El roce accidental de nuestros brazos parecía contener más electricidad que cualquier tormenta de verano.

Sin pensarlo demasiado, dejé que mis dedos buscaran los suyos.

Nora giró la cabeza.

Sonrió.

Y entonces ocurrió algo extraordinario en su sencillez: entrelazó sus dedos con los míos.

Volvimos la vista al cielo azul.

—Estoy hecho de pedacitos de ti...

La canción parecía escrita para aquel instante.


La puesta de sol nos encontró sentados sobre la arena, observando cómo el horizonte se incendiaba lentamente. Ya casi no hablábamos.

No hacía falta.

Las miradas ocupaban el lugar de las palabras.


Al regresar a casa estábamos agotados.

Cada habitación tenía su propio baño, así que nos repartimos sin discutir. Yo intentaba distraerme con pensamientos inofensivos cuando escuché el sonido de la ducha.

Momentos después, Nora apareció en la puerta.

La luz suave del atardecer se filtraba por la ventana y dibujaba reflejos dorados en su cabello recién suelto.

—Jon... si quieres, podemos ahorrar agua.

Mi corazón entendió la propuesta antes que mi cabeza.

Ella sonrió.

—¿Eso es un sí?

Me incorporé despacio hasta quedar frente a ella.

Había imaginado aquel momento demasiadas veces.

Aparté con cuidado un mechón de su rostro y lo coloqué detrás de su oreja.

—Nora... llevo queriendo besarte desde aquella excursión al parque de atracciones.

Sus mejillas se tiñeron de rojo.

Y aquella sonrisa fue toda la respuesta que necesitaba.

Cuando nuestros labios se encontraron, el tiempo pareció ralentizarse.

No hubo prisa.

Sólo la emoción contenida durante demasiado tiempo encontrando por fin una salida.

La abracé con fuerza, como quien teme despertar de un sueño demasiado hermoso.

Ella rodeó mi cuello con los brazos.

Y durante unos instantes sólo existimos nosotros.

El rumor lejano del agua.

El calor de nuestras pieles.

La certeza de que algunas historias esperan años para encontrar el momento exacto en que comienzan de verdad.

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