LA MUJER AL FINAL DE LA BARRA
Nuestra relación estaba cambiando. Cumplir años tenía ciertas ventajas y ninguna de ellas era envejecer.
Después de tanto tiempo juntos, habíamos aprendido que el amor y el deseo no siempre caminaban de la mano.
El amor seguía intacto, sólido, reconocible incluso en el silencio; el sexo , en cambio, había empezado a pedir ventanas abiertas, aire nuevo, cuerpos desconocidos sobre los que seguir respirando.
No había celos entre nosotros, o quizá si, pero domesticados.
Lo nuestro ya no consistía en poseernos, sino en volver a elegirnos después de habernos perdido un poco.
Y entonces apareció él.
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la primera vez que lo vi estaba desayunando en mi bar de cabecera. llevaba años yendo allí y jamás habíamos coincidido. Yo ocupaba mi sitio habitual, al final de la barra, desde donde podía observar el pequeño teatro de gente entrando y saliendo mientras el café se enfriaba entre mis manos.
Después del segundo sorbo lo vi entrar.
Cincuenta y tantos. Cabello oscuro salpicado de canas. 0jos verdes. Alto. Uno ochenta, quizá algo más. Pero no fueron sus ojos lo primero que me atrapó.
Mis ojos descendieron justo al lugar donde mi imaginación quiso detenerse.
Calculé el momento exacto en que pasaría junto a mí y dejé caer el foulard azul con una precisión casi obscena.
Él se agachó a recogerlo.
Yo seguía sentada en la banqueta, con aquel vestido negro de punto que dejaba las piernas desnudas bajo la luz tibia del local.
Mientras se incorporaba, descubrí que no había dejado de mirarme ni un segundo. Nuestras miradas se encontraron.
Sonreí apenas, una inclinación mínima de cabeza, suficiente para darle las gracias sin pronunciar todavía palabra alguna.
Cuando sus dedos rozaron mi mano, una descarga me atravesó entera. Mantuvimos la mirada unos segundos más antes de que continuara hacia su mesa.
Perfecto, pensé. Ya estás exactamente donde quería.
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Al día siguiente volvimos a coincidir a la misma hora, aunque esta vez él ya estaba dentro.
Dentro.
La palabra me provocó un escalofrío absurdo recorriéndome la espalda.
Estaba sentado al final de la barra, ocupando el último sitio libre. Nada más entrar, Armando me dio los buenos días, como llevaba haciendo ocho años. Al escuchar mi voz, él levantó la mirada del periódico y observó de reojo, despacio, sin pudor alguno.
Y a mi siempre me había gustado sentirme observada. A mis curvas también.
Cuando llegué a su altura fingí un pequeño tropiezo. Lo justo para que mi pecho rozara su espalda y mi sonrisa dibujara una disculpa casi inocente.
Tu y yo vamos a acabar follando- pensé
-¿Estas bien?- preguntó
Su voz era grave. De esas que parecen quedarse resonando unos segundos más dentro de tu cuerpo.
-Si, claro. Todo lo bien que se puede estar un martes por la mañana.
-Pues yo te veo muy bien. Me llamo Bryan. Me ofreció la mano.
-Gadea-respondí-. Gracias por sujetarme.
Me quité el abrigo lentamente y lo dejé sobre el respaldo de la banqueta mientras me sentaba a su lado, dejando que el movimiento acercara mi cadera a su rodilla.
Sentirlo tan cerca hizo que mi cuerpo despertara de golpe, como si hubiera estado esperando exactamente aquello. Mientras terminaba de acomodarme, dejé la mano sobre su muslo durante un instante más largo de lo necesario.
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El tercer día no ocurrió absolutamente nada. Y quizá por eso fue el peor de todos.
Llegué mas tarde de lo habitual y él ya estaba allí, sentado en el mismo sitio, con el periódico abierto entre las manos y una taza de café medio vacía frente a él.
Ni siquiera levantó la vista al entrar.
Aquello me irritó más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Me quité las gafas de sol despacio, esperando notar sus ojos recorriéndome como el día anterior. Nada.
Armando me saludó desde la cafetera y yo respondí sin apartar la mirada de Bryan.
Seguía leyendo.
Perfecto.
Así que hoy íbamos a jugar a eso.
Me senté dos taburetes más allá del suyo. Lo suficientemente cerca como para notar su perfume; demasiado lejos para rozarlo accidentalmente.
Pedí un café largo y crucé las piernas despacio.
Nada. Ni una mirada.
Había hombres que miraban descaradamente y otros que sabía hacer algo mucho más peligroso: esperar.
Saqué el móvil, fingiendo revisar mensajes, cada pocos segundos levantaba la vista esperando encontrar sus ojos.
y entonces, cuando ya empezaba a molestarme de verdad, habló si apartar el periódico.
-Hoy no llevas el foulard azul.
La sonrisa se me escapó antes de poder evitarlo.
- Hoy no hacía viento.
Esta vez sí levantó la mirada.
Lenta. Verde. Precisa.
Como si hubiese estado conteniendo las ganas de hacerlo durante los últimos diez minutos.
-Una pena - dijo
Noté el calor subiéndome por el cuello de inmediato.
Bryan dobló por fin el periódico y lo dejó sobre la barra. llevaba una camisa gris remangada hasta los antebrazos y un reloj antiguo que parecía demasiado elegante para aquel sitio.
Me descubrí imaginando como serían esas manos sobre mi cintura.
-Empiezo a pensar que vienes aquí solo para chocarte conmigo- añadió.
- Y yo empiezo a pensar que te gusta demasiado sujetarme.
Sonrió apenas.
Esa clase de sonrisa mínima que obliga al cuerpo a imaginar cosas inconvenientes.
Armando dejó mi café delante de mí y Bryan aprovechó el momento para acercarse un poco más.
Lo justo.
La distancia exacta para que pudiera notar el calor de su cuerpo sin llegar a tocarlo.
-¿Siempre eres así?- preguntó
-¿Así como?
- Peligrosa antes de las nueve de la mañana.
Lo observé mientras removía el café. La calma de sus movimientos. La seguridad tranquila de quien sabe perfectamente el efecto que provoca.
Y entonces comprendía algo.
No tenía ninguna prisa.
Ni él tampoco.
Aquello no iba de acostarse rápido. Iba de alargar el hambre hasta volverla insoportable.

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