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YO NACÍ ANTES QUE GOOGLE


El día parecía que iba menos jodido de lo habitual...

Hasta que esta pregunta llegó a mis oídos, pronunciada además con ese tono melifluo que utilizan los hijos cuando están convencidos de que naciste durante la Prehistoria.

— M: Mamá, ¿Cuando tú eras pequeña (hace dos días, vamos), qué tutoriales veías?

Para decir algo en su favor, M es MILENIAL. 

Nació en el año 2000. 

Según salió, tiraron un poco del cordón umbilical y apareció un móvil. Tiraron otro poco y salió Instagram. Luego vino Facebook, que se resistía a salir, y detrás YouTube.

Aquello fue un espectáculo en el paritorio.

 El padre de la criatura y yo no dábamos crédito. Esperábamos que viniera con un pan debajo del brazo y apareció con tarifa de datos ilimitada.

Pero bueno, que me lío.

Ahí va mi respuesta.

— Yo: Pues mira, hija de mi vida, mis tutoriales favoritos eran los de Doña Amparo, la profesora de matemáticas, y los de Don Armando.

Eran tan, tan realistas que los tirones de oreja los sentías con tecnología inmersiva de última generación. Nada de realidad virtual. Realidad dolorosa.

— M: Mamá, ¿y cómo era tu móvil?

— Yo: Pues mira, llamar móvil a aquello sería faltar a la verdad. Yo tenía varios.

El primero era muy innovador. Funcionaba así:

— ¡Mamá, abre!

Y mi madre —que merece un capítulo aparte— se levantaba del sofá, cogía una llave, la envolvía en una servilleta y la lanzaba por la terraza.

Ojo al dato: vivíamos en un piso 12.

La llave iniciaba entonces una emocionante caída libre mientras yo rezaba para que la gravedad hiciera su trabajo y la llave no acabara en Cuenca.

Ese era mi WhatsApp.

Luego estaba el móvil que más usaba. Me ponía unas sandalias planas —porque entonces los zapatos pesaban menos que un electrodoméstico— y me desplazaba a por el pan, a la droguería, al kiosco...

Sí, andando. Como los seres humanos.

En casa teníamos un teléfono atado a la pared.

 Literalmente. 

Con cable. Una cosa tan fija que si querías intimidad tenías que enrollarte el cable alrededor del cuerpo y esconderte detrás de una puerta.

Llamaba a S, mi mejor amiga.

— ¿Quedamos?

— Vale.

Y quedábamos.

Sin ubicación en tiempo real, sin enviar una foto del sitio, sin compartir batería, sin un mensaje cada tres minutos preguntando "¿dónde estás?".

Una locura.

— M: (0jiplática) ¿Y cómo avisabas si llegabas tarde?

— Yo: Pues avisaba cuando llegaba.

Veía que no había nadie y decía:

"Pues ya he llegado tarde. Me cago en todo."

Y ya está.

Porque en aquella época, hija mía, cuando alguien desaparecía diez minutos no pensábamos que lo habían secuestrado unos extraterrestres. Pensábamos que estaba comprando pipas.

Y sobrevivimos.

Aunque todavía no sabemos cómo.

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