El silencio de las doce.
Sin pedir permiso, sin pedir perdón, las doce se han convertido en mi hora bruja.
Es la hora en la que la casa por fin calla y mi soledad, esa que durante el día tanto añoro, me arropa. Un piano interpreta lo que yo no sé nombrar; la escritura ordena el caos y la meditación me recuerda que también merezco descansar.
Hubo un tiempo en el que mi energía apenas rozaba el suelo. Mi cuerpo, exhausto, repetía una única frase:
«Tienes que parar.»
Y paré.
Entonces comprendí que la vida había estado ensayando esta escena desde hacía mucho tiempo.
La tristeza dejó de ser un enemigo para convertirse en una maestra. Fue ella quien me acompañó a aceptar el cambio de papel; ese instante en el que, sin darte cuenta, tú te conviertes en madre y tu madre vuelve a ser hija.
Ahora cambio pañales cada cinco horas.
Me convierto en el bastón que sostiene sus pasos vacilantes.
Bañó un cuerpo pequeño y frágil que un día fue fuerte, elegante, lleno de vida.
Hidrato una piel donde las arrugas ya no son arrugas, sino pliegues del tiempo que guardan historias que la memoria ya no alcanza.
Y cada noche deposito un beso con carmín rojo pasión sobre su frente, como quien intenta dejar una huella allí donde la enfermedad borra los recuerdos.
Cuando el reloj vuelve a marcar las doce, doy las gracias.
Porque, sin darme cuenta, mientras cuidaba de ella, también fui curando una herida antigua que llevaba demasiado tiempo esperando ser abrazada.
En el silencio de la noche regreso a los placeres sencillos: la música, la escritura, la calma.
Y una voz, muy bajito, casi como un susurro, me recuerda:
"Todo esto también eres tú.
Tu fortaleza.
Tu amor.
Tu capacidad de permanecer cuando habría sido más fácil marcharte.
No has vencido a la vida; has aprendido a sostenerla."
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