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Querida vida: TU Y YO TENEMOS PENDIENTE UNA HOSTIA DIALÉCTICA

QUERIDA VIDA:
No sé si alguien te lo habrá dicho alguna vez, pero a ratos eres bastante tocahuevos.
Y te lo digo desde el cariño, ¿eh?
Bueno… desde un cariño raro.
De ese cariño que siente una cuando mira el extracto del banco después de haber pedido “solo una cosita” por internet.
Porque mira, querida vida, yo contigo tengo sentimientos encontrados. Muy encontrados. Como mis ganas de madrugar y mi necesidad de pagar facturas.
Y hoy especialmente has decidido ponerte creativa.
Porque una cosa es ponerme pruebas y otra muy distinta es organizarme una gymkana emocional diaria como si fueras la directora de los Juegos del Hambre versión menopausia.
Te digo una cosa, así en petit comité, ahora que no nos escucha nadie:
— Que tú lleves una talla 38 me parece fenomenal.
Te felicito muchísimo.
Ahora bien, explícame cómo funciona este reparto, porque si tú eres mi vida, no entiendo por qué tú vas por ahí con cuerpo de actriz francesa y yo tengo el metabolismo de una croqueta sindicalizada.
Es más, yo no me he puesto una 38 ni el día de mi primera comunión.
Y mira que aquel vestido apretaba más que Hacienda en abril.
Aunque pensándolo bien, lo mismo eres mi subconsciente manifestándose en modo “fantasía imposible”.
Que también te digo: para fantasías ya tuve yo esperar que el sujetador sujetara.
— Y luego está tu manía de mirarme con esos ojos frescos, luminosos y descansados, como si las ojeras fueran una leyenda urbana.
Mira, querida vida, yo ya no duermo.
Yo cargo batería en modo ahorro de energía.
Hay mañanas en las que me levanto con una cara que el reconocimiento facial del móvil duda.
Y aun así, tú ahí, radiando luz, como influencer recién levantada.
Pues no.
Porque yo no tendré una 38, pero tengo una elegancia espectacular para mandar mentalmente a la mierda sin mover una pestaña.
Bueno… las pestañas no, que últimamente me duelen hasta ellas.
Y eso sí que es tocar fondo.
Que te duelan partes del cuerpo que tú ni sabías que podían sufrir.
El otro día me dolió un codo por bostezar.
UN CODO.
¿Qué es lo siguiente?
¿Una contractura emocional por pelar un kiwi?
Y escúchame bien, querida vida:
Tú tendrás tus planes.
Tus aprendizajes.
Tus ciclos.
Tus “todo pasa por algo”.
Que eso queda precioso en Pinterest y fatal cuando una está en el sofá hablando sola y comiéndose unas aceitunas como si fueran ansiolíticos con hueso.
Tú habrás hecho tu máster de
“Cómo ser vida y tocar las narices sin dejar pruebas”,
pero la última palabra la tengo yo.
Porque puede que haya días en los que me dejes baldada.
Días en los que me arrastre más que ande.
Días en los que tenga menos energía que un Nokia sin cargar desde 2007.
Pero hay algo que deberías saber de mí:
A fuerza bruta no me gana nadie.
Ni tú.
Ni cien vidas como tú.
Porque yo he sobrevivido a dramas, decepciones, audios eternos, sostenes incómodos, relaciones absurdas, noches sin dormir y vaqueros con botón imposible después de comer.
Así que no me subestimes.
Yo decido cómo vivir mi vida.
Cómo enfrentarme a ella.
Y sobre todo, cómo reírme mientras intento no estrangularla con elegancia.
Así que ya puedes agarrarte fuerte, querida vida,
porque pienso ponerte panza arriba.
Con cariño, resentimiento moderado y un ibuprofeno en el bolso,
YO.

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