Hay días en los que los guionistas que han alquilado el cerebro de mi madre —como si aquello fuera un Airbnb neuronal— deciden darle unas pinceladas de humor a su día. Y, de paso, destrozar el mío.
¿Y por qué digo esto? Os lo explico.
El martes pasado —aunque perfectamente podría haber sido jueves, porque con estas cosas el tiempo pierde todo el sentido— se le escapó el pipí. A pesar de las súper-bragas absorbentes que le he comprado. O sea: pañal premium con marketing bonito.
Tocó cambiar sábanas, empapadores, pijama y llevarla a la ducha.
Y esta fue la escena.
Yo, intentando mantener la dignidad familiar:
Fantástico.
La escena transcurre en el baño. Puerta cerrada. Yo preparando albornoz, jabón y ducha como si estuviera organizando una operación militar.
Falso. Completamente falso.
Mientras la meto en la ducha voy enjabonándola a toda velocidad para que no pierda calor. Acabo medio dentro con ella, calada hasta los huesos.
Entonces me mira y suelta:
Gracias, mamá. Autoestima reforzada.
Terminamos en dos minutos, como prometí.
—Mamá, ponte el albornoz.
Ella se mira el cuerpo con preocupación auténtica y dice:
—Menos mal… menos mal que me he depilado.
Y yo:
Ahí ya no pude más. Mi carcajada retumbó en todo el baño.
O sea, espera. ¿Va a venir un señor a casa a hacer una inspección oficial del felpudo?
—Sí, sí. Me lo han dicho. ¿Tú te has depilado?
Y claro, ahí ya entré en un terreno para el que nadie te prepara cuando te conviertes en adulta.
Porque de repente mi madre tenía una cita imaginaria con el inspector nacional del vello corporal… y yo era la única persona de la reunión que no sabía el protocolo.
—No te preocupes, mamá. Tengo ocho días.
Y lo peor es que, al final, la preocupada me quedé yo.
Porque desde entonces solo tengo dudas.
Por favor, si alguien tiene información sobre el departamento de inspección de depilación domiciliaria, que me escriba por privado.
Comentarios
Publicar un comentario