Había decidido que descansaría todo el día.
Su cuerpo estaba exhausto. El leve dolor de garganta de la mañana había evolucionado hasta convertirse en una auténtica venganza medieval: cada vez que tragaba saliva, una legión de alfileres sin cabeza organizaba un aquelarre en su laringe.
Después llegó el insistente dolor de cabeza, acompañado de estornudos, siempre de tres en tres.
Desde luego, no era ese el trío que tenía pensado para empezar el año.
Intentaba leer entre cabezada y cabezada, mientras los estornudos le provocaban un movimiento espasmódico de cuerpo entero, seguido de un lagrimeo incesante: primero el ojo derecho, luego el izquierdo, como si ambos hubiesen decidido turnarse el drama.
No podía concentrarse.
Llevaba quince minutos atrapada en la misma página, leyendo y releyendo cada palabra, pero en su mente las frases giraban sin compasión, mezclando sujetos, predicados y hasta tiempos verbales.
Si alguien le hubiese preguntado qué acababa de leer, probablemente habría respondido “patata”.
Cerró el libro, no sin antes marcar la página por la que iba.
Aunque, pensándolo mejor, tendría que volver a empezar desde el principio.
Y quizá desde el prólogo.
Tal vez incluso aprender otra vez el abecedario.
Se recostó sobre el mullido cojín y cerró los ojos.
Su mente saltaba de un pensamiento a otro sin el menor respeto por su estado terminal.
El dolor de cabeza persistía y solo imaginarse levantándose para poner una de las cuatro lavadoras pendientes —cuatro, porque el cubo de la ropa sucia ya había alcanzado volumen de contenedor industrial— le provocaba cansancio anticipado y dolor muscular preventivo.
Entonces recordó que era día 6.
¿Habrían llegado los Reyes Magos?
Se incorporó de golpe. Mala idea.
El universo respondió inmediatamente con seis estornudos consecutivos que casi le provocan un viaje astral.
Pero consiguió llegar al salón.
Allí estaba el árbol de Navidad, ligeramente torcido, con una bola colgando en evidente estado depresivo y varias agujas de pino decorando el suelo. Y bajo él, la prueba absoluta de que la vida todavía merecía la pena:
Dos paquetes con su nombre.
El día podía mejorar.
Mucho.
Sonrió emocionada, notando incluso cómo el dolor de garganta se retiraba un milímetro ante semejante acontecimiento.
Bueno. Igual no estaba curada del todo.
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