Cuando una melodía le rozaba el alma, sus caderas eran siempre las primeras en sentirlo. Su balanceo era acompasado, rítmico, intensamente sensual, como si la música hubiese aprendido el camino exacto para recorrerla por dentro.
El movimiento subía con precisión hacia sus hombros, que alentaban al resto de su cuerpo —o su templo, como le gustaba llamarlo— a entregarse sin reservas.
Todo su peso se inclinaba inevitablemente primero hacia el lado izquierdo, a pesar de ser diestra, para después invadir el derecho como un tsunami lento y delicioso. Sus pies se adelantaban, giraban sobre sí mismos, cambiaban de dirección en décimas de segundo, provocando que su pecho se arqueara hacia atrás exactamente igual que cuando una caricia inesperada le rozaba el cuello.
Sobre la encimera, la escena parecía un bodegón moderno: la fruta abierta, el brillo del cuchillo afilado, el hielo derritiéndose lentamente y la ginebra esperando su momento. La luz cálida de la cocina convertía el mármol en escenario y su vestido negro de raso en una segunda piel.
Así empezaban sus noches especiales.
Se alternaban de lunes a domingo porque las ganas nunca entendieron de calendarios. A veces bastaba una canción, otras un recuerdo, otras simplemente el deseo de sentirse viva.
Todo comenzaba en la inmensidad de sus antojos, justo cuando revoloteaban cerca de sus labios pintados de rojo carmín. Y de una cosa estaba completamente segura: sus deseos nunca se equivocaban.
El ruido rítmico del cuchillo cortando el limón parecía formar parte de la banda sonora. Después llegaba el hielo cayendo sobre la copa de cristal, limpio, preciso, y finalmente la ginebra abrazándose a la tónica en aquel sonido burbujeante que su paladar reconocía incluso antes del primer sorbo.
El primero podía hacerla viajar a cualquier instante de sus últimos treinta años: un verano sin culpa, unas manos concretas, una madrugada riéndose hasta llorar, el eco de una ciudad dormida al amanecer.
El segundo sorbo siempre la devolvía al presente. A esa noche sin expectativas, pero llena de promesas.
En la mano derecha, el gin-tonic.
En la izquierda, el ritmo de la música.
Los pies descalzos deslizándose sobre el suelo frío mientras el vestido conocía de memoria cada centímetro de su cuerpo. La tela acariciaba sus muslos con cada giro y ella sonreía sola, porque había aprendido algo importante demasiado tarde como para volver a olvidarlo:
la felicidad era exactamente eso.
Bailar hasta que el cuerpo aguantara.
Sola o en compañía.
La elección, como casi todo lo importante, siempre la tomaba el deseo.
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