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LOS DIAS EN QUE MAMÁ VUELVE

Cuando padeces deterioro cognitivo, pasas a protagonizar una especie de cortometraje extraño donde los personajes son nuevos para ti… y tú misma también.

A veces eres interpretada por una actriz que tiene tu voz, tus gestos y hasta tus manías, pero otro rostro. Uno que no reconoces. Te miras al espejo y piensas: “esa señora no soy yo”. Y, desde luego, no es la protagonista que recordabas.

Lo vivo con mi madre. Cada día. A veces, cada hora.
Los cambios asustan por la velocidad con la que se encadenan.

Su pelo rubio ceniza se ha quedado solo en ceniza. También desaparecieron sus rizos, sustituidos por un liso rebelde y encrespado que parece vivir enfadado con el mundo.

Mi madre fue peluquera toda su vida. Ella me hizo mi primera permanente y también cortó, sin temblarle el pulso, mi larguísima melena después de mi Primera Comunión, cuando decidí que quería el look de Ana, la de Enrique y Ana.

Las que no nacisteis en los 80 quizá necesitéis contexto: Ana llevaba el pelo por encima de los hombros y parecía modernísima. Mi madre, fiel defensora de mis decisiones estéticas cuestionables, dijo: “pues se corta”.

A mi abuela Goya casi le da un parraque.

Pero mamá siempre validó mis decisiones. Incluso las capilares.

Ella se teñía, se peinaba y se cortaba el pelo sola, así que no me sorprendió demasiado cuando hace poco la vi con el pelo más corto.

—¿Mamá, tienes el pelo más corto?
—Sí.
—¿Ha venido tu amiga M. a cortártelo?
—¿Qué cojones? ¡Si yo soy peluquera! Me lo he cortado yo.
—Pues te ha quedado muy bien.
—Hombre, pues claro.

Y ahí estaba ella otra vez. Mi madre. Durante treinta segundos exactos.

Por eso digo siempre que no todos los días son iguales.

El gran secreto de mi madre es que no tiene 60 años… aunque tampoco sabemos con absoluta certeza cuántos tiene realmente.

Siempre fue muy coqueta. Nunca decía su edad. Entre bromas y evasivas, no me dejaba mirar el DNI y, sinceramente, tampoco era un tema que me quitara el sueño.

Mi padre siempre aseguró que habían nacido el mismo año: en 1939.

Hasta que mi madre se jubiló —muy anticipadamente— y volvió a su pueblo gaditano a buscar unos papeles.

Y allí ocurrió algo digno de una película de Almodóvar.

Se fue siendo Eufrasia Eduvigis —Edu para los amigos— y regresó convertida en Leónides, nacida en 1941.

Imaginad mi confusión.

Durante meses llamaban a casa preguntando por Leónides y yo respondía, convencidísima:

—Perdone, se ha confundido.

Y ahora pienso que quizá la confundida era yo.

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