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LA TRISTEZA TAMBIÉN DESAYUNA



Los primeros rayos de sol se colaban por la ventana e iluminaban de soslayo el cabecero de la cama. 

Según la orientación de la casa, el sol describía un arco casi religioso: por la mañana bendecía las habitaciones y, a partir de las doce, se aposentaba en el jardín como un gato viejo.

 Allí pasaba la tarde entera, jugando al escondite detrás de las copas de los árboles hasta desaparecer del todo, igual que las ganas de contestar mensajes.

Su cuerpo despertó entumecido, como era tradición. 

No una tradición familiar bonita, tipo receta heredada o joyas antiguas. 

No. 

Una tradición de carne cansada y huesos que parecían haber dormido dentro de una lavadora.

Estiró los brazos y luego las piernas. Sus famosas piernas. Las “patorras” de Miss Sunshine.

Su madre había presumido de ellas toda la vida con el entusiasmo de quien enseña un caballo de competición.

 Mira qué piernas tiene la niña. Mira qué muslos. Mira qué hermosura. Como si el destino fuese a respetarla solo por tener buenas piernas.

Le costaba despertar del todo. 

Los sueños y las pesadillas se quedaban adheridos a ella durante minutos, pegajosos, tercos, igual que su hija a los tres años cuando lloraba porque su madre iba simplemente al baño y no a la guerra.

Después llegaba la pereza.

Pereza de levantarse.
Pereza de hablar.
Pereza de sentir.
La peor: la de fingir que todo iba razonablemente bien.

Aunque quizá no era pereza.

 Quizá era tristeza con el pelo sucio y cara de cansancio. 

Nunca lograba distinguirlas del todo.

¿Dónde estaban aquellos días en que se levantaba llena de energía? 

Aquella mujer que hacía listas, planes, ejercicio, comidas con semillas y hasta ilusión. 

Seguramente muerta y enterrada en algún sitio entre 2021 y una conversación incómoda.

La idea de volver a terapia llevaba semanas rondándole la cabeza.

Cuando consigues llegar a la cima —o algo que se le parece— tu cuerpo aprende el aire limpio demasiado rápido. 

Después cuesta muchísimo volver a respirar desde la ladera.

 Miras arriba y lo ves lejano, inaccesible, como los abdominales después de los treinta y cinco.

Al principio culpó a los adornos de su vida: el trabajo, la rutina, la maternidad, las decepciones pequeñas que se acumulan como vasos en la mesilla.

 Pero después de dos años de terapia sabía la verdad: el puzle incompleto era ella.

Y la pieza que faltaba no estaba debajo del sofá.

A menudo observaba su vida desde fuera, a vista de pájaro. 

Salía de sí misma y contemplaba a aquella mujer preparar desayunos, responder mensajes, doblar ropa, sobrevivir. 

Luego le costaba regresar a su cuerpo y ocupar el sitio que le correspondía: protagonista principal en vez de secundaria agotada.

Mientras preparaba café miró por el inmenso ventanal.

El otoño había llegado sin pedir permiso. Siempre le había gustado eso del otoño: la honestidad brutal con la que mata cosas.

El jardín se deshacía en tonos tierra y cobrizos. 

Las hojas cubrían el suelo como restos de una fiesta elegante que había terminado mal. 

Su árbol favorito apenas conservaba diez hojas. En unos días estaría completamente desnudo.

Y aun así volvería a florecer.

Qué humillante le parecía a veces la capacidad de los árboles para recuperarse.

El otoño era sabio: suelta lo que ya no sirve, descansa, vacíate, sobrevive al invierno. 

Los árboles hacían terapia gratis y sin listas de espera.

Terminó el café y entonces apareció la palabra en su cabeza:

ACCIÓN.

La acción era lo único que conseguía rescatarla de sí misma. 

Lo había aprendido hacía tiempo. 

El movimiento impedía que la tristeza echara raíces demasiado profundas.

Por eso estaba tan enfadada aquel puente de Todos los Santos.

Había venido sin planes, sin estructura, sin nada que hacer.

 Y para alguien como ella, no hacer nada era peligrosísimo. 

Su mente era un barrio complicado si la dejaban sola demasiado tiempo.

Dejó la taza en el fregadero, junto a las otras dos que llevaban allí lo suficiente como para empezar a desarrollar personalidad propia.

Se puso las deportivas, el chubasquero y los cascos.

Se lavó los dientes.

Se peinó lo justo para no parecer una médium alcohólica.

Y con toda aquella mochila invisible a la espalda dio un paso. Luego otro. Y otro más. Hasta completar diez mil.

Diez mil pasos para recordar que seguía dentro de su cuerpo.

Diez mil pasos para adelgazar la tristeza aunque fuese unos gramos.

Cuando volvió, estaba cansada, sudada y ligeramente menos rota.

No era felicidad.

Pero, honestamente, tampoco estaba tan mal para ser noviembre.

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