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LA PUÑETERA AMIGDALA CEREBRAL



El día amaneció lluvioso, con esa lluvia fina que a primera vista parece poca cosa, pero que dos horas después te deja calada hasta el ADN.
Vamos, lo que viene siendo un calabobos de manual.

Me desperecé en mi pequeño habitáculo, cortesía de la Madre Naturaleza, dentro del lóbulo temporal medial.

No quiero presumir, pero aunque tenga el tamaño de una canica, ya lo dice el refrán: pequeña, pero matona.

Antes de seguir charlando necesito un café doble. Expresso, si puede ser. No he pasado buena noche, la verdad.

Luego me arreglaré para ir a trabajar.

Sí, ya sé que no salgo de casa ni ficho en una oficina, pero necesito entrar en “modo trabajo” y luego poder desconectar.
Por eso NO PUEDO TRABAJAR EN PIJAMA.

—¿Que cuál es mi trabajo?

Muy sencillo: evalúo tu entorno y extraigo información ultrarrápida sobre todo lo que te rodea.

Detecto riesgos y amenazas.
Es verdad que a veces tengo el día tontorrón y la amenaza en cuestión resulta ser una señora paseando al caniche o un paso de cebra, pero bueno… tampoco vamos a ponernos exquisitos.

Hay que darle vidilla al asunto. Si no, esto sería un tostón neuronal.

—Sí, pero entonces mi cerebro lo siente como real y mi cuerpo se prepara para un peligro que no existe.

—¡Lo has pillado! Esa es precisamente la gracia.

—El otro día, sin ir más lejos, encendí la alarma general.
Sirenas, luces rojas, adrenalina a chorros… y la amenaza era cruzar un paso de cebra.

¿Tú sabes lo divertido que fue verte allí plantada, bloqueada, como una cabra montés delante de un puente colgante?

—¿Divertido para ti, claro? Porque a mí no me hizo ni puta gracia.

—Mari, cómo te pones. Fue una bromita.
No tienes sentido del humor.

¿Oído cocina? ¡Subidle dos niveles el sentido del humor a esta señora!

—Por cierto… Ami, ¿puedo tutearte?

—Puedes. Pero… ¿Ami?

—Claro. Diminutivo de amígdala.

—Ummm… Ami…
Mira, pues te lo compro.

—Pues eso, Ami. Cada vez que haces saltar la alarma vienen a verme la ansiedad… y a veces incluso el pánico.

—Sí, claro. Trabajan para mí.

—Vale… y no tendrás enchufe con la lívido, ¿no?
Porque hace tiempo que no aparece por aquí y, hombre, si tengo que elegir visitas…

—Pues ahora que lo dices, no nos conocemos mucho. Coincidimos en la formación, pero luego cada una acabó en un departamento distinto.

Creo que la destinaron a Hormonas Sexuales.
Debe de ser jefa o algo así, porque tiene a progesterona y estrógeno currando para ella.

—Ya que estamos sincerándonos tú y yo, quería pedirte una cosa, Ami.

—Dispara.

—¡QUE DEJES DE ACTIVAR PELIGROS NO REALES DE UNA PUTA VEZ!

Me tienes un poquito hasta los ovarios.

—Definitivamente tienes las hormonas alteradas.
Menuda mala leche.

—¿Perdona? Tú no sabes lo que es tener mala leche.
Y deja de emitir juicios paralelos, que bastante tengo ya contigo.

¿Me vas a hacer caso o no?

—Jolín… es que si no este trabajo es aburridísimo.

—Y dale, Perico, al torno.
¿ME VAS A HACER CASO?

No puedes ir activando alarmas según te salga del higo.

—¿Higo? ¿Qué es un higo?

—Una fruta cuyo nombre se relaciona coloquialmente con la vagina, ¡pero eso ahora no importa!

—Ah… curioso.
Bueno, vale. Durante un tiempo solo alertaré de peligros reales.

Pero seis veces al año me dejas despendolarme.

—¿SEIS? Ni de coña. Dos.

—Venga, tres. Ni pa ti ni pa mí.

—Uf… qué dolor de ovarios.

(Pensando)

—Vale. Tres veces al año.
Pero nada de vacaciones, Navidad ni domingos por la tarde lluviosos.

—Vaaaleee…

—¡Ah! Y el día de mi cumpleaños tampoco.

—Trato hecho.

—Trato hecho.

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