EMPIEZA EL JUEGO
Ella no era consciente de lo sexy que podía llegar a ser. La observaba durante horas y siempre encontraba un gesto nuevo al que aferrarme.
Una pequeña manía capaz de dejarme pensando en ella durante días.
Nora reía constantemente, conmigo y sin mi, y eso me desarmaba.
Reía y enseñaba esos dientes imperfectos, apenas desordenados, que la hacían aún mas real.
Hacía años que nos conocíamos, intento recordar cómo, pero mis recuerdos se esconden justo ahí, como si incluso ellos quisieran protegernos..
Nuestra amistad había ido in crescendo , al igual que nuestra atracción.
Me alborotaba las ganas su eterna curiosidad, sus preguntas imposibles, sus conclusiones precipitadas, sus bailes improvisados en cualquier cocina. Y sobre todo la forma en que se apartaba el pelo de la cara cuando algo le interesaba de verdad.
Habíamos tenido otras relaciones, otras vidas paralelas intentando abrirse paso pero ninguna funcionaba demasiado tiempo.
La nuestra siempre acababa ocupándolo todo.
Los celos aparecían tarde o temprano y el resto terminaba derrumbándose alrededor . Pero el dolor nunca duraba demasiado porque cuando nos alejábamos el uno del otro acabábamos sedientos.
Y reencontrarnos era como beber agua después de atravesar el desierto.
Era imposible luchar contra aquello.
Contra ella.
Contra el amor.
Porque si , estaba jodidamente enamorado de Nora
Y aunque nuestros cuerpos llevaban años gritándolo, nunca había pasado nada entre nosotros.
Nunca.
Hasta ese fin de semana.
************
Era Junio y el calor vestía los fines de semana, así que decidimos irnos unos días a una casa rural cerca del Mar.
Fuimos en dos coches. Nora conducía uno y yo el otro, así que eché de menos su risa durante todo el trayecto, excepto en las paradas donde siempre terminábamos buscándonos sin querer parecer demasiado evidentes.
Los dos habíamos preparado una Playlists completamente distintas. Ella podía pasar de un tema indie melancólico a una canción absurda para bailar en menos de treinta segundos.
Yo era más predecible.
Y aún así, me encantaba escucharla decir:
- Esta canción te pega muchísimo.
Como si me conociera incluso mejor que yo.
Tras cuatro horas de viaje llegamos al destino. La casa era una auténtica locura. Piedra blanca, ventanales enormes, buganvillas trepando por las paredes y el mar apareciendo entre los árboles como una promesa.
Por supuesto, Nora la había elegido. Y por supuesto había acertado. Siempre lo hacía.
Y en ese preciso momento empezó el juego
- A ver, Nacho y yo dormimos juntos- dijo Albert mientras arrastraba su maleta hacia el pasillo.
Nacho respondió levantando una mano, indiferente.
-Pues Nora y yo también- añadió Candela
Nora sonrió.
- Ay Cande ,no. Ya le dije a Jon que dormiría con él.
Jon, o sea yo, la miré de reojo. ¿Cuándo habíamos tenido exactamente esa conversación ?
Ella evitó mirarme mientras se mordía el labio, entretenida con las llaves de la casa.
Así que alguien mas tenía ganas de jugar ese fin de semana. Note algo revolverse despacio dentro de mí.
- Bueno pues yo duermo con Cande- dijo Elena.
- Da igual, este dormitorio es enorme. Dormimos las tres y listo- contestó Candela
- por mi perfecto- añadió Roma.
Cada uno cogió su equipaje, ellas ganaban por goleada.
Todas menos Nora.
Su pequeña mochila negra me hizo sonreír.
Nuestra habitación tenía cama king size orientada al sur. Desde allí podía verse el Mar asomando tímidamente entre las copas de los árboles.
Entré detrás de ella y dejé mi bolsa en el suelo.
- Bueno... creo que nos va a sobrar armario, Nora.
Ella giró la cabeza despacio.
Y sonrió.
Fue una sonrisa pequeña. Casi inocente.
Pero sentí cómo se me erizaba la piel.
Madre mía...
Y eso que acabábamos de empezar.
*************
Nora desapareció en el baño apenas dejamos las cosas. Yo aproveché para abrir las ventanas de la habitación. La brisa cálida del mar entró despacio, creando una coreografía imposible entre las cortinas . Traía consigo ese olor a verano que siempre parece prometer algo.
Entonces escuché la ducha.
Y joder.
Tuve que pasarme una mano por la cara y recordarme que los dos éramos adultos. Que llevábamos años sobreviviendo a aquello. Que una ducha no significada nada. Sobre todo si no estaba yo también dentro.
Pero significaba.
El sonido del agua cayendo al otro lado de la pared me estaba volviendo completamente imbécil y mi cuerpo reaccionaba.
Cuando salió del baño, el vapor surgió como un halo detrás de ella. Llevaba un vestido blanco, corto, sencillo, de esos que parecían no haber sido diseñados para hacer daño y aún así lo hacían.
El pelo húmedo, no recordaba que lo tuviera tan largo, justo terminaba donde la espalda pierde su nombre.
Joder, y olía a crema y a Nora.
-¿Qué? - preguntó al verme mirarla así.
Negué con la cabeza mientras cogía mi neceser.
-Nada. Que deberías tener prohibido aparecer así.
Ella soltó una leve sonrisa. De esas que continúan en mi mente tiempo después.
-Exagerado, pero Gracias.
Cuando regresé de la ducha, estaban todos abajo preparando la cena. El ambiente ya olía a vino abierto, pan tostado y vacaciones.
Candela había puesto música desde el móvil y Albert discutía con Roma sobre como hacer la pasta "de manera decente". O lo que es lo mismo "a su manera".
Nora estaba apoyada en la isla de la cocina, bebiendo cerveza directamente de la botella. Me daba la espalda y pude detener la mirada un tiempo prudente para deleitarme . Se había recogido el pelo en un moño desenfadado que dejaba al descubierto su preciosa espalda dentro de un increíble escote. Cerré la boca justo cuando se giró hacia mi.
No apartó la mirada cuando bajé el último escalón.
Eso era nuevo.
Durante la cena hablamos de todo y nada. Historias absurdas, anécdotas antiguas, teorías ridículas que solo tienen sentido cuando llevas dos copas de vino.
Nora se sentó a mi lado. O yo me senté al suyo, no sé que fue primero.
Su rodilla rozaba la mía por debajo de la mesa de vez en cuando. Pequeños contactos que duraban apenas segundos, pero suficientes para alterarme por completo.
Y ella lo sabía.
Su sonrisa lo sabía.
Después de cenar sacaron juegos de mesa. Típico error que termina convirtiéndose en confesiones y caos.
El olor a sal, la dulce brisa envuelta en azahar comenzó a aflojar las defensas de todos y la casa se llenó de voces superpuestas, risas escandalosas y canciones noventeras sonando de fondo.
Nora esta preciosa cuando se rie fuerte.
Preciosa de verdad.
De esa forma peligrosa que hace que quieras congelar un instante para vivir dentro de él.
Más tarde, alguien subió la música.
Y entonces empezó el desastre.
Candela arrastró a Elena a bailar al salón y Roma terminó saltando detrás de ellas. Albert desafinaba canciones mientras Nacho grababa vídeos para reírse al día siguiente.
Y Nora…
Nora vino hacia mí.
—¿Bailas o vas a seguir mirándome toda la noche?
—Eso depende —dije acercándome—. ¿Vas a seguir provocándome toda la noche.
- Que más quisieras- dijo mientras tiraba de mi al centro de la improvisada pista de baile.
Dicen que bailar con alguien es un reflejo exacto de como harías el amor con esa persona, y a nosotros bailar se nos daba de lujo.
La música vibraba en las paredes.
La canción cambió de repente y los primeros acordes noventeros hicieron que todos gritaran al mismo tiempo.
—¡NO PUEDE SER! —chilló Candela levantando los brazos.
Nora soltó una carcajada y corrió hacia el centro del salón como si aquella canción le perteneciera desde siempre.
Y, sinceramente, quizá sí.
Las luces cálidas de la cocina llegaban hasta el salón mezclándose con las sombras, las botellas vacías empezaban a acumularse sobre la mesa y el suelo crujía bajo los saltos descoordinados de todos.
Nora bailaba .
Y era increíblemente sexy.
Nada en ella estaba calculado.
Saltaba, giraba sobre sí misma, cantaba mal a propósito y señalaba a cada uno cuando llegaba el estribillo. Algunos mechones le golpeaban la cara continuamente y ella no dejaba de apartárselo entre risas.
En un momento me agarró de las manos.
—¡Venga, Jon, más energía!
Y tiró de mí hacia ella.
Empezamos a bailar, saltando sin ritmo, chocándonos con los demás, gritando letras que ninguno sabía realmente.
Se acercaba riéndose y luego se alejaba otra vez, moviendo las caderas apenas un poco. Me agarraba de las muñecas cuando quería que saltara con ella y después desaparecía entre los demás antes de que pudiera responder.
En una de las canciones terminó girando bajo mi brazo por pura inercia y acabó chocando contra mi pecho.
Los dos nos reímos.
Pero durante un segundo no se movió.
Se quedó ahí.
Con las mejillas encendidas por el calor, respirando rápido, mirándome demasiado cerca.
Noté sus dedos agarrados a mi camiseta.
Y ella también debió notar cómo mi mano seguía en su cintura.
La tensión apareció apenas un instante.
Pero enseguida alguien gritó desde el sofá:
—¡Besooooo!
Nora soltó una carcajada inmediata y me empujó antes de separarse.
—Ni en tus sueños, Albert.
Lo que sucedió después continua borroso en mi cabeza. No se cuantas botellas de vino más cayeron, lo que si recuerdo claramente es como el amanecer nos emboscó y el cansancio nos derrotó a todos, uno por uno.
Abrí los ojos. Desde la cama podía ver el mar...Nora. Giré despacio pero la cama estaba vacía. Nora no estaba. ¿ Qué hora era?
La madre que la parió. ¿ como había tenido fuerzas para salir a correr?.
Reía por dentro y cada músculo también, menuda paliza más tonta nos habíamos dado bailando.
Salí a la terraza y cerré los ojos. El aroma a jazmín inundó mis sentidos. Hacía tiempo que no me sentía tan libre, tan a gusto en mi propia piel.
Apoyado con la manos en la barandilla intenté ordenar los recuerdos de la noche anterior. las imágenes se superponían : las risas, sus manos rodeando mi cuello, las mías deslizándose por su cintura.
Sus ojos encendidos. Los míos hambrientos de ella. Una sonrisa se dibujó en mis labios.
- ¿Qué te hace tanta gracia ? - preguntó Nora.
Me giré despacio...y allí estaba. Apoyada en el quicio de la puerta. Observándome con una media sonrisa imposible de ignorar
Aún llevaba los leggins negros y aquella camiseta del último concierto de Rod Stewart tres tallas más grande de lo que necesitaba. Y aún así le quedaba peligrosamente bien.
Sostuvimos la mirada unos segundos, de esos que duran demasiado poco y demasiado tiempo a la vez.
-Nada en particular...fue una gran noche.
-Sin duda lo fue. ¿has desayunado¿- preguntó, agitando una bolsa de cruasanes frente a mi.
-No , acabo de levantarme.
Ella dejó escapara una risa suave
-Pues tienes compañía.- dijo mientras su descendió su descarada mirada hasta mi boxer.
La erección era mas que evidente.
-No puedo hacer nada. Es pura fisiología- respondí con mi mejor sonrisa canalla.
Nora negó con la cabeza y entró en la habitación. Mientras caminaba hacia el baño se quitó la camiseta con una lentitud casi cruel, sin apartar los ojos de los mios ni un instante.
Fui detrás de ella. ¿Qué otra cosa podría hacer?... La verdad es que no existía ningún otro lugar en el que quisiera estar.
La atrapé contra la pared de la ducha mientras el agua resbalaba sobre nuestros cuerpos. El vapor empañaba el espejo y también cualquier intento de pensar con claridad.
Mis manos recorrieron su espalda lentamente, memorizando cada curva, cada estremecimiento. Nora arqueó el contra mi y dejó escapar un gemido ahogado junto a mi oído, de esos que desarman por dentro.
La besé con hambre. Sin prisas y sin control al mismo tiempo. Su boca sabía a deseo contenido, a noches imaginadas demasiadas veces.
Sus piernas rodearon mi cintura mientras mis labios descendían por su cuello, por la línea húmeda de su clavícula. El agua caía entre nosotros caliente, como si el mundo entero se hubiera reducido a aquel rincón de azulejos y respiraciones entrecortadas.
Nuestros movimientos encontraron un ritmo propio, inevitable. Ella mes sostenía con fuerza, las uñas clavándose apenas en mi espalda y yo sentía como cada roce, cada suspiro hacía crecer la tensión hasta volverse insoportable.
-No pares...- murmuró contra mi boca.
Aquella frase terminó de romper lo poco que quedaba de cordura. El placer llegó lento al principio. Extendiéndose por el cuerpo como un incendio imposible de contener. Después todo se volvió más intenso, más urgente. Sus labios se abrieron en un jadeo tembloroso mientras encondía el rostro en mi cuello, y yo sentí como su cuerpo entero se estremecía entre mis brazos.
la seguí un instante después con un gemido ronco.
Y durante unos segundos no existió nada más. Solo nuestros cuerpos agotados, aferrados el uno al otro, respirando al mismo compás mientras el agua seguía cayendo como una lluvia tibia.
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