El verano comenzó cálido, pero a finales de julio el calor se volvió espeso y sofocante. Se pegaba a la piel como un amante pesado, dejándola dulzona, brillante, mientras el sudor hacía el resto.
Aun así, aquel verano prometía calma.
Nada de playa, ni festivales en Benicasim, ni inter raíles improvisados con belgas de Erasmus y resacas emocionales.
Necesitaba encontrar equilibrio. Apaciguar el ruido de su cabeza. Llenarse el alma.
Volver a ese lugar donde sólo las amigas de verdad saben tocarte: ese rincón exacto donde una se rompe y se recompone al mismo tiempo.
Nos conocimos en verano, allá por 1999.
Un verano pletórico.
Los quince años tienen eso: un presente rebosante de futuros. Futuros escondidos en las retinas, agazapados tras las risas, las tardes sentadas en las escaleras de la farmacia o en el patio de las escuelas.
Veranos que parecían infinitos hasta que septiembre llegaba, puntual y cabrón, a recordarnos que crecer consistía precisamente en eso: en perder cosas.
De todas ellas, Gala era mi otra mitad. La otra cara de mi luna. Valiente, decidida, realista y con dos ovarios tan bien puestos que daban ganas de aplaudirle cada vez que hablaba.
Jimena, en cambio, era un universo paralelo. Conseguía siempre lo inimaginable. Testaruda, rompedora, adelantada a su tiempo. Inusual. De esas personas que parecen haber nacido dos décadas antes o después de donde les tocaba.
Y Vega… Vega burlaba al tiempo. Su mirada irradiaba ternura y fuerza a partes iguales. Sin duda, la más inteligente de las cuatro, aunque jamás necesitó demostrarlo.
Las cuatro mosqueteras íbamos a pasar el verano de nuestras vidas.
Por cierto, yo soy Nora. Y espero que esta historia hable sola.
Comprar aquel juego de maletas había sido una idea excelente. O eso me repetía mientras intentaba encajar la cuarta bolsa en un Jeep ya absolutamente hasta la bandera. Entre cazadoras, stilettos, libros y manuscritos, parecía que en vez de irme de vacaciones estuviera huyendo del país.
Nunca me ha gustado leer en pantalla.
Me gusta el libro analógico: el ruido de las hojas al pasar, el olor del papel, las esquinas dobladas sin querer.
La tecnología y yo manteníamos una relación fría, casi diplomática.
Pero mi trabajo me obligó a actualizarme y la mayoría de manuscritos ya llegaban en formato digital. Nadie escribe a máquina. Casi nadie escribe a mano. Y yo todavía no sé si algún día lograré llevarme bien con todo eso.
No esperé a que dieran las doce. Hui de Madrid a la misma velocidad a la que mi pelo empezaba a encresparse con la humedad.
Cuando llegué a Covaleda hacía una noche increíble. Veintidós grados. Un cielo cuajado de estrellas, muchas más de las que recordaba, y un silencio limpio que lo inundaba todo.
Respiré profundamente, llenándome de recuerdos. De mis veranos en el pueblo.
Mi paraíso particular.
Estaba sacando las maletas del coche cuando un cosquilleo en el pie izquierdo me hizo bajar la mirada.
—Pero qué cojones…
Allí estaba Coque. El zhi zhu de Gala. Mirándome con aquellos ojitos saltones capaces de perdonarle cualquier delito.
—Pero Coque, ¿Qué haces aquí? ¿Te has vuelto a escapar? Tendrás a Gala como una loca.
Marqué corriendo el número de Gala para avisar de mi nuevo inquilino temporal.
—Venga, Coque. Entra en casa y échame una mano.
Abrí como pude la puerta del jardín.
Una verja pequeña de hierro, compartida con el vecino y dividida en dos mitades. Levanté el cerrojo hacia arriba para liberar la otra hoja y empujé con todas mis fuerzas. Cuando por fin cedió, el ruido metálico resonó seco en mitad de la noche.
Coque empezó a ladrar.
—Venga, Coque, ya está. Así no ayudas.
Subí los tres escalones que me separaban de la puerta principal, metí la llave en la cerradura y empujé con el hombro derecho mientras terminaba de abrir con el culo, en una coreografía bastante poco elegante.
El olor a cerrado me golpeó de inmediato.
Solté los bultos en el suelo y resoplé por el esfuerzo mientras mi flequillo subía y bajaba como si también estuviera agotado.
Coque entró como perro por su casa —nunca mejor dicho— y fue directo al cuenco del agua, vacío después de dos meses.
Lo llené mientras él bebía desesperado y terminé de meter las maletas.
Estaba cerrando el coche cuando otro vehículo aparcó a apenas tres metros.
Un Cayenne azul petróleo. Cristales tintados.
—Vaya maravilla… cuatrocientos veinte caballos a seis mil doscientas revoluciones por minuto…
Tan absorta estaba admirando el coche que no vi bajar al conductor hasta que ya estaba fuera.
Alto.
Pelo canoso.
Barba de tres días.
Y unos Levis que enmarcaban un culo sencillamente ofensivo.
No llevaba las gafas, así que no lo reconocí de inmediato, pero un escalofrío me recorrió la espalda.
Él se giró y me miró de soslayo.
Y yo, como una adolescente pillada fumando a escondidas, pegué un salto y me metí en casa disimulando fatal.
—Vaya, vaya… el vecindario mejora por culitos a pasos agigantados.
Cuando entré, Coque me recibió como si llevara desaparecida semanas enteras. Movía el rabo tan rápido que también le bailaba el culo.
Maldita Beyoncé.
Aquella casa me encantaba. No sólo por el tiempo que había dedicado a decorarla, sino por todo lo que me hacía sentir.
El olor de la leche hirviendo cuando la abuela Goya hacía galletas de nata.
La lumbre encendida en la cocina para calentarnos los inviernos.
Los veranos compartiendo habitación con Jimena en el piso de arriba y desayunando Fosquitos con Mirinda.
Las duchas de dos minutos para que no se acabara el agua caliente.
Sonreí.
—Uf… una ducha es exactamente lo que necesito.
Miré a Coque, que ya se había acomodado en mitad del pasillo como si pagara hipoteca.
—Coque, voy a deshacer el equipaje… ¿subes conmigo?
*******
CAPÍTULO 2
Mientras esperaba a que llegara Gala, dejé la primera maleta sobre la cama.
El ruido de la cremallera siempre me había gustado: rrrrr.
Parecía la onomatopeya de algún animal todavía sin descubrir, uno pequeño y salvaje escondido dentro del equipaje.
Saqué el neceser y fui directa al baño. Dejé correr el agua hasta comprobar con la mano que la temperatura era la exacta, ese punto templado capaz de borrar un viaje entero.
Como siempre, metí la cara bajo el chorro y me perdí en mis pensamientos.
Mi cabeza iba saltando de una idea a otra mientras el agua resbalaba por mi cuerpo. Después del viaje, la ducha me devolvía algo parecido a la vida.
Estaba saliendo del baño cuando oí abrirse la puerta.
Cerró la puerta de un tirón, aunque sin echar la llave.
En el pueblo nadie cerraba nunca. Allí todavía sobrevivía esa absurda y maravillosa sensación de que no podía pasar nada malo.
Me quedé de pie en mitad de la habitación mirando los tres conjuntos extendidos sobre la cama.
—Hum… ¿pantalón o falda? ¿Tacón o deportivas?
Lo tenía clarísimo.
Falda y deportivas.
Los tacones podían esperar; al verano todavía le quedaban demasiadas noches por delante.
Llegué al JAPO y miré hacia la terraza. Siempre me ponía nerviosa notar tantos ojos clavados en mi culo. Aunque, siendo sincera, siempre me había parecido un culo bastante digno de ser mirado.
No vi a nadie.
Volví a buscar entre las mesas.
—¡Nora, aquí!
Me giré. Allí estaba Gala, sola. Era tan puntual como yo y quizá por eso nos llevábamos tan bien.
Aunque, a veces, los extremos también se atraen.
Gala se rio.
—¡Hola, Nora! ¡Qué ganas tenía de verte!
Jimena me plantó dos besos de abuela entusiasta que casi me perforan el tímpano.
—Oye, antes de que se me olvide. Cuando estaba sacando el equipaje he visto llegar a un tío que estaba cañón.
No llevaba gafas y no le he reconocido, pero iba hacia la calle Don Peregrino. ¿Sabéis quién puede ser?
Gala sonrió con ese tono melifluo y burlón que utilizaba cuando sabía algo antes que el resto.
Las tres estallaron en carcajadas justo cuando apareció Vega.
—¿Pero qué regalan en este JAPO? Porque yo quiero dos.
Todos los reencuentros eran iguales. Daba igual el tiempo que llevaran sin verse: los años se doblaban sobre sí mismos y desaparecían.
Bastaba un gin-tonic, una canción mala de los dos mil o una anécdota repetida cien veces para volver exactamente al mismo lugar.
La noche de agosto las envolvió en risas, secretos empaquetados como regalos, confesiones a media voz y ese hambre atrasada de abrazarse, bailar, besarse y recordar.
A LA MAÑANA SIGUIENTE
Le costó más de lo normal levantarse, pero la noche había sido intensa.
Mientras desayunaba, una sonrisa le asomaba en la comisura de los labios. No sabía si era por el chiste horroroso de Jimena o por la imagen de Albert bajando del coche.
Se ató las deportivas y salió como alma que lleva el diablo. Necesitaba sudar la resaca emocional de la noche anterior.
Tenía clarísima la ruta: del Cubo a la Arenilla y, para terminar, subida hasta el refugio. Seis kilómetros eran más que suficientes para un primer día. Tampoco hacía falta poner la máquina al límite.
La lista de reproducción arrancó con Orozco mientras cogía el desvío de la iglesia, directa hacia el Cubo.
El aire entraba en sus pulmones tan limpio que a veces dolía respirarlo.
Todo seguía igual.
—Malditas vacas…
Le daban un miedo irracional que jamás admitiría en voz alta.
Y al fondo, el pico de Urbión, enorme, limpio, ya sin nieve. Aquel invierno había sido terrible; nevó hasta finales de marzo.
Estaba llegando al cruce de la Arenilla.
Troté unos segundos en el mismo sitio, dudando.
Y al final elegí la derecha.
Hacía demasiado tiempo que no subía al mirador.
Me faltaban apenas unos metros cuando distinguí una silueta al fondo.
El corazón me dio un vuelco.
Era Albert.
No sabía dónde meterme. Me entró una vergüenza absurda, adolescente. Pero las opciones eran escasas: o me tiraba por el risco o aprendía a volar, y ninguna de las dos parecía especialmente práctica.
Cuando llegué a su altura, ya tenía preparada la sonrisa.
Nuestras miradas se cruzaron.
Albert hizo apenas un leve gesto con la cabeza y siguió caminando.
Sin detenerse.
Sin sonreír.
Sin nada.
Me quedé quieta unos segundos, viendo cómo se alejaba entre los pinos.
—Será gilipollas el tío.
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CAPÍTULO 3
—Ni un hola siquiera, solo un movimiento de cabeza. El muy gilipollas.
Al otro lado del teléfono, Vega se partía de risa.
—Hombre, Nora, a lo mejor no te ha reconocido. Hace muchos años que no os veis. Tú tampoco le reconociste anoche.
—Ya, pero eso es distinto. Lo mío es por miopía.
—Bueno, te dejo, que ya llega el de la Mahou.
Nora siguió caminando unos metros más hasta llegar al mirador. Había olvidado lo bonito que era aquello.
Ante sus ojos se extendía un océano de pinos viejos, espesos, un manto verde y vetusto donde no parecía existir hueco posible para el mundo.
El bosque tenía algo de animal dormido.
Respiró hondo varias veces, llenándose los pulmones de aquella mezcla de tierra caliente, resina y verano detenido.
Después emprendió el camino de regreso a casa. Todavía tenía que ordenar el jardín, deshacer el equipaje y organizar los manuscritos que pensaba devorar durante el verano.
Nora había conseguido convertir su pasión en oficio.
Llevaba años trabajando como lectora profesional y su editor estaba encantado con ella.
Tenía olfato para los best seller; un instinto casi salvaje. Cada año encontraba un par, como quien descubre trufas enterradas bajo tierra húmeda.
Empezaba a hacerse un nombre en el sector editorial.
Las grandes editoriales comenzaban a rifársela, pero ella seguía cómoda trabajando para aquella pequeña editorial donde todavía la literatura importaba un poco más que las campañas de marketing. Había rechazado varias ofertas y, contra todo pronóstico, no se arrepentía.
Al llegar al centro de salud giró a la derecha y enfiló la calle Cañón, cuesta arriba.
Cuando alcanzó la cima, jadeando discretamente para no sentirse una señora de setenta años, oyó su nombre.
—¡Nora!
Miró a su alrededor. Sin gafas no veía tres en un burro.
Oh, no. Cándida.
Intentó fingir que le sonaba el teléfono, pero a Cándida no se la engañaba tan fácilmente. Era una mujer imposible de torear.
—¡Ay, Nora, qué guapa estás! ¿Has venido sola? ¿Reformasteis ya la casa del abuelo? ¿Qué tal estáis todos? ¿Y tu madre? ¿No viene?
—Cándida, lo siento muchísimo, es una llamada importante. Dame un beso y ya nos veremos.
Y escapó calle arriba sin mirar atrás, como en las películas de guerra. Aunque aquella era una batalla perdida. Cándida siempre volvía a atacar.
Llegó a casa sana y salva.
—Madre mía, de la que me he librado...
Estaba saliendo del baño cuando empezó a sonar el móvil. En la pantalla apareció el nombre de su editor: Javier Santaolalla.
—Hombre, Santaolalla, ¿es que no me vas a dejar descansar ni en agosto?
—Ja, ja. Qué graciosa se cree mi Nora. Si quieres no te mando el cheque y descansas del todo.
—Vaya, Santaolalla, ¿ya has empezado a derretirte? Vas a tener que venir a verme.
—Pues igual te tomo la palabra. Aquí en Madrid ya no se puede ni respirar.
A ver, me ha llegado un manuscrito nuevo, de un escritor novel que, por lo visto, ha vivido en Hamburgo. Quiero que me hagas un informe literario.
—Vale, mándamelo por correo. Por mi editor preferido, lo que sea.
—Ya lo tienes en tu bandeja de entrada.
Tututu.
Tenía la fea costumbre de colgar sin despedirse.
Sentada sobre la cama, Nora comprobó el correo y después bajó a la cocina a prepararse un café. El aroma empezó a extenderse lentamente por la casa, ocupando las habitaciones vacías como un huésped antiguo.
Los ladridos de Coque anunciaron la llegada de Gala.
—¿Te pongo un café?
—Sí, por favor. Cargadito, que no he pegado ojo en toda la noche.
—Al final cenamos aquí esta noche, ¿no?
—Sí, sin problema.
—Vale, pues voy a pasarme por el "Arche" a por la carne.
—Te recuerdo que Jimena ahora es vegetariana. No come carne.
—Si, lo recuerdo —respondió antes de dar un sorbo al café.
El resto de la mañana lo dedicó al jardín.
Todo el mobiliario estaba cubierto por una lona azul, asegurada con una cadena como si alguien fuese a robar seis sillas viejas en pleno invierno soriano. Cuando retiró la lona, aparecieron meses enteros de polvo, hojas secas y restos de primavera acumulados.
Vamos, que tenía material suficiente para montar un bosque en miniatura. Lástima que nunca se le hubieran dado bien las manualidades.
Limpió con paciencia las seis sillas y la mesa, colocándolas frente al banco de piedra del jardín.
Aquel banco lo había construido su abuelo José hacía más de sesenta años y seguía ahí, inmóvil, resistente, como ciertas personas que parecen hechas de otra materia.
Del cobertizo fue sacando los cojines, el asiento a medida para el banco, los farolillos solares, las guirnaldas, la alfombra de exterior y las plantas decorativas.
Las plantas naturales quedaron descartadas desde el principio. Nora apenas pasaba dos meses seguidos en Covaleda y ya tenía suficiente cargo de conciencia con olvidarse de llamar a la gente como para encima matar geranios.
Cuando terminó, se alejó unos pasos para contemplarlo todo con perspectiva.
Entonces sonrió.
Ahora sí.
Ahora sí había empezado oficialmente el verano.
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CAPÍTULO 4
ALBERT — “EL ALEMÁN” (2014)
El vuelo con destino Madrid salió de Hamburgo con retraso y aterrizó casi dos horas más tarde de lo previsto.
Mientras esperaba en el aeropuerto llamó a la agencia de alquiler para confirmar la recogida del coche. Había reservado un Cayenne azul petróleo; siempre le había gustado aquel coche. Tenía algo elegante y agresivo al mismo tiempo, como los hombres que aparentan tener la vida resuelta.
También llamó a su madre para tranquilizarla, aunque sabía que, aun así, al aterrizar tendría ocho o diez llamadas perdidas.
Su madre sufría cada vez que él volaba. Por eso nunca había ido a visitarle a Hamburgo en aquellos cinco años.
—No, hijo, no. Yo no me subo a esos trastos, que no me fío. ¿Y no puedes venir en tren o en coche?
—Ya te lo he dicho muchas veces, mamá. En tren son casi veintinueve horas.
—¿Veintinueve? ¡Pero si eso es un día entero! Qué barbaridad…
Nunca conseguía convencerla.
Cuando su padre emigró a Alemania junto a su hermano, buscando trabajo y un futuro mejor, lo hizo solo. Su mujer se quedó en Soria, esperando. Él trabajó durante años en una fábrica hasta poder regresar y construir algo parecido a una vida digna.
Ahora era su hijo quien había encontrado su lugar en Alemania.
Tenía ganas de ver a su madre. Y ganas también de volver al pueblo donde habían quedado enterrados los mejores años de su infancia.
Después de ochenta kilómetros apareció el cartel: “Usted está en Castilla y León”, y el corazón le dio un vuelco inesperado.
Por aquellas fechas acababan de inaugurar la autovía Madrid-Soria y, en apenas dos horas, estaría en Covaleda.
Hasta llegar a Almazán, el paisaje castellano era pura sobriedad: campos ocres, amarillos gastados por el sol y un horizonte inmenso bajo un cielo limpio y azul.
Pero, según te acercabas a Soria, el pinar aparecía de pronto, rotundo y salvaje, como si alguien hubiese decidido derramar vida sobre la tierra seca.
Cogió el desvío hacia Covaleda, dejando Abejar a la derecha, y el paisaje se volvió todavía más hermoso. Verde sobre verde. Los pinos parecían luchar entre ellos por alcanzar el cielo.
El embalse de La Cuerda del Pozo estaba rebosante. Debía de haber sido un buen invierno; las lluvias constantes y las nevadas intermitentes habían llenado el Duero de fuerza.
Los recuerdos comenzaron a atropellarse en su cabeza.
Joder… eso sí eran veranos.
Sin responsabilidades. Sin relojes. Jugando al mus en la terraza del Japo, apostando lo que no tenían, fumando a escondidas y aprendiendo el amor a trompicones.
Y entonces apareció un nombre.
Nora.
Pensar en ella seguía siendo una emboscada.
Vivían calle con calle. En un pueblo tan pequeño todos se conocían, pero hasta aquel verano nunca se habían mirado de verdad.
De pronto le llegó el recuerdo del olor a leña ardiendo y su memoria lo arrastró hasta aquella noche exacta: las manos torpes descubriendo un cuerpo por primera vez, el temblor de ella bajo sus dedos, la respiración contenida, el vértigo.
Sintió un escalofrío.
Sin darse cuenta había llegado a Salduero. Covaleda estaba apenas a veinte kilómetros y el corazón parecía latirle distinto. Bajó la ventanilla para dejar entrar el aire frío de agosto y tratar de aliviar la presión incómoda en el pantalón.
Siempre le ocurría lo mismo cuando pensaba en ella.
Cuando divisó el cartel del Camping El Refugio supo que ya estaba en casa.
Y qué diferente era aquello de Hamburgo.
Las casas de piedra gris. Las persianas bajas para espantar las moscas. La plaza aguardando, silenciosa, las fiestas grandes del verano. Las miradas curiosas siguiéndole mientras avanzaba despacio con el coche.
¿Quién es ese?
Las preguntas flotaban en los ojos de todos.
Y entonces apareció la panadería Abad.
Un pequeño giro a la derecha y allí estaba su casa.
Aparcó detrás, junto a la ventana de la cocina. Mientras sacaba las maletas vio, de soslayo, a una mujer entrando en casa del Juanaco.
Cuando dobló la esquina encontró a su madre sentada a la fresca, exactamente igual que cuando se marchó. A su lado estaban la tía Carmen y varias vecinas, ocupando la calle con esa forma tan antigua y tan de pueblo de acompañarse.
—Hola, hijo. Qué tarde has llegado al final. En la cocina tienes unos torreznos; solo hay que calentarlos. Y te he cortado chorizo.
—Hola, mamá. Qué bien os veo a todas. No tengo hambre, he comido algo por el camino. Me voy directo a la ducha.
—Vale, mante. Tienes toallas limpias en tu habitación.
Subió las escaleras despacio, dejó las maletas sobre la cama y entró al baño.
Cuando era pequeño aquella casa no tenía ni cuarto de baño ni ducha. La reforma había conseguido conservar el aire campestre, aunque ahora conviviera con pequeños detalles modernos.
Después, tumbado sobre la cama, todavía con la sensación del agua fría resbalándole por la piel, abrió la ventana.
La brisa de agosto apareció enseguida, igual que siempre.
Y entonces vio luz en casa del Juanaco.
¿Quién viviría ahora allí?
Perdido en sus pensamientos, con el cansancio instalado en cada músculo del cuerpo, terminó quedándose dormido.
********
Aquel verano, en concreto, resultó ser el más inesperado de todos. Ninguno de los dos podía imaginar entonces lo que acabaría uniéndolos.
Habían terminado el bachillerato y el verano se convirtió en una especie de frontera invisible: el tiempo exacto entre lo que habían sido y todo lo que vendría después.
La selectividad había quedado atrás y solo les quedaban aquellos días suspendidos de agosto, largos y brillantes, donde parecía obligatorio vivir deprisa.
Cada uno escogería su destino al terminar las vacaciones. La universidad esperaba como una estación inevitable.
Siempre habían tenido gustos parecidos y vivir prácticamente puerta con puerta aumentó las probabilidades de encontrarse demasiado a menudo.
Nora llevaba pasando los veranos en el pueblo desde que tenía memoria. Albert, directamente, pertenecía a él. Así que el calor, la música y la cercanía hicieron el resto.
Sería el último verano que compartirían allí. Albert estudiaría fuera de España, en Hamburgo.
Había conseguido una beca DAAD, del Deutscher Akademischer Austauschdienst. Pero entonces todavía ninguno lo sabía.
Nada más llegar, Nora retomó una de sus nuevas obsesiones: el yoga. Se calzó las deportivas temprano y echó a andar camino del Cubo, buscando un sitio tranquilo donde practicar.
Antes de llegar encontró un herrén cercado, con una pequeña fuente de piedra y sombra suficiente para resguardarse del sol. Le pareció perfecto. Todavía le daban miedo las vacas y en Covaleda los rebaños aparecían donde menos te lo esperabas.
La luz de la golden hour se derramaba sobre la hierba seca y una sonrisa lenta le iluminó el rostro.
Faltaban cinco días para las fiestas de San Lorenzo y el pueblo comenzaba a llenarse de gente. Forasteros que, en realidad, ya formaban parte del paisaje. Cada verano regresaban como vuelven las golondrinas.
En agosto, Covaleda duplicaba su población y las noches olían a conversación y a cena recién hecha. Los vecinos sacaban las sillas a la puerta de casa para estar “a la fresca” mientras los niños jugaban a “la pata el bote” hasta que alguien gritaba sus nombres desde una ventana.
Era miércoles.
Los dos se despertaron casi a la misma hora. Nora a las ocho en punto. Albert cinco minutos después.
Albert se puso los cascos y, mientras sonaba Marillion, giró a la derecha camino del Cubo.
Nora se colocó los suyos y, con Antonio Orozco cantándole al oído, giró a la izquierda.
Terminaba de extender la esterilla cuando lo vio aparecer corriendo por el sendero.
Le costó reconocerlo. Hacía un año que no se veían. Además, huelga decir que no llevaba las gafas puestas.
Pero Albert había cambiado.
Bueno… su cuerpo había cambiado.
Los bíceps marcaban la tela ajustada de la camiseta y tenía más pecho que ella, cosa que le pareció profundamente ofensiva.
Perdida en sus pensamientos, levantó la mano para saludar. Albert respondió exagerando un movimiento de brazos.
—¡Pero qué madrugadora, forastera!
—¡Lo mismo digo!
—¿Te quedas todo el verano?
—Sí, hasta septiembre.
—Pues luego te veo. A ver si nos ponemos al día.
—Perfecto. No te entretengo más.
Nora lo observó alejarse sendero abajo y no pudo evitar sonreír.
Luego cometió el error de imaginarse varias posturas posibles con él y, curiosamente, en todas estaba ella encima.
—Madre mía… no sé si voy a poder concentrarme. Joder con Albert.
Fue por la tarde cuando volvieron a encontrarse.
Nora regresaba del Pozo San Millán, todavía con el pelo húmedo y cantando a grito pelado, cuando alguien le dio unos golpecitos en el hombro.
Giró por instinto y soltó un golpe directo a la entrepierna.
—¡Ah, joder, Nora, que soy yo!
—¡Dios mío, Albert! Perdona, perdona, perdona… Pero ¿a quién se le ocurre asustar a una chica sola en medio del monte?
Ella no podía parar de reír mientras intentaba ayudarlo a levantarse.
Albert terminó contagiándose y sus carcajadas comenzaron a mezclarse con las de ella.
—Pero qué jodida… ¿sabes artes marciales o qué?
—Soy una chica moderna: defensa personal.
Cuando consiguieron recuperar un mínimo de dignidad, siguieron caminando juntos hacia el pueblo.
—Así que defensa personal…
—Sí. Un curso intensivo de cuatro semanas. Como has podido comprobar: matrícula de honor.
—Pues me has dejado los huevos hechos trizas.
—Anda, túmbate y te hago unos estiramientos.
—¿En mis huevos? Ni hablar. Ya me los estiro yo.
Y los dos volvieron a romper en carcajadas.
—¿Qué tal te fue la selectividad? —preguntó Albert.
—Muy bien. Saqué un 13,5, así que tengo varias opciones. Aunque este año no voy a empezar la universidad. ¿Y tú?
—No tan bien como tú. El día del examen de idiomas tenía treinta y ocho de fiebre. Menos mal que en matemáticas lo bordé.
—Es verdad… a ti te encantaban las mates.
—Y a ti la literatura.
La sonrisa apareció despacio en la comisura de los labios de Nora.
Le sorprendió que lo recordara. Hacía años que habían hablado de aquello.
—¿Cómo te acuerdas de eso?
Albert la miró un instante demasiado largo.
—De ti lo recuerdo todo, Nora.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Él levantó la mano y apartó con suavidad un mechón de pelo que se había quedado pegado a su mejilla.
Lo siguiente que Nora recordó fue su boca acercándose a la suya.
La voracidad de aquel beso la dejó sin aire.
Sus lenguas se encontraron como si llevaran años buscándose y las manos de Albert comenzaron a recorrerle el cuerpo con una precisión peligrosa, deteniéndose exactamente donde ella necesitaba.
Tuvieron que separarse de golpe cuando apareció el Celeronio con su rebaño de ovejas merinas atravesando el sendero.
Pero no era el momento. Ni el lugar.
Se recompusieron como pudieron y continuaron caminando de vuelta al pueblo, cogidos de la mano, mientras el corazón de Nora seguía golpeándole el pecho a toda velocidad.
Al llegar a la iglesia se soltaron antes de pasar por la casa del Carmelo.
Tampoco hacía falta que se enterase todo el pueblo en menos de diez minutos.
Se despidieron con una sonrisa cómplice y un leve guiño.
Habían quedado después de cenar.
—¿A las once te viene bien?
—A las once me viene perfecto.
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CAPÍTULO 6
2014
Me desperté sobresaltada. El sudor resbalaba lentamente por debajo de mis pechos, la nuca estaba empapada y el pelo se me había erizado con la humedad.
Intenté abrir los ojos y regresar del todo a la realidad, pero cuando las pesadillas aprietan de verdad volver cuesta más de lo normal. Hay sueños que se quedan pegados a la piel como el calor de agosto.
Cogí la libreta que siempre guardaba en la mesilla e intenté rescatar algo antes de que el sueño se evaporara.
Sabía que había sido malo. Tenía el corazón disparado y la boca seca; incluso después de beber agua seguía costándome tragar.
Me estiré todo lo que mi elasticidad permitía y mi hernia toleraba mientras regresaban pequeñas imágenes inconexas, como escenas sueltas de un tráiler mal montado.
Sonreí al pensar en el día que me esperaba.
Me encantaba mi trabajo.
Bajé a la cocina y, al pisar el tercer escalón, escuché aquel pequeño crujido de la madera que tanto me gustaba. Solo sonaba ese. El resto guardaban silencio. El tres siempre había sido mi número de la suerte.
El olor a café terminó de despertarme.
Llené la taza hasta arriba y salí a desayunar al jardín.
Café. Pan tostado con un chorrito de aceite de oliva, tomate y sal.
A esas horas todavía no hacía falta abrir el toldo. El sol era suave aún, casi cariñoso, y el aire fresco de la mañana junto al café hacían el resto.
Desde el jardín podía verse El Cubo. El abuelo José presumía de aquello cada vez que tenía ocasión, como si hubiese sido él quien lo hubiera colocado allí piedra a piedra.
Las golondrinas revoloteaban de tejado en tejado y empezaban a escucharse las primeras conversaciones de los vecinos, mezcladas con el tintinear de alguna persiana y el eco lejano de una radio encendida.
Aquella mañana tenía bastante trabajo. Debía empezar el manuscrito para llegar a tiempo a la fecha de entrega. Además, la exposición de la Sala del Mercado iba viento en popa.
Había quedado con Julio, el concejal de Cultura y Ocio; todavía quedaban algunos flecos por cerrar. La retrospectiva de Covaleda en el pasado se inauguraba en cinco días.
Aún tenía tiempo para darme una buena ducha antes de que Gala pasara a recogerme.
Gala había estudiado Geografía e Historia en Salamanca.
Tenía una forma casi mágica de conectar el pasado con el presente. Nunca quiso dedicarse a la enseñanza, y era una auténtica pena, porque habría sido de esas profesoras que dejan huella incluso muchos años después.
Gracias a ella conseguimos acceso a los manuscritos originales sobre la organización del pueblo.
Llevábamos meses preparando aquella exposición y todo el mundo se había implicado sin pedir nada a cambio: fotografías antiguas, muebles, aperos de labranza, herramientas de carpintería… Era emocionante ver cómo la gente se volcaba cuando sentía algo suyo de verdad.
La Sala del Mercado tenía alma.
En los setenta y los ochenta había sido el único mercado fijo de la zona. Los puestos de carne y verdura permanecían todo el año; el resto cambiaban según la temporada y las necesidades del pueblo.
En otoño abrían los puestos de setas y salazones. En primavera, la asociación de amas de casa llenaba el espacio de cestas de mimbre y ramos para Semana Santa.
Con el tiempo la actividad comercial desapareció, pero el edificio era demasiado hermoso como para dejarlo morir.
La luz de la mañana lo cubría todo de una claridad casi blanca. Por la tarde, en cambio, adquiría un aire nostálgico: las vigas de madera, los cestos de cáñamo colgados del techo, las contraventanas originales de los años treinta… todo parecía suspendido en otra época.
Gala llegó puntual, como no podía ser de otro modo, y nos fuimos caminando hasta la Sala del Mercado. Hacía un día precioso de verano y el pueblo estaba lleno de forasteros.
Por el camino todo el mundo nos preguntaba por los preparativos. La gente estaba impaciente.
Trabajamos toda la mañana entre fotografías antiguas, carteles y cajas llenas de recuerdos ajenos que, de alguna manera, también sentíamos nuestros.
A la hora de comer hicimos una pausa y nos fuimos al JAPO a picar algo.
La terraza estaba rebosante, como siempre.
Estar en plena plaza ayudaba, claro, pero el verdadero secreto era Pablo. Después de trabajar en París, Barcelona y Londres, había vuelto al pueblo buscando algo que ni siquiera sabía nombrar. Y, por lo visto, lo había encontrado.
Nos sentamos a la sombra. El sol empezaba a picar.
—Si el sol pica, cúbrete la cima —decía siempre mi abuelo.
—Esta mañana me crucé con Albert, a la altura de La Arenilla.
—¿Y? —preguntó Gala con esa media sonrisa cargada de malicia.
—Pues nada. ¿Tú ya has hablado con Vega, no? El muy gilipollas no me reconoció.
Gala soltó una carcajada.
—¿Cuánto hacía que no os veíais? ¿Desde Selectividad?
—Sí… desde el verano de 2002. Un verano imposible de olvidar. ¿Tú crees que él lo habrá olvidado?
—¿Tú lo has olvidado, Nora?
Negué despacio.
—Parece mentira que todavía me estremezca cuando lo recuerdo.
Gala me observó en silencio unos segundos.
—Siempre ha sido tu amor platónico.
—Ya…
—Y siempre comparas con él a todos los hombres que aparecen en tu vida. Así te va, que ninguno te dura.
Pasamos horas mezclando aperitivos con recuerdos, risas y teorías absurdas sobre la vida. Para cuando llegó el postre habíamos solucionado los problemas existenciales de medio planeta.
Volví a casa con intención de dedicar la tarde al manuscrito que aún no había empezado. Tenía que entregar el informe literario en tres o cuatro días como mucho.
Abrí el toldo del jardín para no achicharrarme. La gente se equivocaba mucho con el sol soriano; allí quemaba más de lo que parecía.
Me acomodé en el sofá exterior, preparé una limonada, coloqué los pósits, el lápiz, el portátil y dejé el móvil sin sonido. Después me puse los cascos y empecé a trabajar.
Llevaba apenas un par de páginas cuando vi aparecer a Albert.
Venía en bicicleta y pasó despacio frente a casa, camino de la de su madre.
Miró de reojo el manuscrito, frenó apenas un instante y siguió pedaleando.
—Sí, hijo, sí… Ahora en bici. Esta mañana corriendo. ¿Qué pasa, que te preparas para un decatlón o uno de esos triatlones? Perdón, en mi familia somos mucho de inventarnos palabros. Mi abuelo era especialista.
Intenté volver al manuscrito, pero entonces me pareció ver un reflejo en una de las ventanas de la casa de Albert.
Cuando levanté la vista, el destello desapareció.
Me puse las gafas de sol —graduadas, por cierto— y fingí seguir leyendo mientras observaba de reojo.
Y entonces lo vi.
Detrás de las cortinas.
Mirándome.
Sentí un pequeño escalofrío recorrerme la espalda.
¿Y ahora qué interés le había entrado de repente?
—Nora, céntrate. Tienes que entregar la crítica.
El manuscrito estaba bien escrito. Era ágil, adictivo. Mezclaba acción, amor y sexo con bastante inteligencia y, para mi sorpresa, apenas tenía faltas de ortografía.
En el tercer capítulo apareció un personaje llamado Nora.
Me quedé helada.
Vaya casualidad.
Le di la vuelta al manuscrito, aunque sabía perfectamente que nunca nos facilitaban el nombre real de los autores noveles.
Seguí leyendo.
Y en el sexto capítulo apareció una escena de sexo entre los protagonistas.
Según avanzaba, una sensación extraña empezó a instalarse dentro de mí.
Aquella Nora era demasiado yo.
Demasiado.
—Pero qué cojones…
Cogí el teléfono y llamé a mi editor. Necesitaba saber algo más sobre el escritor y sobre aquel maldito manuscrito.
Después de cuatro tonos contestó por fin.
—¡Santaolalla al aparato!
—Buenas tardes, jefe. ¿Qué tal por Madrid?
—Derretido a medias, ya sabes. ¿Ya has empezado el manuscrito?
—Sí, estoy con él ahora mismo. Oye… ¿me dijiste que el escritor era de Hamburgo, no?
—Sí. ¿Por?
—Porque está escrito en un castellano perfecto. Las expresiones, las hipérboles…
—Bueno, vive en Hamburgo, pero creo que es español.
Sentí cómo el pulso me daba un pequeño vuelco.
—Ah… ¿español?
—Sí. Nos contactó su agencia desde allí.
—¿Qué agencia? ¿Harvett?
—Sí, Harvett. Esa misma.
El silencio me atravesó el pecho.
—¿Algo más, señorita? Estoy hasta arriba.
—No… nada más. Era curiosidad.
—Pues venga.
Y colgó.
Ni siquiera se despidió.
Me quedé mirando el jardín mientras las ideas empezaban a atropellarse dentro de mi cabeza.
No dejaba de darle vueltas a la posibilidad de que Albert fuera el autor del manuscrito.
Pero no podía ser.
Él trabajaba en algo relacionado con matemáticas, ingeniería o no sé qué historias imposibles de entender.
Y aun así…
Era demasiada casualidad.
**********
CAPÍTULO 7
NORA Y ALBERT
VERANO, 2002
Albert y yo nos conocíamos desde pequeños. Habíamos compartido todos los veranos de nuestra vida y, sin embargo, hasta aquel verano de 2002 nunca le había mirado de verdad. Y tampoco sabía que él me miraba a mí de esa manera.
Puede que durante años solo nos hubiéramos cruzado los ojos sin llegar a vernos nunca.
Aquella tarde, desde luego, me dejó claro que algo había cambiado. Fue inesperado, sí, pero lo que más me sorprendió fue comprobar que nuestros cuerpos parecían reconocerse antes que nosotros mismos.
La abuela Goya me esperaba para cenar y, cuando le dije que no tenía hambre, casi le da un parraque.
—¡Pero cómo que no vas a cenar nada, Nora! ¿Estás mala? ¿Te duele algo?
Ya se sabe cómo son las abuelas: si no consiguen cebarte como a un pavo de Navidad, sienten que han fracasado en la vida.
Subí a mi habitación y puse mi canción favorita. Me tumbé en la cama, todavía ardiendo por dentro, imaginando.
Habíamos quedado a las once.
Bueno, todos quedábamos a las once, como cada noche, en las escaleras de la farmacia.
Allí charlábamos, nos poníamos al día y luego había dos opciones: ir al Japo o terminar en el patio de las escuelas. En las escuelas teníamos más intimidad; servían para fumar, escuchar música, oír cintas de Gomaespuma y sentirnos mayores aunque todavía no lo fuéramos.
El grupo se diseminaba según las ganas de cada uno.
No llamé a Gala. No hacía falta. Todos sabíamos la hora y el lugar.
Me di una ducha rápida y relajante. Lo suficiente para exfoliarme la piel y dejarla suave. Mezclé la hidratante con el nuevo aceite de Alquimia; olía a algo peligroso, a mujer segura de sí misma. Todavía hoy, cuando lo recuerdo, puedo sentir aquel aroma pegado a mi cuello.
La escena frente al armario volvió a repetirse. Las puertas abiertas de par en par, la ropa esparcida por la cama y la misma sensación absurda:
No tengo nada que ponerme.
Imaginaba que en las habitaciones de Gala, Jimena y Vega estaría ocurriendo exactamente lo mismo.
Había que pensar en la primera impresión. Aunque, claro, era verano, tenía dieciocho años y habíamos quedado en unas escaleras de pueblo.
Después de darle unas cuantas vueltas, me decidí por un buen escote. El buen culo quedaría para otra cita… si es que repetíamos.
Elegí el vestido amarillo de espalda descubierta. El amarillo era mi color favorito: resaltaba el bronceado y además no ocultaba que iba sin sujetador. No hay sensación más agradable que esa libertad sobre la piel caliente del verano.
Yo podía permitírmelo porque mi talla —por aquel entonces— era bastante más pequeña de lo que me hubiese gustado. Siempre me parecieron más bonitos los pechos grandes.
A las diez y cuarenta y cinco quedé con las chicas. Nos gustaba llegar antes para cotillear un poco; había cosas que pertenecían solo a nosotras.
En cuanto estuvimos las cuatro juntas lo solté, directamente:
—Albert y yo nos hemos besado.
—¡¿Qué?! —gritaron todas a la vez.
—¿Pero cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Con lengua?
—¡Si me dejáis respirar os lo cuento!
Les relaté todo atropelladamente: lo cambiado que estaba, el encuentro en el cubo, la tarde después del baño… y cómo, sin saber muy bien cuándo, habíamos acabado besándonos.
—Hemos quedado esta noche. Bueno… como todos los días. A las once.
Me llevé las manos a la cara.
—Estoy súper nerviosa. Ha sido… alucinante.
—Vale, respiremos —dijo Vega, levantando una mano—. Empezamos bien porque vas sin sujetador… ¿tampoco llevas bragas?
—¡Vega! —la regañamos entre risas.
Eso era lo bueno de ella: nunca podías enfadarte del todo.
Cuando llegamos a la farmacia ya estaba allí todo el mundo. Albert también. Sentado arriba del todo, entre Rodrigo y Mario. Existía una especie de norma no escrita: los más altos ocupaban los escalones superiores, como si aquello fuese un coro desordenado de adolescentes sudados y felices.
Nuestras miradas se cruzaron.
Y luego las de Vega, Gala y Jimena detrás de la mía.
—Chicas, por favor… ¿podéis ser menos discretas?
En las escaleras cada uno mantenía conversaciones distintas, pero todas terminaban mezclándose. Había chistes privados, historias repetidas mil veces y carcajadas que estallaban en grupo. Matías era el rey del monólogo y conseguía hacernos llorar de risa casi cada noche.
Hacia las doce y media nos fuimos al patio de las escuelas, como siempre.
La luz de las farolas apenas llegaba hasta allí. La penumbra nos envolvía con suavidad, como si el pueblo entero conspirara para dejarnos solos.
Mis pezones también lo entendieron.
Al llegar a las escuelas nos apartamos del grupo. Cogió mi mano y nos alejamos buscando un rincón furtivo donde poder hablar tranquilos… y donde también pudiera no hacer falta hablar.
—Estás muy guapa, Nora. El amarillo te sienta increíble.
Su mano apretó un poco más la mía.
—Sí, lo sé. Por eso me lo he puesto.
Le acaricié apenas los dedos.
La tensión entre nosotros crecía por segundos. Y por el bulto bajo su pantalón, diría que no era la única que lo notaba.
Sus ojos me decían muchas cosas, pero había una que sonaba más fuerte que todas las demás:
Te deseo, Nora. Hasta la médula.
Nuestras manos se soltaron y las suyas rodearon mi cintura para atraerme hacia él.
—Qué bien hueles.
—Lo sé. Es para que no me olvides.
Él sonrió despacio.
—Pues has acertado. Nunca voy a olvidarte.
Sus labios se acercaron lentamente a los míos, dejando escapar una respiración cálida y húmeda.
Aquel beso liberó toda la tensión acumulada. Nuestras lenguas encontraron el mismo ritmo enseguida, como si hubieran estado buscándose desde hacía tiempo. Sus manos —siempre calientes— recorrían mi espalda desnuda bajo el vestido amarillo, mientras las mías acariciaban sus brazos fuertes y subían hasta su cara.
La temperatura seguía subiendo y yo estaba convencida de que su pantalón iba a estallar.
Pero aquella primera noche fueron solo besos. Besos mezclados con confesiones torpes, amores platónicos, veranos imaginados y futuros imposibles. Hablamos de aquel verano que acababa de empezar… y del otoño que terminaría separándonos.
Llegaron las fiestas y los días empezaron a correr deprisa.
Por las mañanas nos veíamos a escondidas en el monte y hablábamos durante horas de todo y de nada. Me sorprendía descubrir lo fácil que era conversar con él, lo mucho que cabía dentro de aquel chico que yo creía conocer desde siempre.
Y por las noches venían los bailes en la plaza, los besos robados en la peña y las risas mezcladas con zurracapote.
Hasta que un día el tiempo se detuvo.
Aquella noche llegamos a la peña y estábamos solos. La música sonaba abajo y el alcohol nos dio el último empujón hacia una decisión que llevábamos tomando desde hacía días sin atrevernos a nombrarla.
Era la primera vez para los dos.
Subimos las escaleras hacia el reservado sin dejar de besarnos, conscientes de que el sexo nos esperaba al otro lado de la puerta.
No esperábamos nada concreto. No queríamos parecernos a las historias exageradas que me contaban mis amigas o a las fantasías absurdas que les contaban a ellos.
Estábamos preparados. O eso creíamos.
Fue especial. Único.
Como si nuestros cuerpos llevaran años esperándose en silencio.
Nos desnudamos despacio, disfrutando también de ese momento torpe y hermoso. Cuando me quitó la camiseta, sus labios descendieron hasta mis pechos y un escalofrío me recorrió entera. Mientras tanto, yo desabroché su pantalón y su erección salió libre de golpe, tensa, caliente, impaciente.
Mis manos eran inexpertas, pero en cuanto lo rodeé comprendí el movimiento de forma instintiva. Sus gemidos llegaron después.
Nos tumbamos sobre aquellas colchonetas robadas del campamento, cubiertas con sábanas improvisadas, y él entró en mí despacio, con cuidado, como si temiera romper algo sagrado.
Al principio dolió un poco.
Pero el deseo fue apagando el miedo hasta convertirlo en placer.
Nuestras pelvis comenzaron a acompasarse. Los movimientos se hicieron más intensos, rodeados de respiraciones agitadas, gemidos y besos cada vez más desesperados. Yo guiaba sus movimientos con las manos, atrayéndolo hacia mí para que entendiera que no tenía que tener miedo.
Todo fluyó de una forma que ninguno habría sabido imaginar.
Hasta que el clímax nos encontró sudorosos, exhaustos y abrazados.
Nos quedamos allí tumbados mucho tiempo, escuchando nuestros corazones acelerados, sintiendo cómo el amanecer empezaba a entrar lentamente por las rendijas.
Fue la primera noche que no dormí en casa de la abuela Goya.
Y el verano no terminó allí.
Vinieron muchas más noches, cada vez más ardientes, más íntimas, más nuestras.
Vivimos sin pensar demasiado en el final. Solo existía el presente. El ahora.
Hasta que llegó septiembre.
Cada uno comenzaba una historia distinta, en países diferentes, pero nos hicimos una promesa llena de futuros inciertos y llamadas hasta las tantas. Éramos jóvenes y lo sabíamos. Hablamos de libertad, de vivir sin reproches, de no convertir el amor en una jaula.
No habría nada que perdonar.
Solo mucho por vivir.
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