QUERIDA DIARIA:
Quién me iba a decir a mí que mi noche de Halloween iba a resultar tan ajetreada.
—¿No me digas que al final fuiste a una fiesta de terror? De esas con disfraces para cagarte las patas abajo.
—Pero Mari, ¿Cuándo he ido yo a una fiesta de disfraces que no fuera por obligación?
—Nunca, es verdad. ¿Tú estás segura de que tu madre es de Cadiz? Porque por tus venas debería correr sangre de carnaval.
—Tan segura como que también corre sangre de Breto.
Ya sabes: si bebes, no mezcles.
Nada de disfraces. Nada de películas de terror que siempre suceden en Kansas City o en cualquier pueblo perdido donde la cobertura llega después que el asesino. Nada de sustos detrás de la oreja.
Total, son más previsibles que una factura de la luz.
Como decía mi padre:
—¡No bajes al sótano! ¡No bajes, que ya no subes, mante!
—Ay, Mari, qué tiempos aquellos.
Cuando nos llamaba "sagitarias" y, por más que le explicábamos que venía de sangre y que la palabra era "sanguinarias", él seguía en sus trece.
Pues me fui a la cama. Ya sabes: en braguitas y camiseta. Arreglá pero informal. Sin maquillaje, pero con el culo como una piedra después de mi sesión de Tabata.
—Di que sí, zorri. Tú el culo bien arriba, que no decaiga la magia.
Y según entré en fase REM...
—Anda, no sabía que de ahí les venía el nombre a los REM.
—Yo tampoco lo tengo claro, pero una vez dentro del REM ya no estaba en condiciones de llevarte la contraria.
Y se hizo la magia.
La verdad es que cuanto más lo pienso, más convencida estoy de que mi psique es la polla.
Pero en vinagre.
(Eso tengo que hablarlo con mi terapeuta).
Mis sueños empezaron a alternarse entre cortometrajes, largometrajes y alguna producción experimental subvencionada que no entendía ni el director.
Mi REM se había ido de festival.
—¿La SEMINCI, chocho?
—La misma. La de Valladolid.
—La que conocimos cuando fuimos a ver a Armando allá por los noven...
—¡Para, Mari! Tampoco hace falta airear mi antigüedad geológica.
Cada treinta o cuarenta minutos me despertaba, me incorporaba en la cama y pensaba:
¿Pero qué cojones acabo de ver?
Unas veces parecía dirigir Pedro Almodóvar: colores imposibles, preservativos fluorescentes, moños cardados hasta desafiar la gravedad...
—¿Ecléctico?
—Ecléctico.
—Ah, había entendido epiléptico.
—No jodas.
Lo curioso es que cada despertar implicaba una visita al baño. Creo que fui unas seis veces. O siete. A partir de la cuarta perdí la cuenta y la dignidad.
Y cada vez que volvía a dormirme...
(Losing my religion...)
...empezaba una película nueva.
Nuevo director.
Nuevo escenario.
Nuevo reparto.
La protagonista, por supuesto, era yo. Porque para algo produce mi cerebro.
—¡Estaba José Coronado! Ya veo la escena. Los dos en un autobús, apretaditos por la multitud...
—¡Para! No estaba José Coronado. Ya me habría gustado. Ni Yon González. Ni Eduardo Noriega.
Todos los secundarios eran personas que he conocido en algún momento de mi vida.
Mi subconsciente había decidido organizar una reunión de antiguos alumnos sin consultarme.
Esta mañana me he levantado agotada.
Agotada.
Como hacía años que no me sentía.
Imagínate: rodajes continuos, cambios de escenario, persecuciones, bailes, escenas de acción, drama psicológico, surrealismo manchego...
¡No he trabajado tanto en mi vida!
Y en algunos cortos ni siquiera había cambio de vestuario.
—O sea, que ibas en pelota picá.
—Como me conoces, japuta.
Como dijo Picasso:
"Que la inspiración me pille trabajando."
Y como digo yo:
Que la inspiración me pille durmiendo.
—Jo, Mari, ¿habrás ganado alguna Espiga de Oro?
—¿Alguna? Las he ganado todas. Para eso era mi sueño.
Premio Ribera del Duero a la mejor dirección.
Premio Pilar Miró al mejor director novel.
Premio a la mejor actriz.
Premio Delibes al mejor guion.
Premio a la mejor fotografía.
Premio José Salcedo al mejor montaje.
Premio del público.
Y si hubiera habido premio al mejor uso del váter durante una gala cinematográfica, también.
—Pues esto hay que celebrarlo.
—Ya te digo.
Voy a por el lubricante... y el Satisfyer.
FIN
Comentarios
Publicar un comentario