Dicen los astros que Capricornio infunde en Libra respeto y admiración, y que, en poco tiempo, esa admiración puede convertirse en fascinación mutua.
Yo, Capricornio, no sé si alguna vez infundí respeto o admiración en mi padre. Era Libra, de pocas palabras, nacido en 1939, justo después de una guerra que había dejado demasiados silencios y demasiadas cosas por reconstruir.
Estoy convencida de que en su relación con sus padres hubo mucho amor, pero también mucho trabajo. Trabajo en el monte, en un pueblo de inviernos duros, de esos que curten las manos y también el carácter.
El clima y la vida difícil curten a las personas. Y cada uno aprende a expresar lo que siente como mejor puede, con las herramientas que tiene.
Mi padre no terminó sus estudios. Nació y pasó su infancia en Covaleda, mi gran herencia. Me contaba que un día se borró de la lista de alumnos de su profesor para que, cuando pasaran lista, nunca echaran de menos su ausencia.
Él, mientras tanto, solo pensaba en hacer negocios: comprar, vender, revender, buscar la oportunidad donde otros quizá no la veían. No encontró necesario formarse académicamente. Pero se formó viviendo. Observando. Escuchando. Aprendiendo de la vida misma.
Tenemos toda una vida para regalarnos conversaciones, besos, abrazos, palabras que a veces dejamos para después.
Pero solo tenemos esta vida.
Y no siempre es lo suficientemente larga.
A veces nos damos cuenta demasiado tarde.
Cada día me siento un poco más cerca de ti. Te reconozco en mis pensamientos, en algunas de mis maneras de hacer, en ese impulso de buscarme la vida, de observar, de salir adelante. Y, sobre todo, en los días especiales para los dos, vienes a verme.
Y me encanta volver a charlar contigo.
Mi herencia fue también el amor por tu familia. El amor por tu pueblo. Por sus fiestas. Por Covaleda.
La que más te gustaba era San Quiri. Y no precisamente porque bailaras mucho, sino por aquellos pequeños trapicheos que te permitían esos días de asueto: vender bebida fresca y sacar unos reales extra.
Así eras tú.
Práctico hasta para divertirte.
Lo cierto es que no recuerdo haberte oído decirme «te quiero».
Pero hay veces en que las palabras sobran.
Cuando necesitaste ayuda, pensaste en mí sin dudarlo. Y yo no te fallé.
Tampoco recuerdo haberte dicho yo demasiadas veces «te quiero». No tantas, desde luego, como se lo digo ahora a mis hijos. Imagino que de pequeña lo haría. Pero después llegó la adolescencia y, como suele ocurrir, cambié los «te quiero» por aquellos «es que no me comprendéis».
Desde los dieciséis años hasta los treinta y nueve, cuando nos separamos —solo momentáneamente—, vivimos y trabajamos juntos.
Aprendí a admirarte.
Discutimos porque tú solo sabías trabajar y yo necesitaba algo más. Me sentí incomprendida. Tú tenías tu manera de querer y yo todavía estaba aprendiendo a reconocerla.
Te acompañé en tus últimos momentos.
Te perdoné.
Y cuando llegó el momento de despedirnos, ocurrió algo extraño y hermoso: todos aquellos momentos que ya no necesitaba recordar se fueron borrando poco a poco.
Los buenos, en cambio, crecieron.
Se hicieron enormes.
Fueron ocupando la memoria y el corazón hasta no dejar espacio para nada más.
Este año 2020, tan fatídico, hace diez años que nos separamos físicamente.
Diez años.
Y por fin estás en Covaleda.
En casa.
En ese lugar que fue tu infancia, tus inviernos, tus fiestas, tus negocios, tus raíces. El lugar que, sin saberlo entonces, también acabarías dejándome como herencia.
Y ahora, Garra, si todo lo que está sucediendo es tu manera de decirnos que no te gusta estar lejos de nosotros, tengo que decirte que no te pega nada.
Tú no eras muy chistoso.
Y, desde luego, esta broma se te ha ido de las manos.
Pero si tenía que ser una broma, quédate al menos con esto:
que seguimos hablando contigo.
Que seguimos pensando en ti.
Que sigues viniendo a vernos.
Y que, aunque nunca fuimos demasiado de decirnos «te quiero», hay amores que no necesitan pronunciarse para quedarse a vivir para siempre.
5 de octubre de 1939
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