Mentiras, todo era mentira, ella no era esa mujer que había imaginado habitante de una vida en equilibrio, donde el sol nunca se eclipsa.
No anhelaba autenticidad sino una perfección pulida y ajena, y tuvo que aceptar que jamás sabría habitarla.
En su vida se acumulaban más tormentas de las que su cuerpo enjuto podía sostener. Su piel, ya corácea, había aprendido tarde que no todo tsunami se absorbe, algunos solo dejan cicatriz.
La mujer en la que se estaba convirtiendo le resultaba extraña: áspera, cansada y gorda.
No había marcha atrás.
Solo quedaba abrazarla o arrojarla al vacío, una idea que regresaba con la puntualidad del desencanto. Pero incluso para eso le faltaba coraje.
Hurgar en su propio abismo para sanar, creer que debía salvarse sola, la condenaba a una lenta rendición; un calvario prolongado llamado vida.
Esa mañana despertó entumecida, sin la seguridad de haber dormido: ni bien ni mal, que era casi peor.
Sopesó saltar durante un minuto, como había visto ciento de veces en redes, en esas otra vidas, con esas otras mujeres que despertaban frescas y lozanas, siempre a punto de empezar algo mejor que ayer.
Ay, la lozanía en su cuerpo había pasado a ser un adverbio, seguramente de tiempo y en pasado.
Se incorporó en el borde de la cama.
Desde allí contempló la fina lluvia, perseverante, empeñada en recordarle que sus articulaciones no mentían.
Empezar; ese era el problema que acompañaba sus días.
Empezar el día, la vida, cualquier cosa que exigiera una mínima fe.
A sus pies estaba el mat que usaba para los estiramientos de yoga. Aquel objeto optimista. Mientras lo miraba, decidiendo si saltaría durante un minuto- o si bastaría con pensarlo- , se acercó Sira, su pequeña yorkshire, y sin mediar permiso se alivió sobre él.
- Será hija de puta- pensó con una rabia educada.
El dormitorio estaba en el primer piso y la fregona en la planta principal. Debería bajar a por ella.
No iba a hacerlo.
Lo sabía Sira, lo sabía ella.
El mat también empezaba a sospecharlo. Ni siquiera se había tomado el café.
Fue al baño, cogió una toalla pequeña y la extendió sobre el mat. Presionó con el pie derecho, como si aquello fuera una decisión y no una rendición, tratando de absorber el líquido ambarino.
Luego pasaría la fregona.
Luego era una palabra generosa.
volvió a mirar por la ventana.
La lluvia seguía ahí.
Estaba claro que la cosa no tenia visos de mejorar, allí sentada a los pies de una micción. Ni siquiera suya, que habría tenido cierta lógica.
Se incorporó con cuidado de no pisarla y , sin pensarlo mucho, -pensar a esas horas era un riesgo innecesario-, se puso las zapatillas, el pantalón de chándal negro y bajó a prepararse un buen café.
A ser posible con algo de magia, de esa que transforma lo que a todas luces era otro día de mierda, en uno como mínimo aceptable.
Tampoco pedía tanto; con poder respirar sin llorar ya iba servida.
Bajó por la bonita escalera de madera. Bonita y sucia , joder. Entonces cayó en la cuenta de que hacía unos días había pasado el aspirador y, como no, se había olvidado de la puta escalera.
No debía haberse puesto las gafas. Era cierto que las necesitaba para ver mejor, aunque había muchas cosas que no quería ni necesitaba ver: las arrugas, las canas, la suciedad. Siempre la suciedad.
La planta principal era un solo ambiente: cocina y comedor.
A pesar de tener ventanas delante y detrás, ese día la luz natural no era suficiente, su corazón estaba a oscuras y latía lento, como con resaca emocional.
Se preparó el que sería su primer y único café del día, una decisión firme, adulta y absolutamente falsa. La taza gris estaba sucia, así que se decantó por la azulada con motas, que parecía menos culpable.
Por esa época tomaba leche de soja, otra de sus maravillosas decisiones para aliviar los constantes sofocos diurnos, preludio de los nocturnos.
Una vida apasionante, vamos.
Introdujo la cápsula en la cafetera Nespresso y pulsó el botón. El café caía en la taza al ritmo del motor, que presionaba la cápsula hasta exprimirla como si también ella tuviera algo que confesar.
-peee...peee..peee
Atenta a que no se desbordara. Eran las ocho de la mañana y ya tenía más barriga que ayer. Una mueca de disgusto asomó a su rostro y un pensamiento intrusivo, puntual como un impuesto, a su cerebro.
- Putos polvorones-

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