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ZONA DE CONFORT



Estoy en menopausia. 

Antes no. 

Estuve en perimenopausia. ¿Acaso hay alguna diferencia? Creo que no.

Querida hija, te pido perdón por esta herencia. 

Aunque creo que queda compensada con mi papel de recepcionista oficial de paquetes de Zara.

Leo mucho. Ahora, nada. Sobre menopausia. Sobre qué le sucede a mi cuerpo, a las hormonas y a todas esas cosas.

Perdón. Tengo que hacer una pausa para hacerle un Bizum a mi hijo.

 A veces son cinco euros. O uno. O veinte. O cincuenta. Se me está poniendo cara de monedero. 

Pero no el político. Yo soy más guapa. Y menos misógina, también.

La perimenopausia comenzó cuando todavía no existía el nombre. 

Yo lo sé ahora. Era 2011. Tenía cuarenta años. 

Llegó antes que la ansiedad. Y siguen juntas a día de hoy.

 Nada ha cambiado. Todo ha empeorado.

Hoy no quiero ser positiva. Solo quiero ser realista.

La tristeza del mundo me abruma. No veo los telediarios. 

Veo películas o series, según el día, que calman mi sistema nervioso. 

Series: 1. Cortisol: 0.

Lo peor de la menopausia: la falta de deseo sexual. Otros deseos no desaparecen. 

El deseo de elegir un buen libro. 

El deseo de amar. 

El deseo de llevar el pelo mojado a todas horas.

Hoy saldré de mi zona de confort. 

Qué gilipollez.

 No tengo zona de confort. No quiero una zona de confort. 

Y, aun así, lo haré.

Dormiré con las puertas del armario abiertas.

Lo hice.

Ha sido terrible. Angustioso.

Además, un cajón se quedó medio cerrado, atrapado por una braga negra.

Es algo que contaré a mis descendientes.

 No a mis hijos. 

A otros. 

Menos escurridizos y con menos soberbia.

Mi armario ahora está cerrado. Los cajones también. No hay bragas por fuera.

Mi zona de confort dura lo que un ayuno intermitente. 

Siempre hay una hora  en la que puedo romperla. Ha sido al despertar.

También hago ayuno intermitente. 

Un día desayuno y otro no.

¿Lo estaré haciendo bien?

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