Cuando la vida hace y deshace, sin pedir autorización , a veces no s abandona a la deriva.
En mi caso la vida fue una verdadera hija de puta con balcones a la calle, lo mires como lo mires.
O eso gritaba mi cuerpo
aquel Lluvioso martes de 2019, lo cierto es que gritaba hacía 9 años antes pero no lo escuche hasta encontrarme a la deriva.
Como un barco sin capitán, con las velas rasgadas por un viento huracanado que no entiende de treguas, ni de noches tranquilas, ni de puertos seguros.
Un barco sin ancla zarandeado por una tormenta que parece eterna, mientras el mar golpea con esa crueldad paciente que tienen algunas desgracias.
Recostada en mi precioso chester , del que me enamoré irremediablemente como se enamoran las mujeres agotadas: imaginando que la belleza de las cosas puede llegar a salvarte un poco, buscando con ansias alguna versión de mi que todavía supiera hacia donde iba.
Era un chester de terciopelo azul.
Perfecto.
Ridículamente perfecto.
Hacia ya muchos años en los que la felicidad se escapaba a menudo entre mis dedos.
Se me resistía insistentemente.
En esos años donde la tristeza había dado un golpe de estado y la deriva pasó a ocuparlo todo.
Solo recuerdo silencio.
El miedo
La sensación de vivir dentro de una casa que se incendia lentamente mientras tu sigues doblando ropa limpia.
Mi vida.
La que yo había elegido.
La que tenia un camarote para mis hijos yotro para mi matrimonio.
Esa vida llena de salvavidas naranja colgados a babor y a estribor.
Esa vida donde yo creía tener el timón sujeto con firmeza.
Falso.
Porque yo pensaba que si una mujer se esforzaba lo suficiente, el barco no podía hundirse.
Esa vida hacia aguas, hasta que decidí coger uno de los salvavidas.
Y cuando quise darme cuenta ya estaba sola en mitad del océano emocional, abrazada a mi salvavidas sin saber si lo que de verdad quería era aferrarme...o soltarlo de una vez.
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