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PIDE LO QUE QUIERAS



Es importante saber lo que una necesita para aprender a pedirlo.

Porque, a pesar de aquel mantra que nos canturreaban cuando éramos pequeñas:

HAY QUE APRENDER A PEDIR.

Pedir que nos escuchen.
Pedir que nos sostengan cuando ya no podamos más.
Pedir tiempo muerto.
Pedir espacio.
Pedir ternura.
Y pedir orgasmos. Sobre todo, orgasmos.

Hay días en los que los sentidos están a flor de piel y parecen desbordarse del cuerpo para desembocar directamente en el océano de los pensamientos.

Cierras apenas los ojos y sientes la intensidad de un tsunami recorriéndote la boca, entreabierta, descendiendo hasta la lengua, mientras el deseo empieza a tomar las riendas.

Y entonces recuerdas que también hay que pedir.

Pedir que sus labios susurren despacio, muy cerca del lóbulo de tu oreja, acompañados por esa lengua que conoce el camino. Que desciendan por tu cuello desnudo y se detengan en tus labios, que esperan, ávidos de deseo, esa ardiente coreografía tantas veces ensayada entre dos cuerpos que ya no necesitan presentación.

Pedir que sus manos recorran tu piel con suavidad, que la boca y las manos hablen el mismo idioma y que la excitación vaya ocupando, poco a poco, cada rincón de tu cuerpo.

Hasta que la espalda se arquea y de la garganta escapa, por fin, todo aquello que llevaba demasiado tiempo retenido.

Y entonces pedirle que continúe.

Que no se detenga.

Guiar sus manos por las curvas de tu cintura, por la voluptuosidad de tu vientre, hasta encontrar la barrera de aquella falda negra de seda.

Un botón.

Después otro.

Y otro.

Hasta que la tela cae al suelo y deja al descubierto el deseo que se escondía detrás del encaje.

Sus manos vuelven a recorrer tu cuerpo, lentamente, mientras su boca sigue el mismo mapa: el vientre, el ombligo, la piel que se estremece bajo cada caricia.

Y entonces el cuerpo deja de pedir permiso.

Las piernas se abren con la naturalidad de una historia compartida. Las manos encuentran dónde aferrarse. Los cuerpos empiezan a hablar en ese idioma antiguo que no necesita palabras.

Solo ritmo.

Solo respiración.

Solo deseo.

Y llega ese instante en el que ya no existe nada más allá de la piel, del pulso acelerado, de la respiración entrecortada y de esa sensación de estar exactamente donde quieres estar.

Hasta que el placer rompe finalmente todas las compuertas.

Y después, cuando el mundo vuelve poco a poco a su sitio, queda una certeza sencilla:

Pide lo que quieras.

Pide que te escuchen.
Pide que te cuiden.
Pide que te quieran como necesitas ser querida.

Y pide orgasmos.

Uno cada día, si te apetece.

Porque quizá te sorprenda descubrir todo lo que pueden darte cuando, por fin, aprendes a pedirlo.

 

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