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LOS SEGUNDOS ENCUENTOS TE REVELAN EL PORQUÉ " ÁLVARO "

 




la nieve estaba empezando a cubrirlo todo con un manto blanco y reluciente. Nadie esperaba que hoy nevara con esa virulencia.

Las vistas desde su despacho parecían un obra de arte, por eso no había cuadros en la habitación.

La sesión anterior había sido tranquila, sin muchos fuegos que apagar. Por suerte sólo le quedaba un último paciente y podría irse a casa a tomarse un buen trago de ese marivilloso whisky regalo de su socio.

Se sentó frente al escritorio y comenzó a leer la ficha de su siguiente paciente.

Venía recomendada por una colega que no podía tratarla por un conflicto de intereses.

Echó un último vistazo a la bucólica imagen de la nieve cayendo y comenzó a leer

- Rania, 48 años, editora en RB, en tratamiento farmacológico por trastorno de ansiedad, agorafobia y ataques de pánico. Soltera, licenciada en periodismo e historia del arte.

Curioso terminar en una editorial

Quedaban apenas cinco minutos para que Rania llegara cuando sonó el telefonillo.

-¡ Vaya , es puntual¡

Escuchó como su asistente contestaba y la hacía pasar a la sala de espera.

Su despacho tenía dos puertas, cada una daba a una sala diferente, una para los que llegaban y otra para los que salían. Estaba pensado para que los pacientes nunca coincidieran, para algunos podría resultar incomodo.

Cerró el dosier y se dirigió a la puerta que comunicada con la sala dónde esperaba Rania.

- Buenas tardes, pase por favor.

Rania se atusó la chaqueta, cogió el bolso y entró detrás de él.

-Siéntese por favor.

Cuando estuvieron en frente el uno del otro se dieron cuenta  enseguida.

-Hola Rania - dijo mientras le extendía la mano- soy el doctor Soler, Alvaro Soler .

-Encantada, Rania. Bueno eso ya lo sabe.

- ¿Te parece si nos tuteamos?

- Me parece perfecto.

Recordaba perfectamente dónde la había visto antes. Desayunaba como todos los días en alguna cafetería de la calle Goya, no tenía una favorita, simplemente paseaba hasta encontrar la que buscaba ese día.

Estaba sentado en la barra tomando café y croissant cuando entró Rania - entonces no sabía su nombre- y no pudo dejar de darle un repaso. Llevaba un vestido negro, de punto, que remarcaba su curvas.

Ella debió de darse cuenta porque cuando se acercó a la barra para pedir rozó sus pechos contra su espalda; del modo más sutil que se puede hacer una maniobra semejante.

E inmediatamente se disculpó y le lanzó una sonrisa sincera.

Por supuesto no podía ni debía sacar el tema, no sería profesional.

La escudriño con la mirada intentando saber si ella lo recordaba tambien, pero  o no lo hacía o era muy buena jugando al pocker.

- Bueno Rania , pues cuéntame ¿cómo puedo ayudarte?

- A ver ¡Por dónde empiezo¡

La hora pasó volando, mientras Rania explicada su situación. Desde cuando llevaba con ataques de pánico y la medicación que tomaba, prescrita por su psiquiatra.

Llevaba unos vaqueros holgados, camiseta de los Rolling Stones y una chaqueta de punto gruesa. Desde luego nada que ver con el modelito del bar.

Subió los pies encima de la butaca donde estaba sentada, como se sientan los indios..

- ¿Te importa?- preguntó

- No, no, siéntete cómoda - lo cierto es que no le hizo mucha gracia que pusiera sus botas encima de sus butaca de dos mil euros.

Cuando hablaba gesticulaba mucho, era muy expresiva y sus ojos verdes se abrían y cerraban acompañando su historia.

Llevaba el pelo recogido en un moño que se hizo en dos segundos con uno de los lápices de su escritorio. Había un mechón rebelde que se le resbala una y otra vez. Lo sujetaba detrás de su oreja  y volvía a resbalar.

Cuando hacía ese gesto solo podía pensar en susurrarle al oido lo mucho que le gustó su encuentro en la cafeteria.

Las sesiones se sucedieron semana tras semana, sin .buscarlo la química que surgió entre ellos era brutal . Rania era como un libro abierto, no se dejaba nada en el tintero. Se abría en canal, así que las sesiones fluían y la evolución era más que evidente.

Después de casi un año los pensamientos innapropiados fueron desaciéndose como la arena bajo tus pies a la orilla del mar.

Y de repente....

El fin de semana estaba a la vuelta de la esquina, ya casi podía tocarlo con las yemas de los dedos.

Ronal había preparado la despedida de soltero concienzudamente. Deimon no se la esperaba.

Alvaro no podía adivinar, ni en un millón de años, lo que le depararía esa fiesta sorpresa.

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