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BERGA Y TERAPIA "ÁLVARO "

 


La nieve empezaba a cubrirlo todo con un manto blanco y reluciente. Nadie esperaba que aquel día nevara con semejante virulencia.

Desde las enormes ventanas de su despacho, Madrid parecía una obra de arte. Quizá por eso nunca había colgado cuadros en aquella habitación.

 Ninguno habría podido competir con aquellas vistas.

La sesión anterior había sido tranquila, sin demasiados fuegos que apagar. Por suerte, solo le quedaba un último paciente y podría irse a casa a disfrutar de un buen trago de aquel maravilloso whisky que le había regalado su socio.

Se sentó frente al escritorio y abrió la ficha de su siguiente paciente.

Venía recomendada por una colega que no podía tratarla debido a un conflicto de intereses.

Echó un último vistazo a la bucólica imagen de la nieve cayendo tras los cristales y comenzó a leer.

—Rania, cuarenta y ocho años. Editora en RB. En tratamiento farmacológico por trastorno de ansiedad, agorafobia y ataques de pánico. Soltera. Licenciada en Periodismo e Historia del Arte.

Curioso. Para alguien con agorafobia, terminar trabajando en una editorial no dejaba de tener cierta ironía.

Quedaban apenas cinco minutos para que Rania llegara cuando sonó el telefonillo.

—Vaya. Es puntual.

Escuchó cómo su asistente contestaba y la hacía pasar a la sala de espera.

Su despacho tenía dos puertas, cada una comunicada con una sala diferente: una para los pacientes que llegaban y otra para los que salían. Lo había diseñado así para evitar que coincidieran entre ellos. Para algunos podía resultar incómodo cruzarse con otro paciente después de una sesión, cuando todavía llevaban las emociones a flor de piel.

Cerró el dosier y se dirigió a la puerta que comunicaba con la sala de espera.

—Buenas tardes. Pase, por favor.

Rania se atusó la chaqueta, cogió el bolso y entró detrás de él.

—Siéntese, por favor.

Cuando estuvieron frente a frente, ambos se dieron cuenta enseguida.

Álvaro sintió un pequeño vuelco en el estómago.

Claro que la conocía.

O, mejor dicho, la había visto.

Recordaba perfectamente dónde.

Desayunaba como todos los días en alguna cafetería de la calle Goya. No tenía una favorita. Simplemente caminaba hasta encontrar la que le apetecía ese día.

Y aquella mañana había sido una de esas.

Estaba sentado en la barra, tomando un café y un croissant, cuando ella entró.

Entonces no sabía su nombre.

Pero sí había sabido perfectamente que era una mujer difícil de ignorar.

Llevaba un vestido negro de punto que marcaba sus curvas con una elegancia que no parecía buscar llamar la atención y que, precisamente por eso, la llamaba todavía más.

Ella debió de darse cuenta de que la estaba mirando.

Cuando se acercó a la barra para pedir, rozó sus pechos contra su espalda. Fue un movimiento tan sutil que cualquiera habría podido pensar que había sido accidental.

Cualquiera menos él.

Inmediatamente se disculpó y le dedicó una sonrisa sincera.

Álvaro había sonreído también.

Y después había intentado volver a concentrarse en su café.

Sin demasiado éxito.

—Hola, Rania —dijo finalmente, extendiéndole la mano—. Soy el doctor Soler. Álvaro Soler.

Ella estrechó su mano.

—Encantada. Rania. Bueno… eso ya lo sabe.

Una sonrisa fugaz apareció en los labios de Álvaro.

—¿Te parece si nos tuteamos?

—Me parece perfecto.

Mientras ella se acomodaba en la butaca, Álvaro la observó discretamente.

No llevaba aquel vestido negro.

Ni se parecía demasiado a la mujer que había visto en la cafetería.

Vestía unos vaqueros holgados, una camiseta de los Rolling Stones y una gruesa chaqueta de punto. El pelo recogido de cualquier manera en un moño que parecía haberse hecho en dos segundos.

Y, sin embargo, seguía siendo ella.

La misma mirada.

Los mismos ojos verdes.

Y aquella sensación absurda de que la conocía de antes.

Aunque, por supuesto, no podía ni debía sacar el tema.

No sería profesional.

La escudriñó durante un segundo, intentando descubrir si ella también lo recordaba.

Pero Rania no dio ninguna pista.

O no lo recordaba.

O era mucho mejor jugando al póquer que él.

—Bueno, Rania —dijo, apoyándose ligeramente en el respaldo de su sillón—. Cuéntame. ¿Cómo puedo ayudarte?

Ella soltó el aire lentamente.

—A ver… ¿por dónde empiezo?

Y empezó.

La hora pasó volando mientras Rania explicaba su situación. Desde cuándo sufría los ataques de pánico, cómo habían ido evolucionando y qué medicación tomaba, prescrita por su psiquiatra.

Hablaba mucho con las manos.

Era tremendamente expresiva.

Sus ojos verdes se abrían y se cerraban acompañando cada palabra, como si todo su cuerpo necesitara participar en lo que estaba contando.

En un momento dado, subió los pies a la butaca y se acomodó casi como si estuviera sentada en el suelo.

—¿Te importa?

Álvaro miró sus botas sobre la tapicería.

—No, no. Siéntete cómoda.

Lo cierto era que no le hacía ninguna gracia que hubiera plantado las botas encima de una butaca que costaba más de dos mil euros.

Pero no iba a decírselo.

Rania continuó hablando.

Y entonces apareció aquel mechón.

Se había recogido el pelo utilizando uno de los lápices que tenía sobre el escritorio. Un mechón rebelde escapaba una y otra vez del improvisado moño.

Ella lo colocaba detrás de la oreja.

El mechón volvía a caer.

Lo volvía a colocar.

Y volvía a caer.

Álvaro tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no quedarse mirándolo.

Porque por un instante volvió a pensar en la cafetería.

En aquella sonrisa.

En aquel roce.

Y en lo mucho que le había gustado.

Apartó el pensamiento.

No podía permitirse aquello.

No con una paciente.

—¿Y qué ocurre justo antes de que aparezca el ataque? —preguntó, obligándose a concentrarse en su trabajo.

Rania respondió.

Y siguieron hablando.

Semana tras semana.

Sesión tras sesión.

Sin buscarlo, la química que surgió entre ellos fue brutal.

Rania era como un libro abierto. No se dejaba nada en el tintero. Se abría en canal sin demasiados filtros y, quizá por eso, las sesiones fluían con una facilidad poco habitual.

La evolución era más que evidente.

Y Álvaro era perfectamente consciente de que aquello no era únicamente mérito suyo.

Ella quería mejorar.

Y estaba luchando por conseguirlo.

Después de casi un año, aquellos pensamientos inapropiados fueron desapareciendo poco a poco, como la arena que se escapa bajo los pies cuando las olas retroceden.

Álvaro dejó de pensar en ella fuera de la consulta.

Dejó de recordar el vestido negro.

Dejó de preguntarse si aquel roce en la cafetería había sido realmente accidental.

Rania pasó a ser, simplemente, una paciente.

O eso quiso creer.


Y Álvaro no podía adivinar, ni en un millón de años, lo que aquella fiesta sorpresa iba a poner de nuevo delante de sus ojos.

El fin de semana estaba a la vuelta de la esquina.


Álvaro casi podía tocarlo con las yemas de los dedos.

Ronal había preparado la despedida de soltero concienzudamente. Demasiado, a juzgar por cómo había conseguido mantener el secreto durante semanas.


Deimon no se esperaba nada.

La discoteca estaba hasta arriba.

Música demasiado alta, copas demasiado llenas y un grupo de amigos que parecía decidido a recuperar de golpe todos los años que habían cumplido.


Álvaro llevaba un par de copas encima. Lo suficiente para estar relajado, pero no tanto como para perder el control.


O eso creía.


En algún momento de la noche necesitó ir al baño.


El de hombres estaba vacío. Entró, se lavó las manos y, cuando salió, se quedó esperando a uno de sus amigos.

Entonces la vio.

Rania.

Parpadeó.

No.

No podía ser.

La había visto entrar en el baño de hombres.


Se quedó mirándola durante unos segundos, intentando convencer a su cerebro de que estaba equivocado.

Pero no.

Era ella.

Su paciente.


La mujer a la que llevaba casi un año escuchando hablar de sus ataques de pánico, de su ansiedad, de sus miedos.

Rania.

Allí.

En la despedida de soltero de su amigo.

Álvaro sintió que el alcohol se le evaporaba de golpe.

Ella todavía no lo había visto.

Se acercó al lavabo y comenzó a lavarse las manos.


Álvaro salió de la puerta contigua y se colocó a su lado.


Entonces Rania levantó la cabeza.


Sus miradas se cruzaron en el espejo.


Los dos se quedaron inmóviles.


—Hola, Rania —dijo él finalmente—. No esperaba verte aquí.


Ella se giró hacia él.


Durante un instante pareció tan sorprendida como él.

Después sonrió.

—Joder. Tenemos que dejar de vernos en estas circunstancias, Álvaro.


A él se le escapó una sonrisa.


—¿Por qué? A mí me gusta verte en todas las circunstancias.


En cuanto lo dijo supo que había cruzado una línea.

Una pequeña.

Pero línea al fin y al cabo.


Llevaba casi un año haciendo exactamente lo contrario: poniendo límites, manteniendo las distancias, guardando bajo llave cualquier pensamiento que pudiera alejarse de lo estrictamente profesional.


Y ahora estaba allí.

Ella.

Mirándolo de aquella manera.

Y él no sabía si eran las copas, la sorpresa de encontrarla allí o algo que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.

Rania se acercó.

Álvaro no retrocedió.

Sus manos rodearon su cintura casi por instinto.


La acercó hacia él.


El primer beso lo sorprendió.

El segundo también.


Pero después dejó de pensar.


Rania lo empujó contra la puerta del baño. El impulso hizo que se abriera y Álvaro terminó sentado en la taza del váter.


Ella echó el pestillo.

Álvaro la miró.

Esto es una locura.

Y, aun así, no quería que terminara.

La besó de nuevo.


Había deseado besarla más veces de las que estaba dispuesto a admitir, aunque jamás hubiera permitido que ese pensamiento cruzara la frontera de su imaginación.


Pero aquello era distinto.

Aquello estaba ocurriendo.


La misma mujer que durante meses se había sentado frente a él en una consulta, hablándole de sus miedos, ahora estaba allí, tan cerca que podía sentir su respiración.


Álvaro deslizó las manos por su cintura mientras ella volvía a besarlo.


El deseo se abrió paso por encima de cualquier razonamiento.


Cuando ella empezó a desabrocharle la camisa, Álvaro cerró los ojos durante un segundo.


Dios.

Aquello no podía estar pasando.

Pero estaba pasando.

Y ninguno de los dos parecía dispuesto a detenerlo.


La noche, la música que llegaba amortiguada desde fuera, las copas y aquella habitación diminuta parecían haber creado un mundo aparte.


Un mundo en el que durante unos minutos no existía el doctor Soler.


Ni la paciente Rania.


Solo estaban ellos dos.


Cuando finalmente se separaron, los dos necesitaban recuperar el aliento.


Álvaro la miró a los ojos.

Todavía quedaba en ellos un resquicio de deseo.


Y también algo más.


Algo que no quiso identificar.


Sonrió.


—Vas a tener que buscarte otro terapeuta si queremos que esto se repita.


Rania lo miró.


Y Álvaro supo perfectamente, por la expresión de su cara, que aquella frase no había apagado precisamente el incendio.


Él tampoco quería que lo apagara.


De hecho, mientras la veía sonreír, una idea se instaló en su cabeza con una claridad casi insultante.

Quiero volver a hacerlo.


Y aquello era, precisamente, lo que más miedo le daba.


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