Un jueves aparentemente normal puede convertirse, sin avisar, en el mejor jueves que recuerdes.
Llegas a casa y el cuerpo suplica una ducha. Fría o caliente, qué más da.
Solo quieres que el agua arrastre consigo ese dolor de cabeza que te ha acompañado durante todo el día, pegado a ti como si tuviera miedo de marcharse. Es insistente, tozudo, puntual: vuelve siempre, una vez al mes, como quien conoce el camino de memoria.
Y cuando por fin se afloja esa pesadez que se instala en la nuca, dejas que tu pelo se seque bajo la última luz del día, mientras el sol comienza a esconderse despacio.
Las gotas de agua resbalan por tu espalda.
Y entonces suena la música.
Sale de tus cascos y entra en el cuerpo como una invitación.
Primero se dejan llevar los hombros, después el torso, las piernas… y las caderas, cómplices, terminan de corear la canción.
El ritmo va alejando el dolor, poco a poco, hasta convertirlo en polvo.
Y entonces ocurre algo.
El sol parece volver a salir en un recodo de tu brazo izquierdo.
Y tu sonrisa, que llevaba todo el jueves dormida, despierta por fin.
Te das cuenta de que el cielo está entablillado, sujeto con sus propias heridas, y que quizá no hace falta que nadie venga a desentablillarlo. Aunque, pensándolo bien, siempre hay alguien que sabe hacerlo.
Y tú te dejas mecer por el ritmo, como en un balancín.
Te perfumas de jazmín, de los pies a la cabeza, y por un instante todo parece estar exactamente donde debe estar.
Entonces agradeces.
Gracias a mi cuerpo, por sostenerme en los días difíciles.
Gracias por seguir aquí cuando yo apenas sabía cómo estar.
Gracias por hacerme sentir una diosa cuando el ritmo nos atrapa y ya no hay pensamiento capaz de alcanzarnos.
Gracias por esa ducha fría.
Gracias por los besos de despedida.
Gracias por la música.
Gracias por la sonrisa.
Gracias por este jueves aparentemente normal que, sin pedir permiso, decidió convertirse en un día extraordinario.

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