Últimamente, la inspiración parecía visitarla los jueves. Quizá fuera por su cercanía al fin de semana o, tal vez, por esa otra cercanía más sutil: la del otoño, que ya empezaba a insinuarse en el aire.
El aroma de sakura flotaba en la habitación, encendido a la luz temblorosa de unas velas. Al otro lado del cristal, la lluvia repiqueteaba con paciencia contra la ventana, mientras una melodía sonaba de fondo. Todo parecía empujarla hacia una noche de esas en las que las historias llegan solas, como si llevaran días esperando a que alguien les abriera la puerta.
Podía ser quien quisiera.
Podía estar en cualquier lugar del mundo, hablar varios idiomas, surcar los mares como pirata o perderse entre las estrellas como astronauta. Había un sinfín de vidas esperando ser vividas, de aventuras esperando ser contadas.
Solo había algo que nunca cambiaba.
El color de sus ojos.
Caramelo.
Podía ser una noche cuajada de estrellas o una noche sepultada bajo una tormenta de nieve. Podía ser una tarde soleada de otoño, cuando los rayos del sol se mezclan con las nubes y, a empujones, consiguen abrirse paso hasta formar un pequeño aro celestial.
Incluso podía ser un arcoíris perfecto, naciendo entre las montañas para terminar aterrizando sobre unas aguas salvajes.
Sentada frente a su escritorio, imaginaba a su lado a una mujer menuda, revoloteando a su alrededor, desordenándole los pensamientos y alborotándole la vida.
¿Cómo, si no, iba a ser su inspiración sino una mujer menuda?
Riendo. Saltando. Creando. Soñando.
Casi siempre era lo único que necesitaba: soñar para después convertir los sueños en palabras y dejarlos atrapados en sus relatos.
Pero aquella noche había algo diferente.
Había llegado el momento de dejar de soñar.
Y entrar en acción.
Pasar a la acción tenía algo de vértigo. También algo de magia. Era capaz de cambiar el presente, de reescribir el pasado y, quién sabe, de abrirle una puerta inesperada al futuro.
Su terapeuta se lo había repetido muchas veces:
—Ha llegado el momento de dejar de vivir en la nostalgia y pasar a la acción.
Así que decidió volver a viajar.
Volver a volar.
A pesar de sus miedos, esos miedos que durante tanto tiempo habían conseguido disfrazarse de prudencia. Esta vez no permitiría que fueran ellos quienes tomaran las decisiones por ella.
Nunca más.
Never.
Se levantó de golpe del escritorio y abrió el cajón de la mesilla. Allí estaba su pasaporte.
Lo tomó entre las manos.
¿Dónde podía ir?
Había varios destinos que llevaba tiempo acariciando: Edimburgo, Roma y las islas Feroe.
Tendría que calcular las horas de vuelo. Estaba decidida a volar, sí, pero para ser su segunda vez quería empezar con un viaje corto.
La cosa quedó reñida entre Roma y Edimburgo.
Feroe quedó descartado por aquellas ocho horas interminables de vuelo.
Finalmente, eligió Edimburgo.
Sacó su pequeña Samsonite del fondo del armario y comenzó a hacer la maleta.
Edimburgo era una ciudad lluviosa. Llovía dos de cada tres días, según había leído, así que el chubasquero y las botas Hunter eran imprescindibles.
Después metió un gorro, un pañuelo, unas braguitas sexis, calcetines, vaqueros, un jersey de cachemir y poco más.
Por un instante, probablemente víctima de la emoción, olvidó un pequeño detalle.
Jon se había mudado a Edimburgo hacía unos meses.
Cuando lo recordó, no lo dudó ni un microsegundo.
Cogió el móvil y le escribió por WhatsApp.
—¡Hola, Jon! ¿Sigues por Edimburgo? Es que voy a estar por allí unos meses.
La respuesta no tardó.
—¡Joder, Karma! Sigo en Edimburgo. ¿Cuándo tienes pensado venir?
—Pues en el primer vuelo disponible. Mañana, seguramente.
—Te quedas en mi casa. No se te ocurra reservar hotel.
—Genial, Jon. Me haces un favor enorme.
—Avísame cuando llegues y te doy mi dirección.
—Prometido...
Dejó el móvil sobre la cama.
Joder.
Dormir en casa de Jon no entraba precisamente en sus planes.
Estaba encantada, claro. Se ahorraría una pasta.
Pero también sabía que el diablo podía llamar a su puerta.
Lo suyo con Jon siempre había estado suspendido en ese territorio extraño donde las cosas nunca terminaban de tener nombre.
Un poco de sí quiero mezclado con un joder, es mi mejor amigo.
Hoy podían besarse hasta decir basta y mañana dejar de verse durante semanas.
Nunca habían terminado de decidir qué eran.
Quizá porque ponerle un nombre significaba arriesgarse a perder aquello que ya tenían.
Se quedó mirando la maleta abierta.
Sonrió.
Esta vez estaba decidido.
Si el diablo llamaba a su puerta, no pensaba esconderse.
Haría caso a su terapeuta.
Por una vez, dejaría de pensar tanto.
Dejaría de imaginar todos los finales posibles.
Y pasaría a la acción.

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