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GANAS DE MI





Despertar a medianoche con esa canción en la cabeza. Esa que consigue removerlo todo hasta poner los sentimientos patas arriba.

Su fuerza te cuelga boca abajo, sujeta únicamente por los pies, y te zarandea hasta vaciar tus bolsillos: recuerdos, tristezas, miedos… y también esos recursos recién aprendidos para volver a equilibrar el alma, para volver a querer y, sobre todo, para volver a entender a la tristeza.

Tanto tiempo enfadada con ella.

 Tanto tiempo sin sentarnos a tener una conversación de tú a tú. 

Y resulta que nos hacía falta.

Después vuelves a dormirte con el pensamiento acelerado, con ganas de todo. Incluso ganas de ti. 

Sobre todo, ganas de ti.

Y entre el sueño y la vigilia aparecen esos besos al aire. 

Besos llenos de libertad, como el aire que sopla en la cima de la montaña. 

Besos que llegan para quedarse: arropados en tu boca, dibujados en la comisura de tus labios. 

Besos que despiertan una fuerza que creías perdida, escondida durante demasiado tiempo en la penumbra de tus días grises.

Y ahora esa fuerza vuelve. Se cuela despacio en mis días y en mis noches, tiñéndolos de colores pastel. 

Incluso en mis sueños.

Sueños que se interrumpen cada tres horas desde que el insomnio decidió instalarse en casa sin pedir permiso. 

Sueños llenos de actores secundarios y una única protagonista.

A veces me despierto entre sudores nocturnos y sonrío al sentir a mis canes respirando a mi vera. 

Sonrío también cuando, al mismo tiempo, su mano y la mía se buscan para acariciar aquel cuerpo peludo que duerme entre nosotros, ajeno a nuestras pequeñas ceremonias nocturnas.

Y vuelvo a cerrar los ojos.

Vuelvo a dormir sabiendo que, tarde o temprano, llegará ese sueño que tanto deseo.

Un sueño con olor a bosque.

Mi bosque animado.

Y quizá, esta vez, la protagonista tenga ganas de quedarse.


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