QUERIDA DIARIA:
Últimamente me levanto y no sé en qué día de la semana vivo.
Desde luego, la meditación me está ayudando muchísimo a centrarme en el ahora. En el ahora mismo no sé ni dónde estoy.
Suena el despertador, normalmente después de una noche horrible que, por cierto, ya se está convirtiendo en trending topic. Me desperezo, estiro todo lo que la hernia me permite y empiezo, poco a poco, a ser consciente.
—Ay, Mari, despertarse desubicada es lo peor.
¿Desubicada? Me encanta. Te la compro.
Estiro el brazo derecho: reconozco bulto. Es el maromo.
Estiro el izquierdo: reconozco bultito. Es la perra.
Me toco y reconozco dos bultos: son mis pechotes. Están en su sitio, siguen caídos, no ha habido milagro. Y mira que he rezado esta noche.
—Ay, Mari… si fuera tan fácil y tan barato.
Me incorporo y llega la pregunta existencial:
¿Qué día es hoy?
¿Lunes? No. Lunes no puede ser, porque ayer no fue domingo.
¿Martes? Ummm… Sí. Martes. Decidido.
—Los martes tienen su aquel.
Pues sí. Sobre todo porque están peligrosamente cerca del miércoles y los miércoles tengo terapia.
Hoy voy a intentar que mi martes sea diferente. Que tenga chispa.
—Muy bien, cari. La chispa nunca debe faltar.
Como es martes, tengo que ir a trabajar. Así que decido que la chispa empiece con un desayuno contundente que me voy a meter entre pecho y espalda: su pan tumaca, su cafelito… Vamos, que la meditación empieza después del desayuno.
Llego a la oficina y allí está esperando el maromo.
—¿El maromo?
Sí, mi maromo. Trabajamos juntos. Pensé que te lo había contado.
—¿Qué fantasía, no, Mari?
Una fantasía que, a ratos, se parece sospechosamente al día de la marmota.
Sobre todo desde que no tenemos empleados y estamos solos los dos.
Los dos.
Los dos.
Los dos…
Como un eco.
—¿Y cómo lo lleváis?
¿Pues no te estoy diciendo que hay que ponerle chispa al martes?
Y al miércoles.
Y al jueves.
Porque, como no haya chispa, un día de estos lo tiro por el balcón.
Después de pasar todo el día juntos, intentamos mantener nuestro espacio vital, ¿sabes? Yo me quedo en la oficina y a él lo mando al almacén a ordenar los tableros, el material y todo lo que encuentre.
¡Algo bueno tenía que tener ser la jefa, cojones!
Luego llegamos a casa y la cosa cambia.
O, al menos, esa es mi intención.
Preparo nuestro dormitorio con varias guirnaldas decorativas de esas que funcionan a pilas. Coloco varios candelabros con velas y los enciendo para crear ambiente. Después, las velas con olor a frutos rojos.
Lo último que he comprado es un colgante con elefantes y un portavelas pequeñito. También enciendo esa vela.
La cosa es que no falte detalle.
Lo preparo todo.
Me quito la ropa interior.
Me pongo un camisón sexy, semitransparente…
Para dar pistas, ¿sabes?
Porque a veces el maromo es un poco corto de miras.
Total: imagíname en la cama, sin arropar, con el camisón de tirantes, semitransparente, sin ropa interior y a nueve grados en la calle.
Esperando al maromo.
Entra en la habitación.
¿Y sabes lo primero que dice?
—No puedo imaginarlo.
Pues me dice:
—¿Qué es esto? ¿Una yincana?
Que si hay demasiadas luces, que si hay demasiadas velas… Que se va a tirar una hora apagándolo todo.
La cosa es protestar.
—¿Y qué le dijiste?
Pues le dije que sí. Que era una yincana.
Y que el premio estaba en el segundo cajón de la cómoda.
—Cógelo y ven a celebrar que has ganado.
—¿Y qué tienes en el segundo cajón de la cómoda, si puedo preguntar?
El Satisfyer.
—Mari…
¿Qué?
¡Una mujer tiene que estar preparada para cualquier eventualidad!
Y además, querida Diaria, si el martes no trae la chispa de serie…
habrá que ponerle pilas.

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