Sentada frente al ordenador, pensaba qué palabra encajaría mejor en la narración. Busqué sinónimos de pene y el primero que apareció fue berga.
Había dado el primer sorbo a mi té y casi me atraganto. La carcajada fue sonora, y sonora fue también la tos que vino después.
Bonito nombre, el de berga. Me gusta. Solo con escucharlo ya piensas en el tamaño, y eso es bueno. Es un sustantivo sonoro, con fuerza. De esos que te entran ganas de tener una entre las manos.
El desconocido del bar seguro que tenía berga. Le pegaba bastante, la verdad.
Lo cierto es que me había alegrado el día. Sentirse deseada a las nueve de la mañana es, probablemente, de las mejores cosas que un martes puede regalarte.
La alarma del teléfono saltó, recordándome que aquel día empezaba la terapia. Me habían recomendado un psicólogo muy bueno y tenía muchas esperanzas puestas en él.
Seguí escribiendo toda la mañana, hasta la hora de comer, y el relato avanzaba a una velocidad deliciosa. Daba gusto estar inspirada. Las escenas fluían solas.
No sé si tendría algo que ver lo excitada que estaba aquella mañana después del encuentro en el bar.
Me encantaba poner en aprietos a los desconocidos. Sobre todo a los que entraban en mi punto de mira: maduros, buen culo y lo demás ya se vería. No podía adivinarlo, aunque a veces sus ademanes daban pistas bastante exactas de cómo eran por dentro. A primera vista, sin embargo, era difícil saberlo.
Aquel desconocido, en particular, me había atrapado.
Canoso, gafas de pasta, leyendo el periódico y con un culo tremendo. De quince sobre diez.
Piqué algo en la oficina y me fui a casa a darme una ducha rápida. Estaba empezando a nevar y no quería que me pillara el toro. Además, cualquiera que me conozca sabe lo puntual que soy.
La ducha se alargó un poco más de lo previsto. Decidí darme un alivio y rebajar la excitación. Mis manos conocían muy bien los rincones de mi cuerpo y enseguida llegué al clímax.
Esta vez no hizo falta el Satisfyer.
Miré el reloj.
Las cuatro.
Iba bien de tiempo. Solo tenía que vestirme y coger el todoterreno. La nieve seguía cayendo, despacio, pero sin pausa.
Me puse las botas y mi chaqueta de lana preferida. Quería dar un aspecto profesional.
La cita era en Madrid. Me había mandado previamente la ubicación y ya estaba en marcha.
A las seis en punto estaba llamando al telefonillo del portal donde tenía la consulta.
Era un portal precioso, con uno de aquellos ascensores históricos que ya quedan pocos en Madrid.
Llegué al tercero y la puerta estaba abierta. Entré.
Un mensaje llegó a mi teléfono.
Estoy terminando. Espérame en la sala de espera.
Era habitual que en las consultas de los psicólogos no te cruzaras con el paciente anterior, ni él contigo. Hasta que uno no salía del edificio, no entraba la siguiente visita.
Dos minutos exactos después, se abrió la puerta de la sala de espera.
Una mujer joven, vestida de manera informal, me invitó a seguirla.
—El señor Soler la recibirá ahora.
Entré en una habitación muy luminosa, limpia y ordenada.
Empezamos bien. El orden me gusta.
Tenía un gran ventanal desde el que se veía cómo continuaba nevando.
Había un sofá y un escritorio.
No había diván.
Eso me decepcionó un poco, después de haber visto tantas películas de Woody Allen y sus terapias.
Olía bien. Una mezcla de dama de noche y jazmín.
Estaba dudando si sentarme en el sofá cuando entró el señor Soler.
Por el apellido había pensado que sería mayor que yo. Unos sesenta años, quizá.
—Perdona el retraso. Estaba despidiendo al paciente anterior —dijo mientras cogía la silla del escritorio y la colocaba frente al sofá.
Cuando se giró para indicarme que me sentara, pensé que estaba viendo visiones.
No me lo podía creer.
Era él.
El desconocido del bar.
—Hola, Rania. Soy Álvaro Soler... pero ya nos conocemos, ¿no?
Vaya puta casualidad.
Mira que no habría psicólogos en Madrid y yo voy y le entro a mi terapeuta.
Y la verdad es que estaba todavía más tremendo de lo que recordaba.
—Hola, Álvaro. Sí. Nos conocimos ayer, desayunando, creo.
Me ofreció la mano acompañado de una gran sonrisa.
Seguro que estaba recordando mi roce inocente con su... berga.
No pude evitar reírme.
Quién me iba a decir que iba a utilizar en un solo día la dichosa palabra.
—Toma asiento en el sofá y empezamos.
No me jodas.
¿De verdad tenía que contarle todas mis paranoias, mis deseos y mis miserias cuando lo que me apetecía era enseñarle mi ropa interior?
Buff.
—Pues cuéntame, Rania. Empieza por donde quieras.
—Pues lo primero que quiero decirte es que lo que pasó el martes en el bar no sucede tan a menudo. Que, según te vi entrar, te desnudé con la imaginación y que te comería enterito, de arriba abajo. Ah, y que me pones mucho. Pero mucho. Ahora mismo me palpita lo que no me tendría que palpitar...
—Rania, ¿estás bien? Empieza por donde quieras.
—Perdona. Estaba divagando.
La sesión transcurrió con normalidad.
Bueno, él transcurrió de lo más normal.
Yo tenía que hacer verdaderos esfuerzos cada cinco minutos para no dejar escapar por esta boquita mía la palabra berga.
Por lo demás, lo cierto es que me gustó hablar con él.
Me desahogué más de lo que había imaginado y, una vez que vomité todo lo que llevaba dentro, habían pasado los cincuenta minutos.
—Bueno, Rania, pues eso es todo por hoy. Tenemos que profundizar en algunas cosas. Tengo bastante información para empezar a trabajar juntos.
Sí. Eso. Juntos.
Pero muy juntos la próxima vez.
—¿A esta hora te viene bien la semana que viene?
A mí me viene bien cuando tú quieras, guapetón.
—Sí, a esta hora me viene bien. ¿Martes, no?
—Sí. Martes 23.
—Perfecto. Pues nos vemos la semana que viene, Rania.
Las semanas transcurrieron sin problema.
Todos los martes nos veíamos.
Bueno, yo creo que yo le veía más a él.
Veía claramente lo que escondía su camisa vaquera, lo que escondía aquel pantalón negro...
Reconozco que al principio me costaba concentrarme.
Hasta que un día movió ficha.
Y comenzó el juego.
Hay juegos con los que puedes arder.
Incluso, a veces, quemarte.
Aquel viernes tenía ganas de fiesta. De bailar hasta las tantas, de reírme, de beber gin-tonics...
Y qué mejor compañía que la de las chicas.
Primero nos fuimos a cenar, a un japonés al que le teníamos ganas, y después, a bailar.
Nos gustaba ir a Las Ánimas, que se había puesto de moda. Además, había para elegir: reservados, pipiolos de una noche, maduritos de una noche y un DJ espectacular que siempre actuaba en directo.
Estuvimos bailando desde que llegamos, con nuestras coreografías de los noventa.
Los gin-tonics volaban.
Yo nunca mezclaba, así que el champán al que nos invitaron ni lo caté.
Bueno...
Solo me mojé los labios.
Ya estaba necesitando ir al baño.
Los cinco gin-tonics gritaban por salir.
—Chicas, voy al baño.
—¿Te acompañamos?
—No. Creo que sabré llegar sola.
Como era de esperar, en el baño de chicas había una cola tremenda y el de hombres estaba vacío.
No podía esperar.
O me meaba encima.
Así que me colé en el baño de los chicos.
Al entrar vi a un chico lavándose las manos, pero a los dos nos pareció de lo más normal.
Entré corriendo en el primero que estaba libre y liberé mi vejiga.
—¡Madre mía! ¡Casi no llego!
Cuando salí, me dispuse a lavarme las manos, costumbre de Nora.
Mientras me enjabonaba, salió otro chico de la puerta de al lado y se colocó a mi altura. También se estaba lavando las manos.
—Hola, Rania. No esperaba verte aquí.
Me giré.
Era Álvaro.
Otra puta casualidad.
—Joder. Tenemos que dejar de vernos en estas circunstancias, Álvaro.
—¿Por qué? A mí me gusta verte en todas las circunstancias.
Su sonrisa se ladeó ligeramente hacia la mejilla derecha.
Yo estaba un poco tocada y no estaba segura de si mi interpretación era correcta o si directamente estaba alucinando.
Pero cuando sus manos rodearon mi cintura y me acercaron hacia su cuerpo, no tuve ninguna duda.
El primer beso me pilló desprevenida.
El segundo, a él.
Lo empujé contra la puerta del baño. El impulso la abrió y terminó sentado en la taza del váter.
Eché el pestillo.
Y el juego empezó a arder.
Me desabrochó la camisa con delicadeza y besó mis pechos con voracidad.
Menos mal que me puse el conjunto negro.
No dejaba de mirarme a los ojos y yo no pude evitar morderme el labio inferior.
Dios mío.
El deseo se desbordaba.
Cuando le desabroché el primer botón del pantalón, su sexo parecía querer escapar de allí. Con el segundo botón, la intención quedó bastante clara.
Vamos, como una berga en toda regla.
Nos besamos y nuestras lenguas encontraron enseguida el camino. Su aliento era caliente y sus gemidos comenzaron a mezclarse con los míos.
Me cogió a horcajadas.
Primero despacio.
Después, con ritmo.
Nuestras pelvis se acompasaron cada vez más rápido mientras nuestros cuerpos se abandonaban al deseo.
Allí, en el baño de una discoteca de moda, eché el mejor polvo de mi vida.
Y yo, de polvos, sé un rato.
Me volví loca con sus brazos fornidos. Porque, ahí, estuvo a la altura: me sostuvo mientras su cuerpo hacía el resto.
Y aquel culo...
Duro como una piedra.
Joder, pensé.
Me estoy tirando a Adonis.
Para los incultos: era un dios griego.
Hasta que el clímax nos alcanzó.
Quedamos exhaustos, sonriendo, recuperando el aliento.
Álvaro volvió a mirarme a los ojos. Todavía quedaba en ellos un resquicio de deseo.
Entonces sonrió.
—Vas a tener que buscarte otro terapeuta si queremos que esto se repita.
¡Pues claro que quiero que esto se repita, joder!
Y, si puede ser, ahora mismo.
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