Hacía tiempo que no hacía un viaje largo en coche.
Acomodada —o incómoda— en el asiento del copiloto, dejaba que el paisaje pasara mientras ella permanecía quieta.
Primero Castilla-La Mancha. Después, por fin, Castilla y León.
Con la mirada clavada en el horizonte no podía evitar preguntarse por las vidas de quienes viajaban en los coches que se cruzaban con el suyo. Se fijaba en el equipaje, si era mucho o poco.
Imaginaba de dónde venían y hacia dónde iban.
Si eran familia. Si discutían. Si se querían. Si serían felices. Incluso si habrían follado antes de salir de viaje.
Pensar en la vida de los demás tenía un efecto extraño: la calmaba. O, simplemente, la alejaba un rato de la suya.
Después llegaban los pueblos. Los de las dos Castillas. Los pueblos negros, como los llamaba su hijo cuando era pequeño.
—A mí me gustan los pueblos negros, como Covaleda. No quiero ir a los pueblos blancos.
Sonreía cada vez que lo recordaba.
Intentaba asomarse a las ventanas abiertas para imaginar cómo sería la vida al otro lado de los visillos, pero el coche siempre iba demasiado deprisa. Inventaba cocinas con olor a café, chimeneas encendidas, suelos de madera que crujían, mantas sobre las rodillas, orinales escondidos bajo la cama y una luz cálida escapándose por las rendijas.
Echaba de menos aquella luz.
La suya llevaba demasiado tiempo apagada. Debía de haber olvidado pagar la factura.
Entonces, como si quisiera rescatarla de sus pensamientos, aparecía un corcito en la llanura de siempre.
Siempre el mismo.
Siempre distinto.
Nunca le daba tiempo a avisar a su hija.
—¡Mira!
Pero cuando ella giraba la cabeza, el corzo ya era paisaje.
Aun así, ella seguía mirándolo hasta perderlo de vista. Y, sin saber muy bien por qué, acababa acordándose de Bambi.
Cien kilómetros más tarde aparecían los molinos de viento. Los gigantes de don Quijote.
Intentaba calcular su altura a su manera: una Alicia de metro sesenta subida sobre los hombros de otra Alicia de metro sesenta; encima, otra más... y otra... y otra... hasta llegar a las aspas.
Un día se cruzó con un tráiler que transportaba una de aquellas aspas. Era inmensa. Mucho más de lo que su imaginación había calculado.
Harían falta decenas de Alicias tumbadas, una detrás de otra, para igualarla.
Las matemáticas nunca habían sido lo suyo.
Pero medir el mundo en recuerdos, hijos, cuentos y Alicias... eso se le daba bastante mejor.
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