Una milésima de segundo después de cumplir los 40, llegó Pepe con las rebajas.
Los ojos empezaron a enfocar y desenfocar por su cuenta, como si hubieran decidido independizarse. Yo, al principio, hasta pensé que me estaba convirtiendo en Robocop.
Pero no.
Lo que me estaba convirtiendo era en una mujer inseparable de unas gafas. Porque de cerca no veo un pimiento.
Lo curioso es que de lejos distingo a un conocido a tres calles… pero soy incapaz de leer el botón del ascensor. Mi vista ha decidido especializarse en paisajes.
Mis días empezaron a parecerse a un concurso de Pasapalabra.
—Empieza por la C y acaba en Ú...
—¡Champú!
La mitad de las veces acertaba por puro instinto. La otra mitad acababa lavándome el pelo con acondicionador y echándome el champú después. Innovación capilar.
Y es que cumples los 40 y descubres que el cuerpo tiene un peculiar sentido del humor. De repente, las rodillas hacen "clic", te levantas del sofá haciendo ruidos que no sabías que existían y necesitas estirar... para ponerte los calcetines.
Aunque lo mejor —o lo peor— fue encontrar mi primera cana en el pubis.
Aquel día, en lugar de hablar... gruñía.
Una cana kilométrica, tiesa como un alambre y con más carácter que yo. La miré fijamente esperando que se sintiera observada y se marchara por iniciativa propia. No funcionó.
Y, claro, llegaron las amigas.
Con ellas aparecieron las frases que jurábamos que jamás diríamos porque eran patrimonio exclusivo de nuestras madres.
Pues toma. La vida tiene un sentido del humor excelente.
—«hija, cariño, ¿me lees el bote? ¿Esta crema es de día o de noche?»
—«hija, léeme el prospecto, a ver cómo se usa.»
—«hijo, ¿qué pone en la etiqueta? ¿M o L?»
Y la definitiva:
—«Espera, que con el brazo estirado igual lo veo...»
Mentira. Nunca se ve.
Porque, para rematar, muchas veces ni me pongo las gafas. Me puede la pereza.
Así que tomé una decisión de alta ingeniería doméstica: comprar el champú y el acondicionador de distinto color.
El siguiente paso será ponerle GPS a las cremas.
Pero no todo iban a ser malas noticias.
Gracias a no ver un pimiento, tampoco veo el polvo, las manchas, las cejas sin depilar, las arrugas ni esa pelusilla traicionera que aparece cuando menos la necesitas.
De hecho, estoy convencida de que mi casa está mucho más limpia sin gafas. Y yo también estoy bastante mejor conservada.
Así que, pensándolo bien, sin gafas soy un poquito más feliz.
Porque, al fin y al cabo...
Lo veo todo de color de rosa.

Muy bueno!
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